Europa hacia la glaciación: el colapso de la AMOC que el IPCC descartaba
Un grupo de científicos advierte de que Europa podría entrar en una nueva glaciación hacia 2030, mucho antes de lo estimado. El detonante sería el colapso de la Circulación Meridional del Atlántico (AMOC), el sistema oceánico que reparte calor entre hemisferios. La investigación publicada en
Science Advances por el Instituto de Investigación Marina y Atmosférica de la Universidad de Utrecht sitúa el posible colapso entre 2030 y 2040, contradiciendo al IPCC, que lo descartaba para este siglo.
La causa es física y verificable: la entrada masiva de agua dulce procedente del deshielo del Ártico y Groenlandia reduce la salinidad y la densidad del agua superficial del Atlántico Norte, lo que debilita el hundimiento de agua profunda que mantiene en marcha el circuito. Si ese hundimiento se interrumpe, el transporte de calor hacia el norte se apaga. No es una hipótesis de laboratorio: los eventos Dansgaard-Oeschger y el Joven Dryas, hace unos 13.000 años, ya provocaron un enfriamiento brutal en Europa durante aproximadamente 1.200 años.
Qué probabilidad dan los científicos al colapso de la AMOC
Stefan Rahmstorf, del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, estima entre un
35 % y un 45 % de probabilidades de que la AMOC colapse en la década de 2030. El Instituto Niels Bohr de la Universidad de Copenhague, usando modelos de variabilidad y autocorrelación, amplía la ventana a entre 2025 y 2095. Las horquillas son anchas porque el sistema es no lineal: una vez cruzado el umbral, la reversión no es gradual.
Las consecuencias que manejan los investigadores son de una escala que no tiene precedente en la era moderna. Se habla de un descenso térmico de unos
3 °C por década, suficiente para transformar amplias zonas de Europa en regiones prácticamente inhabitables. Antonio Turiel, investigador del CSIC, lo resume sin paños calientes: «desde Montpellier hacia el norte, toda Europa quedaría bajo la nieve». Agricultura, abastecimiento de agua, infraestructura y economía entera, en el aire.
El enfriamiento europeo frente al registro de las últimas décadas
Aquí aparece la primera fractura del relato. Quien lleva desde 2009 viviendo en Suiza apunta que cada año hay menos frío y, sobre todo, menos nieve. Es una observación local que choca de frente con la tesis de la glaciación inminente. Otros recuerdan que en el norte de Europa se ven máximas de 20 grados en pleno julio mientras el sur se tuesta, y que los pantanos están a rebosar. La pregunta es legítima: ¿cómo encaja un colapso de la AMOC con inviernos cada vez más suaves en el centro del continente?
La respuesta que da la física oceánica es que un colapso de la AMOC no niega el calentamiento global, lo superpone. El forzamiento radiativo sigue empujando la temperatura media hacia arriba mientras el mecanismo de transporte de calor se apaga, y el resultado es una anomalía regional de enfriamiento sobre el Atlántico Norte que puede convivir con un planeta más cálido en términos globales. Es la parte que casi nunca llega al telediario.
Los ciclos naturales y el problema de los 70 años de datos
La objeción más repetida es la de los ciclos. Se argumenta que ha habido periodos cálidos y fríos alternándose desde antes de que existieran motores de combustión y hombres en la Tierra, y que 70 años de registros son una chispa en términos geológicos. Un solo evento como la erupción del Hunga Tonga, que emitió 150.000 millones de litros de vapor a la atmósfera en segundos, descoloca las medias durante años. Con ese margen, dicen, atribuir tendencias a la actividad humana es temerario.
El contraargumento es que la AMOC no es una tendencia estadística, es un mecanismo con umbral. Los indicadores de alerta temprana que maneja Copenhague no miden temperatura media, miden pérdida de estabilidad en un sistema dinámico. Y ahí la ventana de 70 años importa menos que la física del agua salada: si la salinidad cae lo suficiente, el hundimiento se detiene, y con él el circuito.
El descrédito de los pronósticos climáticos y su factura política
La desconfianza no sale de la nada. Se recuerda que un premio nacional de investigación vaticinó para 2020 el deshielo total del Polo Norte y que el IPCC situaba a Asturias con clima tropical en ese mismo año. Ninguna de las dos cosas ocurrió. Con ese historial, cualquier nueva alerta se lee con la ceja levantada, y más cuando el mensaje oficial ha ido mutando del calor extremo al frío extremo sin que nadie haya pedido perdón por el pronóstico anterior.
El resultado es un escepticismo que ya no distingue entre ciencia y relato. Hay quien sostiene que el clima cambiático es la coartada perfecta para vender renovables, coches eléctricos y toda la parafernalia asociada, y quien responde que la física elemental no se pliega a conveniencias comerciales. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y ese es precisamente el problema.
Qué pasaría en España con un colapso de la AMOC
España quedaría en una posición ambigua. El enfriamiento severo golpearía a partir del sur de Francia, pero la Península notaría el efecto indirecto: inviernos más duros, veranos menos extremos y un régimen de lluvias alterado. Hay quien lo ve como un alivio —pasar de 40 a 35 grados en verano sería maravilloso— y quien recuerda que el frío no da de comer: la vegetación, las lluvias y los insectos que sostienen la cadena alimentaria dependen del calor.
El punto exacto donde el análisis se atasca es este: nadie sabe si el colapso de la AMOC es una amenaza de década o una hipótesis con horquilla de 70 años. Los modelos apuntan a 2030-2040, la incertidumbre es enorme y el coste de equivocarse en cualquiera de las dos direcciones es asimétrico. Mientras tanto, la adaptación sigue sin presupuesto y el debate público sigue atrapado entre el negacionismo y el alarmismo.