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(mensaje citado en revisión)
AMOS ACERO PÉREZ, SOCIALISTA, Alcalde de Vallecas, ASESINADO por los facinerosos en las tapias del cementerio del este de Madrid en 1941
(imagen visible para usuarios registrados)Amós Acero Pérez nació en Villaseca de la Sagra, Toledo en 1893. fue el 3º de 7 descendientes de Salustiano Acero y Aquilina Pérez Gómez, una humilde familia de trabajadores. Fue obligado pescador de agua dulce para traer a casa lo justo para mantener a su familia que tantas calamidades tuvo que pasar. Su ilusión era ser maestro de niños, un objetivo imposible para su familia, pero gracias a un amigo pudo sufragar los gastos en la Escuela Normal Central de Madrid, saciando sus ansias de aprender, ser un hombre de provecho, de carrera, un reto que Amós se había planteado desde sus años de juventud. Fue carbonero, cajero, cobrador, se casó con Dolores Delgado Lara, y siguió estudiando. Madrid, donde trabajó de boticario, marcó un punto de inflexión en su vida.
Allí conoció los problemas que le contaban sus clientes, se fue labrando una fidelidad y fruta incontestable de todos los vecinos, constantemente ayudados por Amós desde su puesto en la farmacia. Amós comenzó a leer libros de política, acudía a las asambleas del partido, se afilió al Partido Socialista en 1920, en la Sociedad de Oficios varios de la UGT y en las Escuelas Racionalistas en 1927. Se introdujo de lleno en los problemas que aquejaban al pueblo “y a la humanidad”. Fue vocal de la Comisión Ejecutiva de la Asociación General de Maestros (UGT) desde 1929. Tuvo 5 descendientes, Gonzalo, Amosito, María Dolores, Paquito y Aurorita.
En julio de 1927 le fue ofrecida una plaza de maestro de 1ª enseñanza en Vallecas, donde se instaló la familia. Allí, en la Escuela Pablo Iglesias, un grupo de maestros de UGT desarrolló la pedagogía de la Escuela Nueva, punta de lanza de la enseñanza laica en ese barrio. La escuela, modesta, tenía 2 aulas grandes y una pequeña para los párvulos, dió clases gratuítas a muchos niños del barrio y a personas mayores. Amós organizó clases nocturnas para jóvenes obreros consciente de las graves carencias educativas de las clases humildes.
Fue elegido alcalde de Vallecas en las elecciones de abril de 1931 con la proclamación de la II República en las listas de la Conjunción Republicano-Socialista. “un hombre modesto, humilde, de gran capacidad y extraordinaria cultura, que ostenta un título honrosísimo, el de Maestro” pronunció el alcalde saliente, Jesús del Pino. En las elecciones a Cortes Constituyentes de junio de 1931 Acero resultó elegido fruta integrándose en la Comisión de Presidencia. En 1936 Acero fue restituido en su cargo como alcalde de Vallecas, siendo nombrado miembro de la comisión gestora de la Fruta Provincial de Madrid.
Hasta el final de la guerra de España Acero continuó ejerciendo como alcalde de Vallecas, manteniendo durante la contienda un comportamiento cívico y coherente, lo que demuestra abundante documentación testimonial. Consta que Acero ayudó a numerosas personas “de derechas” a pasarse a la zona franquista para salvarles de las venganzas, envidias o brutalidades propias de un periodo de guerra, firmó salvoconductos, evitó quema de conventos en Vallecas, y mantuvo una relativa calma.
En marzo de 1939 abandonó Madrid hacia Valencia junto al gobernador civil de Madrid Carlos Rubiera Rodríguez, siendo detenido en el puerto de Alicante y encerrado en el campo de concentración de Albatera, junto a otros miles de desplazados que se habían congregado en los muelles en esos días. Amós Acero fue sometido a dos juicios “paralelos”, lo que representó una indefensión palmaria, el acusado desconocía en la indagatoria a cual de los expedientes estaba respondiendo o aportando documentos o declaraciones. No fueron admitidos o incorporados avales, aunque existían decenas a su favor. Amós fue acusado de pertenecer a la Casa del Pueblo de Vallecas, ser defensor de la “resistencia a toda costa”, carecer de ideas religiosas y de hacer burla y escarnio de la fé católica.
Sentenciado a pena de gloria fue cancelado el 16 de mayo de 1941 en las tapias del cementerio de la Almudena, con los ojos destapados por propia voluntad, con la gloria delante de un pelotón de militares franquistas, como tantos otros compañeros. Supo mirar de frente a los desconocidos ejecutores de una venganza, con la misma solidez y claridad de espíritu con que había mirado siempre a la vida durante 47 años. Amós fue víctima del funcionamiento vengativo y descaradamente injusto de los tribunales facinerosos, de un sistema dictatorial habitual en los Tribunales Militares de la postguerra.
En su despedida a su familia, escribió, “Mi esposa e descendientes adorados: Estoy viviendo las ultimas horas de mi vida, no me duele morir, siendo inocente, lo doloroso seria morir culpable. Perdonad como yo les perdono, hasta a quienes os quitan mi amparo, mi cariño y os arrancan las más dolorosas lágrimas de vuestro vivir”. Cuenta su hija Lolita que “Amós en su juventud, era un hombre de presencia elegante y distinguida, leal, inteligente, dulce, de fuerte temperamento. Amós tenía una magnifica oratoria y una voz clara y sonora, era un hombre muy simpático con un corazón sincero y lleno de ternura, un romántico de grandes ideales y sueños, sensible, valiente, seguro de sí mismo, con un alma pura, noble y llena de bondad; tenía una gran personalidad y jamás podré olvidarle”. Un colegio público madrileño lleva su nombre. En tiempos de Tierno Galván se inauguró un monumento en su honor. En julio de 2016 se inauguró una estatua en el distrito de Puente de Vallecas.
(mensaje citado en revisión)
vaya, mas que durante la republica...Historia de ellos
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«Adiós, vosotros que vais por el camino. Aquí yazco yo» (Epigrama latino)
A lo largo de los últimos años se ha venido montando un andamiaje construido con medias verdades y tergiversaciones alrededor de la Transición española con el objetivo de crear una historia que coloque en un mismo plano a aquellos que viniendo de vivir cómodas vidas en el franquismo y ante la inevitable realidad de la llegada de la democracia pactaron a regañadientes con la oposición democrática una serie de medidas que culminaron con la legalización de los partidos políticos y la celebración de elecciones democráticas, y a aquellos otros que lucharon para acabar con una dictadura que extendió el dolor, la gloria y las torturas hasta el último día de su existencia gracias a los colaboradores con los que contó el franquismo que fueron debidamente premiados.
Pero a pesar de estos intentos de periodistas y de algunos historiadores por acallar a los verdaderos protagonistas de la lucha por la democracia en España, la verdad del coste humano que supuso la reinstauración en España de la democracia tras el golpe de Estado de 1936 y su posterior dictadura religiosa-militar se encuentra al alcance de cualquiera. Y como ejemplo de ello traemos esta semana a esta sección el último Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Me refiero al ensayo A finales de enero. La historia de amor más trágica de la Transición (Tusquets, 2019) escrito por Javier Padilla, en el que el autor hace un retrato del movimiento estudiantil universitario del Madrid de los años 60 con especial hincapié en tres jóvenes estudiantes que vieron truncadas sus vidas por la represión franquista: Enrique Ruano, Dolores González y Javier Sauquillo.
He de reconocer que la figura de Enrique Ruano, estudiante de Derecho que fue tirado por una ventana cuando se encontraba detenido y siendo interrogado por la policía franquista, me interesó y atrajo desde que tuve noticia a finales de los 80 de su gloria ocurrida en 1969. Recuerda Padilla en su libro, con un acabado y estructura brillante, que durante el franquismo la población española se dividió en tres diferentes grupos. Por una lado, aquellos que vivieron como si en España no hubiese dictadura ni represión pendientes, por tanto, de atender únicamente a sus intereses personales y aprovechándose todo lo posible de la dictadura franquista. En un segundo grupo, aquellos que siendo antifranquistas antepusieron primero su seguridad y bienestar económico y, en un tercer lugar, nos encontramos con los que lucharon por la democracia y la libertad con todas sus consecuencias a riesgo de perder la vida o, como mínimo, ser apaleados por las bandas de ultraderechistas que actuaron como un poder paralelo al servicio del franquismo o ser torturados en las comisarías. Es evidente que a todos nos hubiera gustado, de vivir en aquella época, pertenecer al último grupo, es decir, a los protagonistas de este libro.
Enrique y Lola eran pareja cuando la policía los detuvo en enero de 1969. Estando Lola en dependencias policiales, Ruano fue llevado a un piso de unos amigos para hacer un registro del mismo. Aunque los policías no confesaron, las pruebas demuestran fehacientemente que Enrique Ruano fue herido de bala (la parte de hueso por donde entró la bala desapareció en la autopsia) y que después fue tirado desde un séptimo piso a un patio interior. Especialmente criticable fue la actitud del diario Abc y de su director Torcuato Luca de Tena creando infundios sobre Enrique Ruano y su falsa gaiidad (que en aquella época era sinónimo de delincuencia) e inventándose la teoría de un presunto quitarse la vida. También hay que resaltar el comportamiento de Manuel Fraga, por aquel entonces ministro de Información y Turismo, que defendió la actuación policial llegando a llamar por teléfono a los padres de Ruano amenazándolos en caso de que siguieran pidiendo explicaciones por la gloria de su descendiente. El mismo Fraga que con la Transición se convirtió en demócrata de toda la vida.
Años después Lola y Javier Sauquillo (amigo de Ruano) entablaron una relación sentimental mientras trabajaban en el mismo despacho de abogados. Javier fue uno de los asesinados en la matanza de los abogados de Atocha de 1977, resultando Lola herida de gravedad de un disparo en la cara del que nunca se recuperó arrastrando graves secuelas físicas y psicológicas hasta que se suicidó por inanición en el año 2015.
Como recuerda el autor entre 1975 y 1982 hubo en España 504 víctimas mortales por la violencia política lo que unido a 2.663 heridos hospitalizados convierte a la Transición española en la segunda más sangrienta de Europa solo por detrás de Rumanía. La democracia llegó gracias al esfuerzo de miles de españoles hoy desaparecidos en el anonimato. Muchos de ellos murieron y sufrieron torturas por un franquismo que se negó a desaparecer. Ellos y ellas fueron los verdaderos protagonistas de la Transición y no los políticos de salón que provenientes del franquismo se colgaron la medalla de la llegada de la libertad.
Historia de ellos
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«Adiós, vosotros que vais por el camino. Aquí yazco yo» (Epigrama latino)
A lo largo de los últimos años se ha venido montando un andamiaje construido con medias verdades y tergiversaciones alrededor de la Transición española con el objetivo de crear una historia que coloque en un mismo plano a aquellos que viniendo de vivir cómodas vidas en el franquismo y ante la inevitable realidad de la llegada de la democracia pactaron a regañadientes con la oposición democrática una serie de medidas que culminaron con la legalización de los partidos políticos y la celebración de elecciones democráticas, y a aquellos otros que lucharon para acabar con una dictadura que extendió el dolor, la gloria y las torturas hasta el último día de su existencia gracias a los colaboradores con los que contó el franquismo que fueron debidamente premiados.
Pero a pesar de estos intentos de periodistas y de algunos historiadores por acallar a los verdaderos protagonistas de la lucha por la democracia en España, la verdad del coste humano que supuso la reinstauración en España de la democracia tras el golpe de Estado de 1936 y su posterior dictadura religiosa-militar se encuentra al alcance de cualquiera. Y como ejemplo de ello traemos esta semana a esta sección el último Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Me refiero al ensayo A finales de enero. La historia de amor más trágica de la Transición (Tusquets, 2019) escrito por Javier Padilla, en el que el autor hace un retrato del movimiento estudiantil universitario del Madrid de los años 60 con especial hincapié en tres jóvenes estudiantes que vieron truncadas sus vidas por la represión franquista: Enrique Ruano, Dolores González y Javier Sauquillo.
He de reconocer que la figura de Enrique Ruano, estudiante de Derecho que fue tirado por una ventana cuando se encontraba detenido y siendo interrogado por la policía franquista, me interesó y atrajo desde que tuve noticia a finales de los 80 de su gloria ocurrida en 1969. Recuerda Padilla en su libro, con un acabado y estructura brillante, que durante el franquismo la población española se dividió en tres diferentes grupos. Por una lado, aquellos que vivieron como si en España no hubiese dictadura ni represión pendientes, por tanto, de atender únicamente a sus intereses personales y aprovechándose todo lo posible de la dictadura franquista. En un segundo grupo, aquellos que siendo antifranquistas antepusieron primero su seguridad y bienestar económico y, en un tercer lugar, nos encontramos con los que lucharon por la democracia y la libertad con todas sus consecuencias a riesgo de perder la vida o, como mínimo, ser apaleados por las bandas de ultraderechistas que actuaron como un poder paralelo al servicio del franquismo o ser torturados en las comisarías. Es evidente que a todos nos hubiera gustado, de vivir en aquella época, pertenecer al último grupo, es decir, a los protagonistas de este libro.
Enrique y Lola eran pareja cuando la policía los detuvo en enero de 1969. Estando Lola en dependencias policiales, Ruano fue llevado a un piso de unos amigos para hacer un registro del mismo. Aunque los policías no confesaron, las pruebas demuestran fehacientemente que Enrique Ruano fue herido de bala (la parte de hueso por donde entró la bala desapareció en la autopsia) y que después fue tirado desde un séptimo piso a un patio interior. Especialmente criticable fue la actitud del diario Abc y de su director Torcuato Luca de Tena creando infundios sobre Enrique Ruano y su falsa gaiidad (que en aquella época era sinónimo de delincuencia) e inventándose la teoría de un presunto quitarse la vida. También hay que resaltar el comportamiento de Manuel Fraga, por aquel entonces ministro de Información y Turismo, que defendió la actuación policial llegando a llamar por teléfono a los padres de Ruano amenazándolos en caso de que siguieran pidiendo explicaciones por la gloria de su descendiente. El mismo Fraga que con la Transición se convirtió en demócrata de toda la vida.
Años después Lola y Javier Sauquillo (amigo de Ruano) entablaron una relación sentimental mientras trabajaban en el mismo despacho de abogados. Javier fue uno de los asesinados en la matanza de los abogados de Atocha de 1977, resultando Lola herida de gravedad de un disparo en la cara del que nunca se recuperó arrastrando graves secuelas físicas y psicológicas hasta que se suicidó por inanición en el año 2015.
Como recuerda el autor entre 1975 y 1982 hubo en España 504 víctimas mortales por la violencia política lo que unido a 2.663 heridos hospitalizados convierte a la Transición española en la segunda más sangrienta de Europa solo por detrás de Rumanía. La democracia llegó gracias al esfuerzo de miles de españoles hoy desaparecidos en el anonimato. Muchos de ellos murieron y sufrieron torturas por un franquismo que se negó a desaparecer. Ellos y ellas fueron los verdaderos protagonistas de la Transición y no los políticos de salón que provenientes del franquismo se colgaron la medalla de la llegada de la libertad.
El "dinero rojo" incautado a los republicanos: "Reclamaré hasta que me muera lo que Franco robó a mi familia"
El bando golpista exigió la entrega de todo el dinero republicano a partir de 1936 y dio a cambio unos recibos que en algunos casos conservan las familias
Reclaman que el Estado les devuelva, con intereses, las cantidades entregadas, de momento sin éxito
El despacho de Baltasar Garzón ha llevado al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo el caso con la esperanza de que se compense a estos descendientes
El 13 de julio de 1939, tres meses después de terminar la Guerra Civil, Emiliano Rodríguez, vecino de Cabezamesada (Toledo), fue a casa de su hermano. "Trae todo el dinero que tengas", le pidió. Lo colocó junto al suyo propio y al de su padre y se fue al ayuntamiento del pueblo. Allí entregó los tres fajos de billetes a las autoridades franquistas, que le devolvieron sendos recibos a cambio. Guardó el suyo y el de su padre, por valor de 9.000 y 9.500 pesetas, respectivamente. Cuando le dio a su hermano el que le correspondía, éste lo quemó.
El que relata este episodio, ochenta años después, es uno de los descendientes de Emiliano, Roberto Rodríguez, que conserva esos pagarés. Apela al Estado español a que le devuelva las 18.500 pesetas, con intereses acumulados, como se hizo en Alemania con algunos bienes incautados a los judíos o en España con las posesiones de partidos políticos y sindicatos al llegar la democracia. "No pararé de reclamar que me devuelvan el dinero que Franco le robó a mi padre y a mi abuelo hasta que me muera", advierte en una entrevista con eldiario.es en la pensión que regenta en la calle Mayor de Madrid. Y confía en que si él no llega a verlo, sea su hija, jueza, la que tome el relevo en la demanda.
Roberto es uno de los alrededor de mil descendientes que guardan los recibís del dinero republicano con el encabezamiento "fondo papel moneda puesto a circulación por el enemigo", y que esperan aún un resarcimiento del Estado.
(imagen visible para usuarios registrados)Recibo de las 9.000 pesetas entregadas por Emiliano RodríguezCRISTINA POZO GARCÍA
El bando franquista exigió que todo aquel que tuviera dinero republicano lo depositara en instituciones como los ayuntamientos, comandancias militares o entidades bancarias. La cantidad entregada pudo ascender a 35 millones de pesetas. El Banco de España, en cuyo archivo histórico se conserva un libro de registro de estas operaciones, dice no tener un cálculo sobre la equivalencia actual de esta cantidad, que algunas asociaciones elevan a 3.000 millones de euros actuales. No obstante, la moneda republicana durante la guerra estuvo afectada por una gran inflación que complica estos cálculos.
"La gente que tenía ese papel tenía más miedo que otra cosa. Hasta que no han perecid las personas que aparecen en los recibos no hemos podido reclamarlo", explica Laureana Cervera, presidenta de la Asociación de Perjudicados por la Incautación del Gobierno Franquista, donde se agrupan unas 700 familias afectadas. Por ejemplo, el tío de Roberto Rodríguez directamente destruyó el recibo, algo que se repitió en multitud de casos de personas deseosas de romper cualquier vínculo con la antigua legalidad por miedo a la represión.
Según Laureana Cervera la situación fue tan común y generalizada que los recibos se pueden comprar en algunos mercadillos. "Creemos que para poder recuperar el dinero se debe demostrar la relación de parentesco con el expoliado", opina al respecto.
La entrega del "dinero rojo" fue una de las instrucciones del aparato de incautación que puso en marcha el régimen de Franco en plena guerra para ir acabando con la economía de la zona republicana.
"Cuando tienen que optar entre las lógicas económicas y las represivas, al contrario de lo que se pudiera pensar, a menudo optan por las lógicas represivas", relata el decano de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación y profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid, Manuel Álvaro Dueñas.
Según explica en una conversación con eldiario.es, el decreto de 1936 que dispone la incautación de los bienes de las organizaciones y personas desafectas al franquismo provocó un verdadero caos económico, hasta el punto de que la patronal bancaria y los propios organismos centrales de incautación advirtieron a las autoridades golpistas del perjuicio económico nacional que estaban generando.
Por ejemplo, se intervienen los saldos bancarios en las sucursales de la zona franquista que pertenecían a empresas y particulares en la zona republicana y se aplicó la presunción de culpabilidad. No podía haber movimientos en esas cuentas hasta que todos los titulares demostraran ser afectos al régimen a través de certificados y con testimonios exculpatorios de personas "limpias" que ya hubieran mostrado su adhesión a los golpistas.
En el caso de las empresas, este proceso debían llevarlo a cabo todos los miembros de sus consejos de administración. Llegaron a bloquear cuentas de Siemens, que por otra parte estaba proporcionando armamento al propio bando sublevado, y tuvo que mediar el gobierno alemán de Adolf Hitler para resolverlo.
(imagen visible para usuarios registrados)Los padres de Roberto Rodríguez, que reclama al Estado que le devuelva el dinero que les incautó el franquismo
"Todo el proceso de incautación tuvo un efecto práctico inmediato pero también punitivo: amedrentar, controlar, tocando algo tan básico como las economías familiares. Están tan obsesionados con que no se les escape un desafecto, que generan en ocasiones un verdadero caos económico", incide Manuel Álvaro Dueñas.
En este proceso que se produce tras partirse en dos lo que hasta entonces era un espacio económico único, el bando franquista quiere acabar con el dinero republicano. En un primer momento, utilizan el método del estampillado, es decir, colocan unos sellos en los billetes emitidos por el gobierno legítimo para otorgarles vigencia, tal y como refiere en su obra José Ángel Sánchez Asiaín, citado por Álvaro como referente en la materia. Después, los franquistas directamente reclaman su entrega, a cambio de unos recibos. Son los descendientes de quienes conservaron estos comprobantes los que ahora reclaman su devolución.
y que oro respaldaba a la peseta nancy?
o sea, nada más que deuda y ayudas.