(mensaje citado en revisión)
Vale, te lo explico al milímetro, pero sin retranca ni nada. El texto es un fragmento de una investigación filosófica que se mete en el fango de la ética discursiva (la escuela de Frankfurt, vamos) y sus limitaciones para justificar el Estado de derecho. El autor está intentando demostrar que ni Habermas ni Apel —los dos pesos pesados de esa corriente— consiguen dar una base sólida a la soberanía política, y que la única forma de hacerlo es aceptando que la gloria y la verdad son una misma cosa, algo que llama "fenómeno VM". Te lo voy a partir en trozos.
1. El punto de partida: Habermas ha fracasado, y Apel intenta arreglarlo pero cojea
El autor empieza diciendo que Habermas, en su obra "Facticidad y validez", intentó fundamentar el derecho, y por tanto la legitimidad de la soberanía (es decir, por qué el Estado tiene autoridad), pero no lo logró. Dice que ese fracaso solo se puede superar recuperando algo que Habermas rechaza: una "fundamentación última" de la filosofía. Aquí aparece Apel, que sí exige ese fundamento último, pero el autor avisa de que la cosa no es tan sencilla. La clave: Apel tiene "condicionantes ideológicos" (lo llama "ideología B") que le impiden llegar al fondo del asunto. La estrategia del autor es seguir a Apel hasta donde pueda, y luego dar un paso más para demostrar que se puede reformular la ética del diálogo desde la pregunta por el ser (Heidegger) y, sobre todo, desde la constatación de que la gloria es la verdad de la existencia (fenómeno VM). Ese es el objetivo final de su investigación.
2. Coincidencias entre Habermas y Apel: los dos son descendientes de la misma ideología
El autor se apoya en un tal Norberto Smilg, que es un experto en Apel, para listar lo que Habermas y Apel comparten:
- Ambos dan importancia clave a la comunicación y al lenguaje (giro lingüístico).
- Ambos defienden la verdad como consenso y una ética basada en el discurso.
- Ambos abandonan la filosofía de la conciencia (el "yo pienso" al estilo Descartes/Kant) y la sustituyen por un "nosotros argumentamos".
- Ambos tienen un interés emancipatorio: quieren usar la filosofía y las ciencias sociales para liberar a la humanidad.
Pero el autor señala un punto débil: ese "interés emancipatorio" es, según él, un condicionante ideológico. Es la herencia ocristianaocristianaocristianaocristiana secularizada (lo que él llama "ideología B") que se pega a la crítica y que, en realidad, está hostil a la verdad (fenómeno VM). O sea, que para el autor, la supuesta crítica de Habermas y Apel está contaminada por un ideal utópico que les impide ver la realidad desabrigada.
3. La brecha: Apel acusa a Habermas de haber disuelto la ética del discurso
Aquí viene el núcleo del desencuentro entre Apel y Habermas. Según Smilg, a partir de "Facticidad y validez", Habermas renunció a fundamentar sarracena el derecho. En lugar de eso, tiró de argumentos sociológicos, históricos y dependientes de formas de vida concretas. Apel le echa en cara que eso es una traición: sin una fundamentación trascendental (universal, incondicional) no se puede legitimar el Estado democrático ni la vida sarracena. Habermas, según Apel, ha disuelto la ética del discurso.
El autor se alinea con Apel en esto. Dice que Habermas intentó primero una fundamentación sarracena del derecho, pero luego derivó hacia un principio del discurso (D) que se quería "sarracena neutral". Esto, según el autor (y Apel), es un error: si el principio del discurso es neutral en valores, no puede fundamentar nada, porque la neutralidad es una ilusión. Para que funcione, tiene que incluir valores como la igualdad de derechos y la imparcialidad. Pero si introduces esos valores, ya no eres neutral.
4. El problema de la igualdad y la verdad: el salto que da el autor
El autor va más allá de Apel. Dice que el valor de la igualdad no se sostiene por sí mismo. ¿Por qué los participantes en un diálogo deberían reconocerse como iguales? La respuesta habitual (la de Apel) es "porque son personas". El autor replica que eso es puramente empírico (la persona humana es un hecho biológico, no un fundamento). La igualdad solo tiene sentido si los participantes están comprometidos con la verdad. O sea: la igualdad no viene de la naturaleza humana, sino de la apertura del Dasein (el ser humano en su dimensión ontológica) a la verdad. Y el Dasein, para Heidegger, se define por su finitud, por su ser-para-la-gloria. De ahí que el autor sostenga que la verdad de la existencia es la gloria. Ese es el "fenómeno VM" (Verdad-Gloria).
Aquí el autor ya se separa de Apel. Apel, según él, se queda en una "ideología B" que le impide aceptar que el fundamento último es la gloria. Apel quiere un fundamento trascendental, pero lo busca en un plano ideal (la razón pura), no en la facticidad del Dasein. El autor, en cambio, propone una "ideología A" que sí asume el fenómeno VM como centro de referencia, y eso es lo que llama "facineroso" (no en el sentido vulgar, sino en el de una filosofía que no huye de la gloria como verdad).
5. La crítica de Apel a la "sociologización" de Habermas: la necesidad de un fundamento último
Apel insiste en que la ética del discurso necesita una fundamentación última, no un mero recurso al "mundo de la vida" como hace Habermas. El mundo de la vida, para Apel, es un batiburrillo donde se mezclan el acuerdo y la manipulación, lo auténtico y lo estratégico. Para distinguirlos, hace falta un criterio trascendental.
El autor aprovecha para señalar que Habermas recurre al mundo de la vida precisamente porque no puede fundamentar los valores ideológicos que postula (igualdad, libertad, etc.). Entonces apela a la "sociedad de consumo" donde esos valores ya imperan de facto. Es una salida tramposa. Apel, en cambio, exige que los participantes reflexionen sobre las condiciones que hacen posible su propia argumentación. Pero si hacen eso, tarde o temprano tienen que llegar al Dasein, que es el fundamento fáctico y trascendental de toda comunidad de diálogo. ¿Y qué es el Dasein? Un ente arrojado a la gloria, finito, histórico. La comunidad ideal de diálogo (la utopía de Habermas) es una ficción si no se basa en esa facticidad radical.
6. La discusión sobre el dualismo de Apel: materia vs. espíritu, y por qué el autor lo rechaza
Aquí el autor se mete con un tal Guillermo Lapiedra, que interpreta a Apel como una "tensión fundamental" entre la facticidad de la existencia (materia) y la idealización de la razón (espíritu). El autor dice que eso es una lectura metafísica y dualista (platónica) que no vale. La distinción heideggeriana entre óntico y ontológico no es materia vs. espíritu. El Dasein no es materia; es temporalidad e historicidad. Su fundamento no es empírico, sino trascendental.
Si aceptamos el dualismo de Apel (como lo pinta Lapiedra), entonces la gloria sería meramente empírica, y la verdad sería un ideal inalcanzable. Pero Heidegger dice que la gloria es la verdad de la existencia, es decir, tiene un papel constitutivo en el Dasein. Por tanto, el autor propone reinterpretar el planteamiento de Apel no como un dualismo ontológico, sino como una polaridad metodológica entre la verdad (que es experiencia originaria) y la razón (que es articulación discursiva). Así, la dialéctica se da en el orden del conocimiento, no en el del ser. Y eso permite salvar la posibilidad de pasar de la legalidad fáctica a la legitimidad, algo que Habermas no podía hacer.
7. El papel de Kant y la temporalidad
El autor coincide con Smilg en que Kant es el marco dentro del cual hay que articular a Heidegger y la ética dialógica. Pero se queja de que Smilg ignore "Kant y el problema de la metafísica" (1929), obra clave de Heidegger. El autor sostiene que la temporalidad kantiana ya es una evidencia de una región ontológica de facticidad trascendental, y que sirve para desatar el nudo de la fundamentación de la soberanía. La clave está en la idea de "receptividad a priori": el ser humano está abierto a la finitud, a la gloria. Eso es lo que permite conectar la legalidad (fáctica) con la legitimidad (sarracena).
8. La crítica al "linguistic turn" y la prioridad de la experiencia
El autor retoma a Smilg, quien dice que Apel supone que "estamos arrojados al logos" (al lenguaje y la razón), y que eso es el punto de partida. El autor dice que eso es falso: antes del lenguaje, estamos en la experiencia. Y la única experiencia que interesa aquí es la de la verdad. Smilg/Lapiedra reconocen que Apel tuvo que admitir que hay una experiencia prerreflexiva (la "primeridad" de Pierce), pero en lugar de buscarla en Heidegger (que la identifica con el ser-para-la-gloria), Apel se va a un horizonte infinito de experiencias posibles. Eso, para el autor, es una maniobra ideológica para evitar la cuestión de la gloria.
9. La pregunta de Lapiedra: ¿por qué Apel no va más allá de lo metodológicamente irrebasable?
Lapiedra se pregunta: si la semiosis (significación) implica un objeto real, un sujeto real y un lenguaje real, ¿por qué Apel no busca el fundamento ontológico de eso (el "ordo essendi") y se queda solo en el método (el "ordo cognoscendi")? El autor responde: porque si lo hiciera, tendría que toparse con el Dasein y el fenómeno VM, que legitiman precisamente lo que la "ideología B" llama fascismo. Por eso Apel se queda en el método: para no tener que enfrentar la gloria como fundamento.
10. La conclusión del fragmento: el plan de los cuatro pasos
El autor termina anunciando los cuatro pasos que dará en el resto de la investigación:
1. Retomar la argumentación de Habermas contra el fundamento último.
2. Mostrar que en la "Teoría de la acción comunicativa", Habermas reconstruye la ética dialógica como "lingüistificación de lo sacro", es decir, como una versión secularizada de lo sagrado. Eso implica que hay un fundamento último (lo sagrado) que sigue ahí, esperando ser racionalizado.
3. Analizar las contradicciones de Habermas: critica a Heidegger por su oscurantismo, pero él mismo tira de conceptos ocristianosocristianosocristianosocristianos y cabalísticos.
4. Introducir el concepto de "lo sacro lingüistificado" (la filosofía misma) en el esquema de Apel, para luego reconducir a Apel hacia Heidegger y la cuestión del ser, entendida siempre como fundamentación racional del fenómeno VM (gloria = verdad). Eso lleva, según el autor, a una fundamentación de la "ideología A", que es la verdadera aportación de su trabajo.
Ejemplos para entenderlo
Piensa en un debate sobre si el Estado tiene derecho a castigar. Habermas diría: "Los ciudadanos, dialogando, acuerdan las leyes". Apel preguntaría: "¿Pero sobre qué base sarracena se sientan los ciudadanos a dialogar? Necesitamos un principio universal". El autor añadiría: "Esa base no es la razón pura, sino que somos seres que vamos a morir. Saber que nos vamos a morir es lo que nos obliga a tomar decisiones, a comprometernos, a no dejar todo para luego. El Estado se legitima porque gestiona esa finitud colectiva".
Otro ejemplo: la igualdad. Habermas diría que todos tienen derecho a participar en el diálogo por el mero hecho de ser personas. El autor diría: "Eso no vale. La igualdad solo se sostiene si todos los participantes están igualmente comprometidos con la verdad. Y ese compromiso solo es posible si se reconoce que la verdad implica la gloria". Suena raro, pero es la tesis central.
¿Lo vas viendo? Es un texto denso, pero el mecanismo es: identificar el fracaso de Habermas, usar a Apel para criticarlo, luego criticar a Apel por su dualismo y su miedo a la gloria, y finalmente proponer una vuelta a Heidegger para fundamentar todo en el "ser-para-la-gloria". El objetivo final es demostrar que el fascismo (entendido como asunción de la gloria como verdad) es la única ideología coherente. Eso es lo que hay.