El PIB ya no convence a nadie: la crítica que viene de EE UU
El producto interior bruto no mide el bienestar de un país. La afirmación, que una publicación estadounidense de línea progresista ha vuelto a poner sobre la mesa, tiene más recorrido de lo que parece: no se trata de una denuncia contra la manipulación estadística, sino contra el propio indicador, por diseño.
La objeción de fondo es que el PIB, una macromagnitud de estirpe keynesiana, se concentra en el consumo y deja fuera las etapas de producción de capital, con la excusa de evitar la doble contabilidad. Quienes manejan el triángulo hayekiano aseguran que eso convierte el dato en una unidad engañosa.
El ejemplo más gráfico es el de las hamburguesas. Una economía en la que la hamburguesa cuesta 50 euros y el chicle 2 registra un PIB de 52. Otra, con precios de 4 y 0,10, suma 4,10. La primera aparece como más productiva, pero a precios reales genera poco; la segunda, con precios ajustados, produce más valor. La paridad de poder adquisitivo existe para corregir esa distorsión, y su referencia más conocida es el índice Big Mac.
Hay quien va más allá y sostiene que el indicador vale, pero que los gobiernos lo han manipulado durante veinte años, igual que el IPC o las cifras de paro. Los más escépticos predicen que el PIB acabará sustituido por un indicador “más justo, ecológico y diverso”, sin especificar cómo se medirá. La ironía es que la crítica al PIB nace aquí de la izquierda cultural americana, así que los liberales clásicos observan la escena sin saber si aplaudir o callar.
Lo que nadie resuelve es qué debe medir exactamente una economía sana. El PIB seguirá usándose por inercia mientras no exista una alternativa creíble. Y no se ve ninguna en el horizonte.