Ladino: el castellano que sobrevive 500 años fuera de España
Para el oído de cualquier hispanohablante, aquello suena raro y familiar al mismo tiempo. Es una revista de pasatiempos que se vende en Israel y está escrita íntegramente en español, con un vocabulario que remite a otro siglo. Ese idioma es el ladino o judeoespañol, la lengua que sacaron de la península las comunidades sefardíes y que todavía se conserva, con dificultades, entre Israel y Turquía. La pregunta que late bajo el asunto es sencilla: ¿es de verdad castellano medieval o un pariente que evolucionó por su cuenta durante cinco siglos?
¿Es castellano medieval lo que aún se habla en Israel?
No hay acuerdo, y las dos posiciones tienen su lógica. Una sostiene que el ladino ha evolucionado igual que lo hizo el castellano peninsular, solo que en otro sitio; de ahí que se entienda casi todo y que apenas chirríen unas cuantas palabras. La contraria defiende que conserva estructuras y sonidos que en España se perdieron, y que por eso la etiqueta de medieval no es un adorno nostálgico.
El cálculo más optimista habla de un 85% de comprensión directa del castellano antiguo, cifra que se eleva al completo si uno se esfuerza en reconocer raíces. Enfrente, el escéptico de turno recuerda que si de verdad se entiende al 90%, entonces no es igual al castellano actual. Ambas cosas no pueden ser verdad a la vez.
¿Cuánto se entiende del castellano de Cervantes?
Aquí el terreno se pisa mejor. Una corriente defiende que el Quijote es español moderno, prácticamente como el de hoy: no existía la Real Academia para fijar reglas, pero a Cervantes se le lee sin diccionario. La ortografía antigua, la ese que se confunde con efe y la equis donde hoy va la jota, engañan más que el propio idioma.
La otra parte replica que leerlo cuesta un huevo y que eso ya es una respuesta. Y apunta diferencias reales: la colocación de los pronombres, el uso de auxiliares hoy arrinconados y un puñado de arcaísmos que solo sobreviven en jerga administrativa y judicial. Para calibrar, uno de los textos que se citan es el Conde Lucanor, fechado entre 1330 y 1335, bastante más duro de roer.
Castilla, España y el imperio: la grieta que se cuela en la lengua
En mitad de la filología aparece la política. Hay quien sostiene que el imperio fue castellano y no español, porque ni Navarra ni Aragón intervinieron como tales; la comparación que circula es la del vaso manchado de cola que no se convierte en cubata porque después le echen ron. Otros replican que los que salieron de la península se identificaban ya como españoles y así se les conoció en América.
La discusión se apoya en un dato que se repite: España no existía como entidad política antes de 1812, mientras que Hispania era solo un concepto geográfico heredado de Roma. Para rematar, se rescata a Cristóbal Despuig y sus Coloquios de la insigne ciudad de Tortosa, de 1557, donde ya se discutía quién se estaba apropiando del nombre de España.
Cuántos hablan ladino de verdad
Aquí llega el jarro de agua fría. Quien ha tratado con comunidades sefardíes por trabajo lo cuenta sin adornos: la mayoría solo conserva palabras sueltas que les enseñaron sus abuelos, no la lengua entera. También llama la atención cómo han cambiado con los siglos los sonidos de algunas letras, más que el vocabulario.
Una parte de los mensajes derivó hacia la hostilidad contra un colectivo y hacia acusaciones sin fundamento, que otros respondieron recordando las normas alimentarias judías, entre ellas la prohibición de consumir sangre. La corrección llegó con datos; el insulto, con nada.
El dato que descoloca es este: el Quijote no es castellano medieval. Cuando Cervantes lo escribió, Nebrija había fijado las primeras normas ortográficas un siglo antes. Si hasta los más duros admiten que entienden la mayor parte del Quijote, la frontera entre lo medieval y lo moderno resulta mucho más borrosa de lo que sugiere el titular. Y el ladino sigue ahí, en una revista de pasatiempos y en la memoria de unos pocos abuelos.