Pekín apunta al Mossad detrás de la avalancha de Ceuta
El gobierno chino no ha hecho una acusación formal, pero sus círculos de inteligencia ya tienen una lectura: la crisis migratoria de Ceuta de finales de julio de 2026 no fue un accidente. Es, según fuentes de Pekín, una operación de desestabilización impulsada por Marruecos e Israel, con el Mossad como presunto ejecutor. La represalia tendría un móvil claro: la postura crítica de Pedro Sánchez con la ofensiva en Gaza y el reconocimiento de Palestina.
La teoría circula en centros de análisis próximos a los servicios de inteligencia chinos y ha llegado a la prensa. Presenta la avalancha como una táctica de guerra híbrida contra España, no como un problema humanitario ni de seguridad. Y coloca a Ceuta en el centro de una partida geopolítica mucho más amplia.
La tesis china: Marruecos e Israel contra España
Según este análisis, la llegada masiva de migrantes a la ciudad autónoma encajaría en una operación de inteligencia destinada a castigar a Sánchez. La combinación de intereses entre Rabat y Tel Aviv sería la clave: Marruecos controla las rutas migratorias y mantiene desde hace años una alianza militar y de seguridad con Israel. Pekín interpreta esa alianza como un instrumento de presión sobre España, que depende de Marruecos para contener la frontera sur.
No hay pruebas públicas que sustenten la hipótesis. Pero el simple hecho de que una potencia como China la ponga sobre la mesa obliga a tomarse en serio la dimensión híbrida de la crisis. En los despachos chinos, la migración se lee como una herramienta más de la competencia por las rutas comerciales y energéticas, con Marruecos ejercitando de socio y occidente mirando hacia otro lado.
En España, el foco apunta a Moncloa
Mientras Pekín señala hacia fuera, el debate interno en España ha tomado una dirección distinta. La corriente que más fuerza ha cobrado no busca culpables en el Mossad, sino en la propia gestión de la frontera. Se argumenta que se retiraron efectivos, se dejaron sin barreras los accesos y se hicieron caso omiso de los avisos previos, incluidos los de la propia presidencia de Ceuta.
La metáfora que mejor resume esta postura es la del coche: si controlas el volante, la cerradura y el freno, y aun así acabas estrellado contra un árbol, la responsabilidad no es del árbol. Aplicado a la crisis, la conclusión es que ni Marruecos ni Israel explican por sí solos lo que ocurrió sin la complicidad de una frontera desguarnecida.
Conspiración o chivo expiatorio
La atribución a Israel ha reabierto sospechas de un patrón clásico. Hay análisis que recuerdan que culpar a los servicios israelíes es un reflejo que atraviesa siglos de historia, y que la falta de pruebas convierte la acusación en una hipótesis de partida, no en una conclusión. Frente a esa lectura, otros señalan que el poder de influencia israelí es real, y que su red de intereses en occidente va mucho más allá del conflicto de Gaza.
Lo que nadie discute es el efecto: la crisis de Ceuta ha quedado atrapada entre dos relatos. Uno exterior, que ve una operación orquestada de inteligencia. Otro interno, que ve el fracaso de un Estado que abandonó su frontera sur.
Una crisis sin autor confirmado
A fecha de esta discusión, la autoría de la avalancha sigue sin prueba. La versión china añade un capítulo más a una historia que ya tenía suficientes lecturas enfrentadas. Si alguien esperaba que este episodio cerrara el debate sobre Ceuta, se va a quedar con las ganas. La ciudad vuelve a ser la pieza más visible de un tablero en el que cada actor elige su propio relato.
La única certeza, por ahora, es que Ceuta ha dejado de ser un problema fronterizo para convertirse en un problema diplomático. Y en esa categoría, las acusaciones sin evidencia suelen durar más que las propias crisis.