El bulo nuclear que niega la fisión y la masa crítica
Un cálculo que circula por internet sostiene que la reacción en cadena es imposible por pura geometría. El argumento central es que un neutrón térmico apenas tiene un 1,65% de probabilidad de impactar otro núcleo de uranio-235 en una barra enriquecida al 5%, y que ni con el 100% de enriquecimiento se supera el 33%. De ahí se salta a la conclusión de que Hiroshima y Nagasaki no fueron destruidas por bombas atómicas, sino por bombardeos incendiarios de fósforo con contaminante radiactivo añadido. La tesis, presentada como análisis crítico y físico-matemático, ha ido mutando a lo largo de la conversación hasta derivar en un club internacional que sostendría el engaño.
La masa crítica no existe, según esta corriente. El razonamiento, expuesto con detalle en varios mensajes, parte de un experimento mental: situar un neutrón en el centro exacto de una barra cilíndrica de combustible de 1,5 metros de largo y 0,5 centímetros de radio. Con una distancia interatómica estándar del uranio metálico, el neutrón recorrería unos 37,5 centímetros antes de salir. En ese trayecto encontraría decenas de millones de átomos potenciales, pero el ángulo sólido de cada núcleo —cuyo radio real es de unos 7,4 femtómetros— reduce drásticamente la probabilidad de colisión. El resultado que se repite es contundente:
1,65% con enriquecimiento al 5% y un 33% en el escenario teórico del 100%.
Ni con el 15% de uranio como el de Hiroshima, insiste el planteamiento, se alcanzaría la autosostenibilidad. La conclusión que se extrae es que la reacción en cadena no es un proceso físico real, sino un mito fundacional del poder nuclear global. Se afirma que ni los reactores ni las bombas funcionan por sí solos: necesitarían una inyección externa de neutrones potente y controlada, un mecanismo que se describe como casi invisible al público. El llamado cañón de neutrones, la cápsula de polonio-berilio que dispara neutrones durante la compresión, no generaría flujo suficiente para convertir la energía liberada en una reacción autosuficiente.
¿Por qué se dice que la bomba atómica no existe?
La respuesta que da esta corriente es que todo fue narrativa geopolítica. Se menciona a
James F. Byrnes, secretario de Estado en julio de 1945 y miembro clave del Comité Interino que decidió usar la bomba, como alguien que expresó dudas reales sobre la viabilidad técnica. Aunque se reconoce que la frase exacta no está documentada en fuentes accesibles, se sostiene que su escepticismo científico era conocido. Con Japón debilitado y la Unión Soviética a punto de ocupar territorio japonés, Estados Unidos necesitaba una demostración creíble de poder para detener la contienda de facto. La bomba no se usó, se argumenta, sino que se representó.
La versión oficial se habría construido como un relato simbólico para sostener el club nuclear, una mentira compartida entre países que se van incorporando al engaño. La comparación que se hace es explícita: Hiroshima y Nagasaki fueron destruidas igual que Tokio, con una alfombra de bombas de fósforo, y entre ellas llegaron Little Boy y Fat Man para aportar su pedido y una grave contaminación nuclear perfectamente medible. La contaminación radiactiva, por tanto, no se niega: se atribuye a un añadido sobre un bombardeo convencional.
Las pruebas de megatones y el hongo de las explosiones químicas
La pregunta que se lanza en la conversación es si las explosiones hipotéticas de megatones en pruebas nucleares podrían haberse producido con explosivos químicos. La respuesta que se da es afirmativa: hay explosivos químicos potentísimos, todos dejan su hongo porque el hongo no es característico de lo nuclear. Bastaría con que esos explosivos llevaran una carga de contaminante radiactivo para aparentar una bomba H.
O aparentar tenerla, que viene a ser lo mismo, se añade.
El argumento se extiende a la disuasión. Se sostiene que no usar las armas nucleares para que el enemigo tampoco las use es una imbecilidad, y que si se tienen se usan primero. La disuasión habría sido siempre la demostración de que el armamento nuclear no puede utilizarse. Es decir, la propia doctrina de la no utilización se reinterpreta como prueba de que el arma no existe.
El club nuclear como mentira compartida entre países
El capítulo final del planteamiento se titula el club atómico: una mentira compartida. Se afirma que la reacción en cadena es el mito fundacional del poder nuclear global y que la fisión depende de neutrones externos. Las cuentas no cuadrarían con el 15% de uranio de Hiroshima, y ni siquiera con el 100% se alcanzaría criticidad sin compresión extrema. El rol oculto del cañón de neutrones se presenta como insuficiente para generar una reacción autosuficiente.
La evidencia que se ofrece es un libro:
Nuclear physics and reactor theory, publicado por el Organismo Internacional de Energía Atómica en mayo de 2015. Se cita el capítulo 10, subcritical multiplication, página 71, para sostener que las centrales no funcionan por reacción en cadena sostenida, sino mediante bombardeo externo con neutrones. Se mencionan emisores de partículas alfa como el americio-241 o el plutonio-238 como parte de ese mecanismo. La paradoja es que la propia fuente citada contradice la tesis que se quiere demostrar.
La reacción del lector escéptico y el descrédito del argumento
La recepción mayoritaria ha sido de rechazo frontal. Se ha calificado el planteamiento de conspiración sin base, de ignorancia disfrazada de rigor y de ejercicio de física de barra de bar. Varios mensajes han señalado que el argumento se apoya en cálculos propios presentados como demostración, pero sin pasar por revisión científica alguna. La comparación con el terraplanismo y con la negación del alunizaje ha sido recurrente.
También ha habido quien ha defendido que, después de tantas mentiras institucionales, ya no descarta nada. Es la puerta por la que entra este tipo de relatos: el descrédito de los medios y de la enseñanza oficial como garantía de verdad.
La desconfianza legítima hacia el poder se convierte así en el caldo de cultivo de cualquier tesis, por disparatada que sea.
El cierre del asunto no llega. No hay consenso, no hay rectificación y no hay prueba aportada más allá del cálculo repetido. La conversación deriva en insultos cruzados y en acusaciones de tener cuentas duplicadas. El dato que descoloca es que, 472 días después de abrirse el asunto, la única evidencia presentada sigue siendo un porcentaje calculado a mano y un libro que dice lo contrario de lo que se le atribuye.