Carbón a 300€ y el MWh a 500€: las minas que nadie reabre
La tonelada de carbón se paga a 300 euros y el megavatio hora ha llegado a marcar 500. Juntas, las dos cifras dejan una pregunta incómoda: si el mineral importado ronda los 400 euros en origen —sin transporte— y el nacional saldría bastante más barato, ¿por qué España apagó sus minas y dinamitó sus térmicas? La respuesta oficial invoca clima y costes. La del mercado invoca otra cosa.
La paradoja energética española tiene pocos precedentes en Europa, y explica buena parte del enfado que recorre este asunto.
Del 30% al 3%: cómo se apagó el carbón español
El punto de partida es contundente: España podría cubrir tranquilamente
el 30% de su electricidad con carbón a 50 euros el MWh, y habría mineral para 500 años. Hoy la generación con carbón ha caído al 3%, después del cierre de las minas y del desmantelamiento de las centrales. El resultado, se argumenta, es que el MWh pasó de 50 a 500 euros con un consumo energético inferior al de 2004. Menos demanda y más factura.
La clave está en quién paga. Se sostiene que el carbón nacional, si se extrajera, saldría entre 50 y 80 euros por tonelada, mientras el importado se compra a 400 euros en origen. La cuenta no encaja con el relato de que el mineral patrio era caro e inviable. Frente a esa tesis, otra corriente responde que las plantas cerraban porque no lograban entrar en el pool por su alto coste, no por una orden política. En paralelo, la legislación climática habría cerrado la puerta a extraer uranio, gas, petróleo o carbón en el país. El eslogan que resume la postura es un ultimátum:
carbón o derroición.
Las primas a las renovables: 7.000 millones al año
El coste de sostener el sistema también entra en la ecuación. Más de
7.000 millones de euros anuales en primas para las renovables, según las cifras que manejan quienes critican el modelo, mientras la demanda eléctrica sigue por debajo de la de hace dos décadas. La factura sube con menos consumo. Y el país, se añade, gasta en subvencionar un modelo que dejó de funcionar en el momento en que el gas se disparó.
Frente a eso se alza el argumento contrario: el futuro es fotovoltaico y eólico.
Electricidad por debajo de 30 euros el MWh en cinco años, con un 70% de renovables y un 20% de nuclear, sostienen los optimistas del mix nuevo. Quien lo defiende pide que se le rescate el pronóstico dentro de un lustro. De momento mandan el gas y la subida de precios, y el debate se enquista.
Nuclear: el MWh a 14,4 euros que tampoco convence
La alternativa que muchos esgrimen es la nuclear. Se cita un coste de
14,4 euros por MWh, desglosado en 7,0 de inversión, 3,0 de operación y mantenimiento, 2,0 de combustible y 2,0 de inversiones recurrentes. En el mundo operan unos 440 reactores con 390 GWe de potencia y 55 más en construcción en 19 países. Sobre el papel, imbatible. Con matices, todos los números cambian.
El contraargumento no es menor: si el Estado financia la central, el precio deja de ser barato. Y España, se apunta, no tiene reservas de uranio para más de una década de consumo de su escaso parque. La discusión se enreda además en si «hay muchos» equivale a «son rentables»: si así fuera, el mundo tiene
6.612 térmicas de carbón activas, quince veces más que reactores. Se menciona también a India y sus nuevas tecnologías de carbón ultra-supercrítico, capaces de alargar la vida útil de las plantas.
El espejo francés: ocho reactores parados y vuelta al carbón
Francia, la gran nuclearizada de Europa, aparece como prueba incómoda. De sus
61,4 GWh de capacidad nuclear instalada quedaron menos de 30 GWh operativos tras detectarse problemas de corrosión, con ocho reactores detenidos por mantenimiento. Para sobrevivir al invierno, el país recurrió al carbón. El caso se lee como síntoma: ni la potencia instalada garantiza suministro estable.
A la historia se suma el desmantelamiento. La central de La Robla, se recuerda, fue dinamitada por Naturgy el 6 de mayo, cuando la compañía ya sabía lo que venía. Los costes de gestión de residuos y cierre se consideran determinantes para la rentabilidad real de la nuclear, sin contar el uranio importado. Unos leen ahí un síntoma del modelo; otros, un problema de mantenimiento puntual.
De la lluvia ácida al CO2: el origen del relato anti-carbón
No siempre se atacó al carbón por el clima. Antes fue la lluvia ácida. El giro tiene padrino británico: Margaret Thatcher advirtió ante la Royal Society, en septiembre de 1988, del aumento anual de
3.000 millones de toneladas de CO2 y avisó de las consecuencias de un calentamiento acelerado. Aquel discurso se lee hoy como el pistoletazo ideológico del programa anti-carbón de los ochenta y noventa.
Con la tonelada a 300 euros, el MWh rozando los 500 y las térmicas convertidas en escombros, la pregunta ya no es si el carbón era caro. Es por qué el país se quedó sin ninguna fuente propia que encender. ¿Hubo un cálculo mejor, o solo un relato mejor contado?