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Donald Trump ha declarado en Truth Social que la exploración de petróleo, gas y minerales ya ha comenzado en Groenlandia, a la que se refiere como territorio estadounidense. La isla, bajo soberanía danesa con autogobierno, es clave para la defensa de Estados Unidos y Europa por su posición en el Ártico.
La publicación de Donald Trump en su red social Truth Social no deja lugar a dudas sobre su intención: «Mucho petróleo, gas, exploración minera es lo que se ha empezado en nuestra nueva y bonita Groenlandia». Con ese mensaje, el presidente de Estados Unidos da por hecha una anexión que nunca ha pasado por un proceso formal. Groenlandia es un territorio autónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca desde 1953, con gobierno propio y competencias sobre sus recursos naturales, aunque Copenhague mantiene la autoridad en política exterior y defensa. Nadie ha firmado una cesión. Nadie ha ratificado un tratado. Pero el lenguaje presidencial ya trata la isla como propiedad.
La publicación habla de exploración de petróleo, gas y minerales «en nuestra nueva y bonita Groenlandia». No menciona un acuerdo con Dinamarca, ni una compra, ni una votación en el parlamento groenlandés, el Inatsisartut. Tampoco cita ningún tratado. Se limita a constatar que las labores de exploración han empezado y a reivindicar la isla como estadounidense. Es un anuncio de hechos consumados sin los hechos.
Groenlandia alberga algunas de las mayores reservas sin explotar de tierras raras, uranio, hierro y posibles hidrocarburos. La isla se deshiela a un ritmo que facilita el acceso a zonas antes cubiertas por hielo permanente. Eso convierte lo que hace una década era una hipótesis remota en una posibilidad técnica y económica real. El interés de Washington no es nuevo: ya en 2019 Trump propuso comprar la isla, y Dinamarca rechazó la idea de plano. Ahora el marco es otro. No se habla de compra. Se habla de que la explotación ya está en marcha.
La posición geográfica de Groenlandia la convierte en un punto estratégico de primer orden. Entre América del Norte y Europa, la isla ocupa el corredor por el que pasan las rutas aéreas y marítimas del Atlántico norte. Cualquier misil balístico lanzado desde Rusia hacia Estados Unidos por la ruta polar sobrevuela Groenlandia o sus proximidades. Tener defensas allí reduce el margen de reacción y complica la trayectoria de un ataque.
Estados Unidos ya opera la base de Thule, renombrada Pituffik Space Base en 2023, en el noroeste de la isla. Es la instalación militar más septentrional de EE.UU. y forma parte del sistema de alerta temprana de misiles. La publicación de Trump menciona que la defensa allí «va a derribar drones, misiles y otro tipo de armas que aún no se conciben». No hay detalles técnicos, pero la lógica es la misma que ha guiado la presencia militar estadounidense en el Ártico desde la Guerra Fría.
El texto también incluye a Europa en la ecuación: la defensa de Groenlandia afecta tanto a Estados Unidos como a Europa. No es una concesión retórica. La OTAN considera el Ártico un flanco estratégico, y cualquier control unilateral de la isla por parte de Washington alteraría el equilibrio de fuerzas en la región. Que Trump lo diga sin consultar a los aliados es, en sí mismo, un mensaje.
El deshielo está abriendo rutas marítimas que antes solo eran transitables en verano. La ruta del noreste, que bordea Siberia, y la del noroeste, que atraviesa el archipiélago canadiense, acortan distancias entre Asia y Europa. Groenlandia queda en el centro de ese nuevo mapa. Quien controle la isla controla parte del tráfico y, sobre todo, la vigilancia de esas rutas.
Las tierras raras son otro capítulo. China domina hoy la producción mundial de estos minerales, esenciales para imanes, baterías y tecnología militar. Groenlandia tiene reservas significativas, aunque su extracción es cara y técnicamente difícil. La mención de Trump a la «exploración minera» apunta directamente a ese mercado. No es solo petróleo y gas: es la cadena de suministro de la tecnología con la que se fabrican los drones y los misiles que él mismo menciona.
La publicación no da cifras de inversión, ni nombres de empresas, ni plazos. Tampoco aclara si esas labores de exploración cuentan con permisos del gobierno groenlandés o danés. Se limita a afirmar que han empezado. Y eso, en un territorio que no es suyo, es una declaración de intenciones más que un parte de resultados.
La anexión que Trump da por hecha no tiene respaldo jurídico conocido. Dinamarca no ha cedido la soberanía. Groenlandia no ha celebrado un referéndum de independencia ni de integración en Estados Unidos. El Departamento de Estado no ha emitido un comunicado formal de anexión. Lo que existe es una publicación en Truth Social que trata la isla como territorio propio y anuncia actividad extractiva.
Eso no significa que no tenga consecuencias. El lenguaje oficial crea marcos. Si el presidente de Estados Unidos dice que Groenlandia es suya y actúa en consecuencia, los demás actores tienen que posicionarse. Dinamarca puede protestar. La Unión Europea puede emitir declaraciones. Pero la exploración, si de verdad ha comenzado, sigue su curso. Y las defensas, si se instalan, también.
La pregunta que queda en el aire no es si Trump tiene derecho a decir lo que dice. Es qué pasa cuando alguien con el poder de hacerlo trata un territorio ajeno como propio y nadie lo detiene. La historia del siglo XX tiene varios ejemplos de cómo empiezan esas cosas. Ninguno acabó bien.
EL AMO YANKEE confirma la…