Degollada con un cúter; el presunto agresor confesó en un bar
Lo que convierte este suceso en algo fuera de lo común no es solo el ataque, sino lo que vino después. El hombre abandonó el inmueble ensangrentado y, sin más, se fue a un bar cercano, donde
confesó lo ocurrido ante los presentes. No hubo huida, ni coartada, ni intento de borrar rastro. Sobre su estado, las fuentes manejadas apuntan a
intenciones suicidas y a una posible enajenación mental.
Qué se sabe del ataque y cómo se desarrolló
Según el relato difundido, el presunto agresor entró en un inmueble donde se encontraban dos mujeres e intentó acabar con la vida de ambas. Una logró escapar del lugar. La otra fue
degollada con un cúter, tras haber sido atacada previamente. El ahora detenido llevaba encima anotaciones con pasajes bíblicos, un detalle que la investigación trata como posible indicio del móvil y del estado mental.
El debate sobre la reinserción que reaparece siempre
Cada suceso así reabre la misma discusión. El
artículo 25.2 de la Constitución establece que las penas privativas de libertad estarán orientadas a la reeducación y la reinserción social, y que el condenado tendrá derecho a un trabajo remunerado y a las prestaciones correspondientes de la Seguridad Social. Hay quien lee esa redacción como un mandato irrenunciable del ordenamiento; otros, como un incentivo mal diseñado que reaparece cada vez que el caso es lo bastante grave.
La salud mental es el hilo suelto que nadie termina de atar. Un posible brote psiquiátrico complica la valoración penal, porque obliga a distinguir entre el acto y la imputabilidad de quien lo comete.
¿Puede un sistema penitenciario cumplir a la vez con la reinserción que le exige la Constitución y con la protección de la sociedad que la sufre?