Hay quien pregunta dónde hay que firmar. La propuesta de reducir la población mundial a la mitad para salvar el planeta, difundida estos días a través de la prensa paraguaya, ha encontrado una mezcla inquietante de entusiasmo irónico y silencio administrativo. De momento, nadie explica qué mitad sería la agraciada.
La idea no es nueva. En 1988 ya circulaba un diagnóstico que consideraba insostenible una Tierra con cinco mil millones de personas. Aquella advertencia, rescatada ahora como documento de cargo, sigue sin respuesta: la población mundial no ha dejado de crecer y la disputa sobre el límite real del planeta enfrenta a dos bandos.
El reparto, no el censo
Una corriente sostiene que el problema no es el número de personas sino la distribución de la riqueza. Si el 1% de la población acapara el 99% de los recursos, el fallo está en el reparto, no en el censo. Los recursos, se argumenta, alcanzan para alimentar al doble o al triple de los habitantes actuales; lo que falta es voluntad de compartirlos.
En la vereda contraria, los partidarios de la reducción drástica consideran que cualquier recorte se queda corto. Algunos proponen bajar el objetivo a una décima parte de la especie, con el argumento de dejar margen de maniobra. El cinismo del planteamiento no oculta su lógica interna: si el planeta no da abasto, menos gente significa más recursos per cápita.
La pregunta que nadie responde
Entre la ironía y el sarcasmo, queda flotando la pregunta incómoda: ¿qué mitad de la población se va y qué mitad se queda? No hay criterio técnico en la propuesta original, solo el silencio. Y ese silencio es todo un programa político.
Conviene guardar la cita de 1988. Si aquel diagnóstico era correcto con cinco mil millones, la humanidad ha pasado décadas jugando a la ruleta rusa con números cada vez más altos. El dato que descoloca no es que alguien proponga ahora reducir la población a la mitad; es que llevamos tiempo sabiendo que algo no cuadra y seguimos sin decidir cómo repartir lo que hay.