Veo a la gente en el televisor en las noticias que no entienden cómo es posible dos desastres... que no lo entienden... En España parece que nunca aprendemos. Nos olvidamos de todo demasiado rápido, normalizamos los desastres y seguimos votando como si nuestras decisiones no tuvieran consecuencias.
Dos tragedias ferroviarias deberían servir, como mínimo, para exigir explicaciones, responsabilidades y una revisión seria de las políticas de mantenimiento, inversión y seguridad ferroviaria. Las víctimas merecen respeto, las familias merecen respuestas y los ciudadanos merecemos saber qué ha fallado.
Votar no es un gesto inocente. Votar tiene consecuencias.
Las decisiones políticas influyen en cómo se gestionan los servicios públicos, dónde se invierte el dinero y qué prioridades se establecen. Y cuando algo falla, no basta con lamentarse, señalar al adversario o esperar a que la indignación desaparezca.
Pero tampoco podemos dar por culpable a nadie sin conocer los hechos. Precisamente por eso hay que exigir investigaciones transparentes, responsabilidades políticas cuando correspondan y consecuencias reales si se demuestra negligencia.
Porque una democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta cada cuatro años. También consiste en exigir cuentas a quienes gobiernan y en no regalar el voto a nadie por costumbre, por siglas o por fanatismo.
La indignación no sirve de nada si al día siguiente lo olvidamos todo.
Las tragedias no deberían utilizarse como munición partidista, pero tampoco deberían convertirse en noticias pasajeras que desaparecen sin respuestas.
La próxima vez que votes, recuerda que las decisiones políticas importan. Infórmate, exige responsabilidades y no concedas cheques en blanco.
Porque sí: Votar tiene consecuencias. Y exigir responsabilidades también.
Dos tragedias ferroviarias deberían servir, como mínimo, para exigir explicaciones, responsabilidades y una revisión seria de las políticas de mantenimiento, inversión y seguridad ferroviaria. Las víctimas merecen respeto, las familias merecen respuestas y los ciudadanos merecemos saber qué ha fallado.
Votar no es un gesto inocente. Votar tiene consecuencias.
Las decisiones políticas influyen en cómo se gestionan los servicios públicos, dónde se invierte el dinero y qué prioridades se establecen. Y cuando algo falla, no basta con lamentarse, señalar al adversario o esperar a que la indignación desaparezca.
Pero tampoco podemos dar por culpable a nadie sin conocer los hechos. Precisamente por eso hay que exigir investigaciones transparentes, responsabilidades políticas cuando correspondan y consecuencias reales si se demuestra negligencia.
Porque una democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta cada cuatro años. También consiste en exigir cuentas a quienes gobiernan y en no regalar el voto a nadie por costumbre, por siglas o por fanatismo.
La indignación no sirve de nada si al día siguiente lo olvidamos todo.
Las tragedias no deberían utilizarse como munición partidista, pero tampoco deberían convertirse en noticias pasajeras que desaparecen sin respuestas.
La próxima vez que votes, recuerda que las decisiones políticas importan. Infórmate, exige responsabilidades y no concedas cheques en blanco.
Porque sí: Votar tiene consecuencias. Y exigir responsabilidades también.
