España crece el triple que la eurozona: el dato que divide
La economía española creció un 0,8% en el primer trimestre, según la revisión al alza del INE, el triple que la eurozona. El dato, celebrado por unos y puesto en cuarentena por otros, llega acompañado de una subida de la productividad por hora trabajada del 1,2% y una contribución de la demanda externa de 0,5 puntos. Sobre el papel, un cuadro macroeconómico envidiable. En la práctica, el debate está servido: ¿es un crecimiento sólido o maquillaje estadístico sostenido por deuda y población?
El INE revisa al alza el crecimiento del primer trimestre
El Instituto Nacional de Estadística ha confirmado que la economía española avanzó un 0,8% entre enero y marzo, una décima más de lo anticipado. La demanda externa aportó 0,5 puntos al crecimiento, mientras que la productividad por hora efectivamente trabajada repuntó un 1,2%. Son cifras que, en teoría, reflejan una economía más eficiente y competitiva. El problema es que la letra pequeña del dato invita a matices.
Una parte del análisis sostiene que este crecimiento se explica por la incorporación masiva de población activa. Se argumenta que la llegada de medio millón de personas al año —cifra oficial, probablemente superior— aumenta el denominador del PIB sin que eso se traduzca en una mejora proporcional del bienestar. Más población consume, trabaja y produce, pero también presiona servicios públicos y vivienda. El PIB sube; la renta per cápita, no necesariamente.
¿Por qué sube la productividad si la economía no despega?
La subida del 1,2% en productividad por hora ha sido recibida con escepticismo en algunos sectores. Hay quien apunta a un efecto estadístico: si se destruye empleo de baja productividad o se contratan perfiles más cualificados, el ratio mejora sin que la economía sea más eficiente. Otros señalan que la productividad española sigue muy por debajo de la media europea y que un repunte puntual no cambia la tendencia estructural.
El cálculo más optimista asume que la inversión y las exportaciones están tirando del carro. El escenario pesimista parte de que el crecimiento se financia con deuda pública: se habla de unos 35.000 millones de euros adicionales para generar apenas 3.000 millones de PIB. Un negocio ruinoso, según esta lectura, que hipoteca a las próximas generaciones.
La deuda pública y el gasto corriente como motores ocultos
El aumento del gasto público y la creación de empleo en el sector público son señalados como parte del problema. Se argumenta que cada mes se incorporan nuevos trabajadores a las administraciones, lo que infla el consumo y el PIB a corto plazo, pero genera una carga estructural difícil de revertir. La comparación con otros países europeos es inevitable: España sigue siendo uno de los países con mayor porcentaje de población en riesgo de pobreza de la UE.
La paradoja es que, mientras el PIB crece, la percepción ciudadana es de estancamiento. Los salarios suben menos que la inflación, los negocios cierran y el acceso a la vivienda se complica. El dato macroeconómico y la realidad cotidiana parecen moverse en direcciones opuestas.
El turismo y la inmigración: los motores que nadie quiere nombrar
El sector turístico sigue siendo uno de los principales contribuyentes al crecimiento. La llegada de visitantes extranjeros sostiene el consumo, el empleo y parte de la recaudación. A ello se suma el efecto demográfico: la población española ha crecido gracias a la inmigración, lo que amplía la base de consumidores y trabajadores. Sin ese flujo, el crecimiento sería mucho más modesto.
Hay quien sostiene que este modelo es insostenible a largo plazo: dependemos de sectores de bajo valor añadido y de una población que envejece. La productividad, aunque suba un 1,2% este trimestre, sigue lastrada por la falta de inversión en tecnología, formación y capital humano. La comparación con Alemania o Francia, donde la industria tiene un peso mucho mayor, es demoledora.
¿Es comparable el crecimiento español con el de la eurozona?
La eurozona crece a un ritmo del 0,3%, tres veces menos que España. Pero el contexto importa: España cayó más durante la pandemia y ha recuperado más tarde. Parte del crecimiento actual es un efecto rebote. Además, la deuda pública española supera el 100% del PIB, mientras que países como Alemania la tienen controlada. El crecimiento es real, pero también lo es la vulnerabilidad.
El debate no es si España crece más que sus vecinos, sino si ese crecimiento es sostenible y si se traduce en mejoras tangibles para la población. Los datos apuntan a que sí en términos agregados, pero la distribución de ese crecimiento es desigual. La brecha entre el dato y la calle sigue siendo el elefante en la habitación.
Con estos mimbres, prever el futuro es un ejercicio de fe. Si la inversión y las exportaciones mantienen el tono, España podría cerrar el año por encima de la media europea. Si el gasto público y la deuda siguen siendo el principal motor, el castillo de naipes podría tambalearse. Nadie tiene la bola de cristal, pero conviene recordar que los milagros económicos, cuando se sostienen sobre deuda, suelen acabar en resaca.