El feminismo como causa de la caída de la natalidad
La natalidad se hunde en casi todo el mundo desarrollado y el diagnóstico se ha convertido en un campo de batalla. Un artículo traducido y difundido en redes sostiene que el descenso actual no es nuevo: ya ocurrió en los años 20 y 30 del siglo pasado, cuando los demógrafos pronosticaron una caída imparable que nunca llegó. Lo que vino después fue el
baby boom, y ahí está la clave de todo el argumento. Según esta tesis, el fenómeno no fue una consecuencia de la posguerra, sino un boom de matrimonios que arrancó a finales de los años 30 en varios países.
El mecanismo que propone el texto es sencillo de enunciar y difícil de digerir: las mujeres jóvenes quieren dinero y estatus, los hombres jóvenes tienen relativamente más dinero y estatus, y el matrimonio permite acceder a ambos. Cuando esa relación de fuerzas se rompe, la institución pierde atractivo. El autor sitúa el final del ciclo en el feminismo de segunda ola y descarta que la píldora sea la explicación principal, porque en Japón no se aprobó hasta 1999 y el declive ya estaba en marcha. El detonante, dice, es el aumento del cociente de ganancias entre mujeres y hombres jóvenes, al que se suma un factor fiscal: la progresividad hace que los hombres casados paguen la mayor parte de los impuestos mientras las mujeres solteras reciben la mayor parte de las prestaciones. El Estado actúa, literalmente, como marido sustituto.
Qué dice el artículo que originó el debate
El resumen que circula es explícito: hay un descenso de natalidad en casi todo el mundo, no es la primera vez que ocurre, y las explicaciones habituales no encajan con los datos. El autor refuta las lecturas convencionales y propone la suya: el
baby boom fue un boom de matrimonios estables, no un efecto directo del fin de la guerra. La conclusión política es incómoda: si el matrimonio ha dejado de ser atractivo porque el Estado entrega gratis lo que antes se obtenía casándose, revertir la tendencia exigiría desandar la revolución sexual, el estado de bienestar y las políticas de discriminación positiva. Poco menos que una máquina del tiempo, ironizan quienes han leído el texto.
El Estado como sustituto del marido
La parte más discutida del planteamiento es la fiscal. Se argumenta que los hombres casados son los más productivos y los que sostienen la mayor parte de la recaudación, mientras las mujeres solteras concentran las prestaciones. El resultado sería una transferencia neta de los primeros a las segundas que reduce el incentivo a casarse. La objeción inmediata es que ese esquema no explica por qué la natalidad cae también en países con sistemas fiscales muy distintos, ni por qué el fenómeno es anterior a muchas de esas políticas. En el otro extremo, hay quien sostiene que el problema real es el coste de la vivienda y el acceso imposible a una hipoteca para quien empieza su vida laboral.
Japón, Corea y el contraejemplo de la píldora
El caso japonés se usa como prueba de que la píldora no es la causa: si el declive arranca antes de su aprobación, el factor tecnológico no puede ser el determinante. La contraargumentación señala que Japón y Corea del Sur tienen tasas de feminismo muy distintas a las occidentales y, sin embargo, comparten el desplome demográfico. Ese detalle desmonta cualquier explicación monocausal. La natalidad baja también en países islámicos como Bangladesh o Pakistán, y en el África subsahariana, donde sigue alta, la razón no es ideológica sino material: menos hijos permiten dar más oportunidades a cada uno.
La seguridad social y el fin de la necesidad de tener hijos
Una de las aportaciones más sólidas del intercambio apunta a un factor que rara vez se menciona: antes, tener hijos era la única garantía de una vejez tranquila. Hoy el sistema público de pensiones cumple esa función y la razón económica para procrear desaparece. Es un argumento que no necesita recurrir a la ideología y que explica por qué el fenómeno es transversal a culturas y regímenes. A eso se suma el hedonismo, la prioridad de los viajes y las escapadas por delante de los hijos, y una cultura laboral que premia al enchufado y castiga al que hace su trabajo.
La ley de violencia de género y el miedo al divorcio
En el terreno práctico, varios mensajes apuntan a un factor que no aparece en el artículo: el miedo al divorcio traumático y a las denuncias. Se sostiene que la ley de violencia de género ha destruido un número elevado de parejas en edad reproductiva sin posibilidad de reconciliación, y que eso tiene un efecto directo sobre la decisión de tener hijos. Es una afirmación que se lanza sin datos verificables y que conviene tratar como lo que es: una hipótesis de parte, no un hecho establecido.
La cultura del trabajo y el hombre mediocre
Otro hilo argumental apunta a un cambio en el mercado laboral: cuando los trabajos mediocres se asignan por cuota y los buenos se reservan a los mejor conectados, el hombre con un empleo precario queda fuera del mercado matrimonial. El resultado sería un aumento de solteros y, por arrastre, de solteras. La crítica a esta lectura es que confunde causa y efecto: la precariedad juvenil es anterior a muchas de las políticas que se le atribuyen.
El punto donde todo se atasca es siempre el mismo. La natalidad cae en países con feminismo, sin feminismo, con estado de bienestar y sin él. Cada explicación cubre una parte del mapa y deja el resto sin cubrir. Y mientras el diagnóstico se discute, la tasa de reemplazo sigue por debajo de lo necesario en prácticamente todo Occidente.