Quién entraba en los cines X españoles antes del VHS
La última sala X de Valencia cerró en 2022 en la calle Cuenca. Ese es el último eslabón de una cadena que arranca en los años 80, cuando estos locales proliferaban y hasta anunciaban su programación en los periódicos. En Barcelona, ciudad liberal por excelencia, había un montón. El autor del planteamiento original lo dice sin rodeos: jamás se planteó entrar, y tampoco habría podido, porque no alcanzó la mayoría de edad hasta los años 90, cuando el VHS ya había extinguido prácticamente el negocio.
La pregunta que abre el asunto es incómoda y muy concreta: ¿de verdad entre los hombres de la generación de nuestros padres y abuelos había tal cantidad de clientes dispuestos a meterse en un cine rodeados de más hombres y sin intimidad? ¿Estaba la gente tan junta como en un cine normal? El propio autor admite que es incapaz de entenderlo. La respuesta, a juzgar por lo que se despliega después, tiene menos de misterio antropológico y más de economía de la intimidad.
Qué fue de las salas X cuando llegó el vídeo doméstico
El ciclo es fácil de reconstruir. Las salas X de los 80 fueron sustituidas por la sección de películas para adultos de los videoclubs, habitualmente separada por cortinas opacas o portones giratorios. Allí figuraban las actrices del momento, mucho menos recauchutadas que las actuales.
Ginger Lynn fue la más famosa de la era VHS.
Tracy Lords también se volvió mítica, y su nombre arrastra la polémica de haber grabado siendo menor de edad, algo que un participante matiza: sostiene que solo constan una o dos películas ya mayor de edad, rodadas por su cuenta justo después de que saltara la noticia y se retiraran las anteriores de la venta, con la intención de forrarse porque era ella quien tenía los derechos.
El siguiente fenómeno, ya preinternet, fue el porno codificado de Canal Plus. La cifra que se cita es llamativa:
31.000 españoles veían porno codificado. El propio autor del planteamiento confiesa que no entiende cómo se ha podido estimar ese número. Y ahí aparece el primer escéptico: ese dato no se lo cree nadie, porque los adolescentes prácticamente todos lo veían, al menos de vez en cuando.
El perfil del cliente: mili, provincias y pasta en el bolsillo
La explicación más repetida tiene poco de sociológica y mucho de coyuntura. La gente haciendo la mili era gran parte de la clientela de este submundo, especialmente los de provincias, para los que bajar al centro era toda una aventura erótico-festiva. Un participante lo cuenta en primera persona: con 19 años, el peepshow de Santa Cruz era una novedad cuando bajaban del cuartel a dar una vuelta. Luego descubrieron salir por La Laguna y se dedicaron a amar.
Había también un componente de servicio. En Plaza Castilla había chicas en la puerta que se ofrecían para acompañar a los clientes por unas pesetas, y un testimonio recuerda a una profesional madura haciendo lo propio por
500 pesetas mientras los demás miraban. La comparación con el presente la lanza otro: ver una película para adultos en versión cine mientras alguien te atiende no es edificante, pero es bastante más digno que hacerse según qué cosas delante de un teclado.
El público real: ¿heteros, gays o un poco de todo?
Aquí el asunto se parte. El planteamiento inicial deja fuera al colectivo gay porque, en los 80, la homosexualidad aún era tabú y no recuerda salas X gays anunciadas en prensa. Pero varios mensajes apuntan en dirección contraria: por lo que se comentaba, el público era básicamente gay, un punto de encuentro y esparcimiento, sumado a algún despistado, y no se explicaría de otra manera la pervivencia de esos antros. Otro mensaje lo resume con sorna: gays haciendo el paripé.
Frente a eso, está la tesis de que había vicio de sobra en ambos lados. Se recuerda que en la época de Franco se toleraba bastante, tanto hetero como homosexual, que algunos franquistas de pro eran conocidos por sus visitas al barrio chino y que cuando atracaba algún barco militar las profesionales no daban abasto. La parte oscura: se abrió un centro para tratar enfermedades venéreas y se montaban buenas colas.
El oficio menos agradecido: acomodador y limpiador
Entre tanta tesis, el hilo se detiene en un detalle laboral que nadie había pedido. Ser acomodador de una sala X tiene que ser un infierno en vida, dice un mensaje. Peor aún, responde otro, ser el limpiador o la limpiadora. Y remata la escena: el limpiador se pone una escafandra y ya; el acomodador tiene que ir diciendo a todo dios que se guarde la chorra. Es la única vez en todo el asunto que alguien piensa en los trabajadores.
La comparación con el porno actual
El cierre del asunto deriva en un juicio moral sobre el presente. Al menos iban cuatro gatos degenerados, dice un mensaje, mientras ahora los adolescentes y jóvenes adultos están obsesionados con porno 24/7. Otro lo lleva a la vacunación: ahora os vacunáis con vuestros semejantes y dentro de treinta años no lo entenderá nadie; la diferencia es que aquellos disfrutaron y a vosotros os metieron una bomba. Y un tercero recuerda que el porno en VHS pudre el cerebro, la moral y la tocha, contado por alguien que dice haber sido adicto y haber salido de aquello.
El dato que descoloca no es ninguno de los anteriores. Es que 20 años después se ha abierto un cine nudista, y la pregunta que queda flotando es para qué existe en 2024, cuando hay playas nudistas y ver una película es más barato y fácil que nunca en cualquier pantalla. La sala X murió. La necesidad de un sitio físico para lo mismo, no.