Nadal: «Si Serena Williams genera más que yo, que cobre más»
En plena resaca del debate sobre la equiparación salarial en el deporte, Rafael Nadal se sentó frente a Ana Pastor y dejó caer la frase que ha incendiado la conversación: «No me gusta ser hipócrita y decir lo fácil. El feminismo se está llevando al extremo. Igualdad es que si Serena Williams genera más que yo, cobre más que yo». La cita ha reabierto dos discusiones que en España nunca se cierran del todo: cuánto debe cobrar un deportista y hasta dónde aguanta la equidistancia quien firma contratos millonarios, tiene una academia en Manacor y un yate que alguien ha cifrado en
seis millones.
Nadal no inventó nada. Repitió un principio elemental de la economía del espectáculo. Y ahí, justamente, empieza el lío.
¿Qué dijo Nadal sobre la equiparación salarial?
Su tesis cabe en una línea: el salario debe seguir a lo que cada deportista genera, no al sexo de quien lo genera. «Igualdad es que si Serena Williams genera más que yo, cobre más que yo», resume. Quien defiende su postura lo explica sin rodeos: cada deportista gana en función de su audiencia. Quien llena estadios cobra más que quien no llena nada, sea hombre, mujer o
habitante del planeta Venus.
El problema, replican otros, no es el principio sino el envoltorio. Nadal carga contra «el feminismo llevado al extremo» mientras presume de no ser hipócrita, y a muchos les suena a excusa. Una parte del público lo leyó como sentido común exprés, ese que casi convierte en gurú a quien dice lo obvio. Otra, como coartada de alguien que gana demasiado para quejarse de nada.
Entre los dos bandos se cuela un tercer grupo: el que sostiene que da igual lo que diga, porque quien acumula esa fortuna no puede dar lecciones morales a nadie. El debate se ha trasladado del sueldo a la persona.
El dinero sigue a la audiencia: de 20 millones a 100.000
El argumento que más se repite es contable. Un deportista que arrastra una audiencia media de
20 millones de personas no puede cobrar lo mismo que otro que no llega a
100.000, sostiene uno de los razonamientos que más ha corrido. La proporción es brutal y explica por qué el tenis masculino mueve lo que mueve. El mercado paga atención, no género.
Cuando ese rasero se aplica al circuito femenino, el resultado incomoda. Hay quien afirma, sin matices, que si se desacoplaran los grandes torneos se vería cuánto generan de verdad las tenistas. Y hay quien responde que el circuito femenino ya vende entradas, patrocinios y derechos de televisión suficientes para justificar sus sueldos. Casi nadie discute el principio. Discuten el punto de partida y quién lo fija.
El detalle incómodo es que el mismo criterio, llevado al extremo, deja a media plantilla de cualquier deporte sin argumento. Si todo se mide por lo que cada uno ingresa, la mayoría de los profesionales —hombres incluidos— no aguanta la comparación con los tres o cuatro nombres que llenan estadios.
El episodio de la vacunación que aún le pasa factura
Para una franja de su propia afición, Nadal dejó de ser intocable mucho antes de esta entrevista. El reproche se remonta al episodio de la vacunación: el tenista defendió públicamente inmunizarse y, según esa versión, se plegó al criterio oficial mientras otro jugador quedaba fuera del Abierto de Australia por no hacerlo. Desde entonces, sostienen, cambió la mirada sobre él. La acusación de doble vara
no está probada ni reconocida por nadie y circula como opinión, no como hecho.
Enfrente aparece el frente contrario. Profesionales sanitarios que participan en la conversación aseguran que dentro de la sanidad pública apenas se discute el asunto y que las voces críticas quedan arrinconadas. Es una queja de parte, sin datos que la respalden aquí, y conviene tratarla como tal. Las afirmaciones sobre la eficacia de las vacunas que se dejan caer en el intercambio no cuentan con el respaldo de la evidencia disponible.
La entrevistadora y la pregunta incómoda
Buena parte del reproche no va contra Nadal sino contra Ana Pastor. La crítica más repetida es su costumbre de interrumpir al entrevistado para que acabe diciendo lo que ella quiere oír. Con Nadal, añaden, el resultado fue una hora de titubeos, frases a medias y un invitado incapaz de cerrar un argumento sencillo.
De ahí salta el paralelismo más punzante: si un tenista debe cobrar igual que otra porque su deporte genera lo mismo, un periodista hombre debería cobrar lo que cobra Ana Pastor. El comentario, lanzado con retintín, apunta a la incoherencia de exigir a unos un criterio que no se aplica a uno mismo. Nadie ha verificado nóminas. La paradoja, en cambio, ha viajado sola.
Queda el consuelo del envidioso, el clásico «ya te gustaría a ti». Funciona como argumento en cualquier discusión y no resuelve ninguna.
Manacor, el Madrid y una academia sin catalán
Queda el flanco local. En su propio pueblo, dicen, Nadal no es un héroe unánime: le reprochan su madridismo y que en su academia —unas instalaciones que un municipio como Manacor no habría podido costear— no exija el catalán para ser monitor. Que haya preferido fichar a extenistas de primer nivel antes que a entrenadores de la zona alimenta la leyenda del desapego.
A sus
36 años y con un grand slam reciente en el bolsillo, la pregunta ya no es deportiva. Es si un hombre que gana lo que genera puede permitirse decir en voz alta que cada uno cobre lo que produce. El principio es sólido. Quienes lo esgrimen, no siempre. Ahí se atasca la discusión: en decidir si queremos el criterio o solo el resultado que nos conviene.