El «es mediocre» contra Pontón que el BNG quiere tumbar en las urnas
Ana Pontón arrastra dos relatos que no pueden ser ciertos a la vez. Para unos es la dirigente sin talento, sin creatividad y sin más horizonte profesional que el sector público; para otros, la única que no hizo el ridículo en una campaña que se le puso cuesta arriba al resto. Y en medio, un dato que hay quien sostiene: es la candidata del BNG, la segunda candidata más votada de la quinta comunidad más poblada de España. La contradicción no se resuelve. Se gestiona.
¿Quién es Ana Pontón y qué estudió?
Nacida en Sarria, entró en política a los 16 años y cursó la Licenciatura de Ciencias Políticas en Santiago de Compostela. Ese renglón, anodino en cualquier otro perfil, se ha convertido aquí en el eje de la discusión. Hay quien sostiene que aquella facultad era «una carrera tirada», con un ambiente de mediocridad y radicalismo extremo; enfrente se responde que no existe mayor espíritu crítico que el de quien profundiza en la raíz de las cosas, y que el radicalismo, por definición, va a la raíz.
El debate escala cuando se compara el mapa de titulaciones. Se argumenta que en Ciencias Políticas y Filosofía prolifera un perfil izquierdista, mientras Economía e Ingeniería crían derechistas, y se atribuye la brecha a la falta de contacto con la realidad: quien va a legislar o manejar un presupuesto debería conocer la materia, no Game of Thrones.
Las críticas: falta de proyecto y respuestas evasivas
El reproche central no es ideológico, sino de contenido. Se le achaca no tener capacidad de imaginar cómo ganar dinero fuera de lo público y convertir el radicalismo en profesión. Otros describen su presencia pública como una interpretación: un papel trabajado, con puesta en escena incluida, por el que se cobra. Y una tercera corriente, menos amable, pierde el tiempo en descalificaciones personales sin relación alguna con la gestión pública. Ese ruido no aporta nada al fondo.
Su paso por un plató de televisión dio munición a los críticos. Se le reprocha no responder a las preguntas planteadas y repetir un único mensaje: que con la papeleta del BNG hay cambio y primera presidenta. La pregunta sobre Sumar, dicen, quedó sin contestar. También se le señala la escena de un acto en Marín, donde la mano tendida al candidato popular se estiró por compromiso y se devolvió con menos ganas todavía.
El currículum comparado: Feijóo, Rueda y Abascal
La comparación con otras figuras es la parte más incómoda del ejercicio. De Feijóo se recuerda que lleva mucho tiempo ocupando cargos de gestión con responsabilidad; de Alfonso Rueda, que media España no sabría describirlo, como si fuera un ente. Y de Abascal, joven concejal, se destaca haber aguantado el tipo rodeado de una concentración hostil.
El desglose completo de trayectorias, cargo a cargo, deja una balanza que cada lector pesa a su manera. Lo que sí admite poca discusión es que la carrera de Políticas se ha convertido en munición de campaña: para unos resta y para otros ni suma ni resta.
¿Qué hizo el BNG en cuatro años de coalición con el PSOE?
Cuatro años compartiendo gobierno en la Xunta dan para inventario. La respuesta dominante entre los críticos es que se repartieron sillones y poco más, con el consabido «facha, Franco, narco» como reclamo recurrente. Entre las ocurrencias que se les atribuyen con sorna está la recuperación institucional de un Papá Noel gallego, O Apalpador, que se colaría por las noches en las casas para tocar la barriga a los niños. Es una caricatura, no un balance, pero resume el tono con que se juzga aquella etapa.
El PSOE y la aritmética: sin socio no hay presidencia
Lo que sí parece fuera de discusión es la dependencia. Sin el PSOE, la candidata del BNG no tendría ninguna posibilidad de gobernar Galicia, y el problema, según se advierte, es que los socialistas ya no se esconden antes de las
elecciones: airean públicamente que intentarán hacerla presidenta. Para unos es lógica de bloques; para otros, un problema añadido para la comunidad y para el conjunto del país.
Campaña, sobreexposición y el factor Galicia
La saturación mediática es otro frente abierto. Se denuncia una campaña publicitaria permanente, imposible de esquivar en el móvil, con una presencia en telediarios que el resto de candidatos no tiene. Y aparece el argumento de fondo: la supuesta condición periférica de Galicia, tantas veces tratada con desdén. La respuesta gallega es contundente: es difícil encontrar una familia sin parientes que hayan trabajado en Francia, Alemania o Suiza, o sin hijos en Madrid y Barcelona.
Con estos mimbres, el cartel de mediocre puede resistir una noche electoral o deshacerse en una sola. Queda la pregunta incómoda: ¿cuántos votos vale realmente una etiqueta?