Un usuario afirma que el 26% de la generación Z acude a la entrevista de trabajo con sus padres
La escena se repite en salas de espera y oficinas: un candidato de veintitantos, titulado, y a su lado una señora que responde por él cuando el entrevistador pregunta por la disponibilidad horaria. El fenómeno ya tiene cifra, según un cálculo que circula en el debate.
El 26% de la generación Z va a las entrevistas de trabajo acompañado de su padre o de su madre, un dato que algunos participantes presentan como patrón recurrente en departamentos de recursos humanos. La conversación sobre el tema, que se prolonga durante más de dos años, ha ido mutando desde la incredulidad inicial hasta un cierto fatalismo:
ya no sorprende, se asume.
Qué dice el 26% y qué no dice
El porcentaje no equivale a que uno de cada cuatro jóvenes entre en la sala con su progenitor. La mayoría de los casos descritos son más matizados: el padre o la madre espera en la cafetería, conduce hasta la sede o llama por teléfono antes de la cita para confirmar la dirección. Hay quien sostiene que
acompañar no es lo mismo que entrar, y que la frontera entre apoyo logístico e intromisión se cruza solo en los casos más extremos. En contra pesa el argumento de que la simple presencia del progenitor en el vestíbulo ya condiciona la percepción del entrevistador.
La discusión sobre el alcance real del fenómeno se cruza con otra sobre su visibilidad. Acompañar a un hijo a una entrevista era, hasta hace poco, algo que se hacía con discreción. Hoy se hace a plena luz, sin que nadie parezca sentir vergüenza. Ese cambio de umbral es, para algunos participantes, más relevante que el porcentaje en sí.
El caso del director de instituto y la profesora que no estaba
Entre los episodios concretos que circulan hay uno que se ha convertido en referencia. Un director de instituto mantiene una reunión con quien cree que es la nueva profesora de economía, llegada para sustituir a un docente de baja. Tras explicarle el funcionamiento del centro, la interlocutora pregunta si conoce algún piso donde pueda vivir su hija. El director, desconcertado, pregunta por la hija.
La profesora era la hija, y estaba sentada fuera, esperando a que su madre terminara la reunión.
El caso sirve para ilustrar un patrón que varios profesionales describen: la persona que negocia, pregunta y decide no es el candidato, sino el acompañante. En el ámbito sanitario ocurre algo parecido. Hay quien relata que en consultas de medicina general es cada vez más frecuente ver a pacientes de treinta y cinco a cuarenta y cuatro años acompañados por sus padres, que son quienes toman la palabra. La comparación entre ambos entornos —el laboral y el sanitario— ha sido uno de los ejes del intercambio.
El debate sobre la responsabilidad: ¿padres, escuela o mercado?
La discusión deriva rápidamente hacia las causas. Una corriente señala a los padres:
hay progenitores que no comprenden el flaco favor que hacen a sus hijos al resolverles problemas que deberían resolver solos. Otra apunta al sistema educativo, con temarios que no preparan para la autonomía y una cultura de la sobreprotección que empieza en el colegio. Una tercera mira al mercado laboral: con contratos precarios, procesos opacos y una vivienda inaccesible para quien empieza, la red familiar funciona como amortiguador, no como capricho.
El cálculo más optimista asume que se trata de una fase transitoria, propia de una generación que entra al mercado en un contexto especialmente hostil. El escenario pesimista parte de la idea de que la dependencia se consolida y se traslada a otras esferas: la negociación de un alquiler, la gestión de una baja médica, la reclamación de un recibo. En medio, una observación recurrente:
los que hoy critican a los jóvenes son los mismos que hace treinta años eran criticados por sus padres.
La respuesta de las empresas: descartar o adaptarse
En el lado de la demanda, las reacciones son dispares. Hay quien aplica un filtro automático:
si el candidato llega acompañado, se le descarta sin necesidad de entrevista, lo que agiliza el proceso para el resto. Otros consideran que la presencia de un progenitor no es motivo suficiente para descartar y que lo relevante es cómo se desenvuelve el candidato en la conversación. Y una tercera postura, menos confesable, admite que la dependencia extrema puede ser funcional para puestos que exigen obediencia y poca iniciativa.
El resultado es un mercado segmentado: las empresas que compiten por talento escaso tienden a adaptarse y las que cubren puestos fungibles tienden a filtrar. La consecuencia a medio plazo, apuntan algunos, es que la brecha entre unos y otros se ensancha.
Lo que el dato no resuelve
El 26% es una cifra llamativa, pero no dice nada sobre la calidad del empleo al que aspiran quienes van acompañados ni sobre su trayectoria posterior. Tampoco distingue entre el candidato que necesita a su madre para rellenar un formulario y el que simplemente ha aceptado que le lleven en coche porque no tiene carné. La discusión, dos años después, sigue en el mismo punto:
nadie ha medido cuántos de esos acompañados siguen dependiendo de sus padres cinco años después. Ese dato, el único que permitiría saber si estamos ante una fase o ante un cambio estructural, no aparece por ningún lado.