Sánchez y Díaz consuman la salida de Podemos del Gobierno
Podemos ya no forma parte del Gobierno de coalición. La salida se ha consumado, y el detonante no ha sido el Partido Popular ni Vox, sino sus propios socios:
Pedro Sánchez y Yolanda Díaz. Así lo ha denunciado Pablo Echenique, que describe el movimiento como una expulsión «oficial» de un Ejecutivo que, sostiene, no existiría sin los votos de su partido. La tesis es discutible —un apoyo de investidura es un intercambio, no un contrato de gratitud—, pero deja sobre la mesa la pregunta incómoda: para qué sirven los votos decisivos si no se cobran cuando toca.
El episodio tiene tres capas. Una política, la salida propiamente dicha. Una económica, la liquidación de estructuras y asignaciones. Y una moral, la que discute quién traicionó a quién. Cada una tiene su propia aritmética.
¿Por qué Podemos no usó sus votos para presionar en la investidura?
La respuesta corta que se repite por todas partes es que prefirió asegurar sillones antes que arriesgarse a un bloqueo. La lectura más compartida sostiene que la formación llegó a la negociación con la idea de entrar en el Consejo de Ministros y que, una vez dentro,
las carteras se convirtieron en el fin, no en el medio. Los escaños que eran imprescindibles para investir a Sánchez habrían acabado rindiendo menos que los de otros socios con menos diputados.
El contraste que más se repite es el de
Junts. Con un número de escaños comparable, según esta lectura, la formación independentista convirtió sus votos en una palanca de negociación permanente, mientras Podemos se conformaba con la foto institucional y el acta de ministro. Hay quien resume el error en una sola frase: bastaba con haber votado no en la investidura y volver a presentarse como la única izquierda sin ataduras. Dicho de otro modo,
el no también era un activo, y nadie lo jugó.
La factura económica: 700.000 euros a devolver y el grupo mixto
Aquí está la parte que no sale en los telediarios. Según un cálculo que circula,
Podemos tendría que devolver 700.000 euros a sus bases en los territorios donde su presencia se ha desvanecido. La cifra no es una multa ni una sanción: es el ajuste de cuentas que toca cuando la estructura institucional se encoge y las asignaciones que llegaban por escaño dejan de cuadrar con lo comprometido.
Sin ministerios ni grupo parlamentario propio, el partido pierde tres cosas a la vez: visibilidad, capacidad de iniciativa y músculo financiero. El resumen que se traslada es que en el
grupo mixto el reparto adelgaza y la miseria se suma a la que ya había. Para una organización que lleva años sosteniéndose con cuotas, cargos y subvenciones, cada euro perdido es también un altavoz menos.
El argumento de los que dicen que el objetivo ya se cumplió
No todo el mundo compra el relato del llanto. Hay una versión que sostiene que Podemos firmó el acuerdo precisamente para frenar a la derecha, que aceptó desde el principio un reparto desfavorable y que, si ahora desaparece, era parte del guion conocido. Bajo esa lógica,
el objetivo se cumplió: la derecha no gobierna, la ultraderecha no toca poder y el sacrificio de la formación era el precio previsto.
Es un argumento cínico y, a la vez, coherente con los hechos. Si el pacto se justificó como un mal menor para evitar lo peor, no hay motivo para escandalizarse cuando el mal menor se materializa en forma de salida. La pregunta que queda sin responder es si ese cálculo era un plan o una excusa retroactiva para justificar haberse quedado sin nada a cambio.
El reproche del «adanismo»: el caso de Sira Rego
A la liquidación política se le suma otro reproche, este formulado desde la propia izquierda. En el hilo se reivindica el perfil de
Sira Rego —su padre vive en Palestina y ella pasó parte de su infancia en los territorios ocupados— para subrayar que llevaba defendiendo la causa palestina desde mucho antes de que se convirtiera en un gesto para la foto, y se reprocha a Podemos su
adanismo, la tendencia a presentarse como pionera de causas que no inventó.
La crítica no va contra la ministra, sino contra la costumbre de ocupar el escenario como si se hubiera estado siempre allí. En una organización que se construyó sobre la idea de representar a los de abajo, ese reproche pesa más que cualquier dato de gestión.
Los relatos paralelos: Abascal, Vox y las teorías sin prueba
La salida ha activado, como casi todo, el relato de los demás. En el hilo se atribuye a Santiago Abascal una advertencia previa: que lo malo de pactar con traidores es que acaban traicionando. Y frente a la queja, una parte del comentario responde que la derecha tampoco puede dar lecciones: sin Vox, Sánchez no sería presidente, según ese argumento, y sin la gestión de Feijóo, tampoco.
Más allá del rifirrafe, circula una línea más fantasiosa: que Podemos fue una creación de servicios de inteligencia extranjeros para canalizar el voto desencantado y que a Vox le espera el mismo destino cuando se descubra
el pastel.
No hay una sola prueba que respalde esa versión, que se sostiene únicamente sobre su propia repetición. Conviene decirlo: la política española genera suficientes líos reales como para no necesitar guiones de espías.
Lo que viene es una formación fuera del Gobierno, con menos dinero, menos altavoz y una parte de su electorado preguntándose si el precio de frenar a la derecha merecía la pena. Es probable que rentabilice el papel de víctima durante unos meses y que recupere algo de aire en la oposición. Si eso basta para volver a ser decisiva, o si el partido que un día movilizó a millones se queda en el camino, es algo que nadie —tampoco quienes ahora celebran la salida— se atreve a firmar.