EE.UU. contra todos: por qué nadie ve posible la invasión
La pregunta circula desde hace tiempo: si a los vecinos y a los enemigos de Estados Unidos se les acabara la paciencia y decidieran ir todos a una contra el país, ¿bastaría para derrotarlo? El planteamiento, que arranca descartando el uso de armas nucleares, se topa enseguida con un muro logístico. La primera conclusión que se impone en cualquier análisis serio es que invadir el territorio continental estadounidense es una empresa que ningún Estado mayor ha contemplado jamás con optimismo.
Qué haría falta para invadir Estados Unidos
La respuesta más repetida es que haría falta una superioridad abrumadora en tierra, mar y aire, y que esa superioridad no existe hoy. Estados Unidos tiene la flota aérea más grande del planeta, una ventaja que en un escenario convencional obligaría al resto a apostar por el desgaste económico antes que por el choque directo. En efectivos de infantería, solo China, Rusia y probablemente India superan a los estadounidenses, pero la calidad del equipamiento y la capacidad de sostener una campaña larga juegan a favor de Washington.
Hay quien sostiene que el problema no es solo militar. Estados Unidos es, en la práctica, una isla en medio del océano, con una población fuertemente armada y una extensión que convierte cualquier ocupación en una pesadilla. La comparación con Ucrania aparece varias veces: si a Rusia le cuesta ocupar territorio vecino con proximidad logística, imagínese a una coalición cruzando dos océanos.
Canadá, México y el resto de vecinos: aliados o lastre
Canadá es el eslabón más débil de cualquier alianza antiestadounidense. Su comercio exterior depende en un 75% de Estados Unidos, y su economía está dominada por empresas cuyo principal cliente es el mercado estadounidense. Cualquier intento de Ottawa de plantar cara a Washington se quedaría en un espasmo nacionalista sin recorrido. México, por su parte, aparece en la conversación más por su dependencia comercial y su problema de seguridad interna que por su capacidad militar.
En Europa, el diagnóstico que se repite es que el continente está distraído en otras cosas y que su industria de defensa no está preparada para una guerra de alta intensidad contra una potencia del tamaño de Estados Unidos. Ni sumando a toda Latinoamérica, Brasil incluido, cambiaría el equilibrio: la dependencia de armamento estadounidense es demasiado profunda.
China y Rusia: la única coalición que se toma en serio
El escenario que más se discute es el de una alianza entre China, Rusia e Irán. En ese reparto, China se ocuparía de la guerra militar convencional, Rusia de las guerrillas y los enfrentamientos menores, e Irán de la pacificación interior. India, en cambio, haría lo que hace siempre: mirar desde la barrera. Es una hipótesis que se sostiene más en el deseo que en la logística, porque ninguno de los tres tiene capacidad de proyectar fuerza a través del Pacífico y el Atlántico a la vez.
La otra corriente de análisis insiste en que las guerras se ganan en el campo de batalla, a pie de obra, y que ahí los estadounidenses pinchan. El argumento es que su infantería actual es de calidad discutible, que dependen del apoyo aéreo para cualquier operación y que históricamente han perdido cualquier combate en el que no tuvieran una superioridad tecnológica aplastante. Afganistán y Vietnam aparecen como prueba recurrente.
El factor que casi nadie discute: la economía
Más allá de los tanques, el consenso es que Estados Unidos no es solo un país: es una corporación transnacional con tentáculos en todos los centros económicos del planeta. Impone sanciones y aranceles, y el resto obedece. Emite deuda y el mundo la acepta como si fuera oro. Ese poder coercitivo, sostienen algunos, vale más que cualquier división blindada, y solo se sostiene mientras exista la amenaza militar detrás.
La pregunta que queda abierta es cuánto aguanta ese sistema. Hay quien cree que una última derrota militar sería su final, porque ya no tiene un relato que atraiga como en los años cincuenta. Otros responden que el imperio lleva décadas en decadencia y que lo único sensato es dejarlo destruirse a sí mismo. Nadie cierra la ecuación.