Un documental deja el origen de Colón igual de borroso
La promesa era zanjar cinco siglos de especulación con un solo dato de laboratorio. El resultado fue el opuesto. Tras la emisión en La 1 —a las 22:30, con el ADN de Cristóbal Colón como estrella—, el origen del navegante sigue sin dueño y la hipótesis gallega, que muchos esperaban ver confirmada, quedó sin respaldo. Lo único que se dio por descontado fue lo que ya sospechaba cualquiera que hubiera mirado dos veces un mapa del siglo XV: que el almirante no era genovés.
Qué concluyó el documental sobre el ADN de Colón
Casi nada, y esa es la conclusión que más se repite al apagar la televisión. Se descartó la vía italiana con el argumento de que Diego Colón no era hermano carnal del almirante, se habló de
concordancia parcial con perfiles sefardíes del Mediterráneo occidental y se dejó flotando la figura de un converso que ocultaba su procedencia. Ni una sola de esas piezas fija una ciudad, una comarca ni un reino. El anunciado giro final se quedó en un plano general.
El otro bloque que el programa dio por bueno es forense: los restos atribuidos a Colón y los de su hijo Hernando quedan validados, lo que en teoría permite repetir comparaciones con cualquier candidato futuro. Hay quien considera ese punto un avance indiscutible. Hay quien responde que autentificar unos huesos no acerca ni un kilómetro a resolver de dónde salieron, y que el documental se quedó a mitad de camino entre el laboratorio y el plató.
De dónde salía la pista gallega: Poio, Pedro Madruga y una casa a 50 metros
La hipótesis gallega no nació en un plató. Se apoyaba en un puñado de indicios encadenados: una familia, los Colón, con presencia documentada en la zona de Poio y Pontevedra; la figura de
Pedro Madruga, una figura central para los defensores de la vía gallega; y un dato inmobiliario que a más de uno le parece difícil de ignorar: la casa señalada como vivienda del navegante está a
50 metros de otra que los Duques de Veragua, descendientes de Colón, vinieron a vender desde Panamá.
A eso se suman piezas de archivo que se repiten una y otra vez: el nombre real de la Santa María sería
la Gallega, en los fletes aparece Juan de la Cosa, y la mención a que Colón era genovés en un escrito custodiado en un museo de Dinamarca habría sido añadida en el siglo XVIII. Sobre el papel suena a caso cerrado. En el laboratorio, según lo emitido, no lo fue, y las muestras gallegas comparadas no dieron el resultado que la teoría necesitaba.
Lo que Colón sabía de navegación y de dónde lo sacó
Uno de los hilos más sólidos del análisis no va de apellidos, va de cartas náuticas. Los marinos portugueses que circunnavegaban África sabían que al doblar el cabo de Buena Esperanza los vientos dominantes empujaban los barcos al mar abierto. Colón lo sabía también. Por eso su primer viaje bajó hasta Canarias: para alcanzar la latitud de los
alisios y dejarse llevar.
El propio almirante dejó dicho que viajó hasta Islandia y que navegó por debajo del ecuador siguiendo rutas portuguesas, lo que le permitió comprobar que los miedos de la época —despeñarse al cruzar la línea— no eran realistas. Con ese bagaje, más lo que pudieran contarle en el norte sobre tierras al oeste, ató cabos. Una de las interpretaciones que circuló en el hilo apunta a que buena parte del secreto de su ruta era tecnología portuguesa, de un país al que no le interesaba publicarla.
¿Se puede concluir algo con un ADN degradado de hace cinco siglos?
Muy poco. La investigación se presentaba como el fruto de
unos 20 años de trabajo, con un grupo inicial más amplio del que algunos integrantes se habrían ido al no cuadrarles lo que veían. El material genético disponible estaba muy degradado, según se desprende de lo contado, y las comparaciones se hicieron contra un número limitado de muestras, sin cubrir ni de lejos todas las hipótesis vivas. Valencia, Mallorca o Cataluña quedaron fuera del cotejo.
Falta, además, el paso que cualquier escéptico exige: la publicación en una revista científica. El programa dejó caer que el artículo llegaría en
noviembre, sin PDF, sin revisión por pares a la vista y sin datos crudos sobre la mesa. Hasta que eso ocurra, lo emitido es televisión, no ciencia. Y esa diferencia, a estas alturas, conviene no olvidarla.
El supuesto gen judío que la genética no puede leer
El ADN no identifica religiones: identifica poblaciones, mezclas y parentescos. Decir que alguien presenta rasgos compatibles con poblaciones del Mediterráneo oriental no equivale a decir que practicara un culto concreto, ni que naciera en un punto determinado. Compatible no es lo mismo que probado, y eso vale para un sefardí, para un valenciano y para buena parte del litoral peninsular.
La polémica se infló con un salto lógico que el formato no se molestó en desmontar: si hay rasgo sefardí, entonces era judío y punto. Contestado por lo básico —un rasgo sefardí no implica practicar el judaísmo, y buena parte de la población de la época comparte ese fondo—, el argumento se deshilacha solo. De ahí al ruido conspirativo sobre quién mueve los hilos del mundo hay un paso, y una parte del intercambio lo dio sin que la genética aporte una sola prueba al respecto. Convicción no es cromosoma.
El origen importa menos que quién pagó la función
Hubo una corriente que zanjó el asunto por la vía del contribuyente: una emisión de televisión pública, veinte años de trabajo y un resultado que no cierra ninguna hipótesis. La queja tiene recorrido: cualquier intento con fondo histórico o científico acaba convertido en espectáculo, con más foco en el morbo que en los datos y con un regusto a producto de temporada.
Conviene separar dos cosas que el formato mezcla a propósito. Que un documental esté mal construido no invalida el trabajo de laboratorio que pueda haber detrás. Y al revés: que la investigación sea seria no obliga a nadie a tragarse un montaje que anuncia un
plot twist y entrega un informe provisional. El desgaste reputacional lo acaba pagando la ciencia, no el guion.
Que Colón era genovés se sigue enseñando en las aulas. Que era gallego lo sostienen una casa y unos legajos. Que era un sefardí del Mediterráneo occidental es, hoy por hoy, una compatibilidad estadística. ¿Cuántas emisiones más harán falta para que un expediente abierto desde hace siglos se resuelva con un dato y no con una cortinilla?