117 militares por unos jabalíes: el despliegue que indigna
El brote de peste porcina africana detectado en la montaña barcelonesa de Collserola ha activado un dispositivo con
117 efectivos y 25 vehículos de la UME, además de mossos y policías locales. La operación, que busca cercar el foco y evitar su expansión, ha reabierto una herida que llevaba meses supurando: la comparación con la respuesta institucional a la catástrofe de Valencia. La pregunta que recorre el país no es zoológica, sino política: ¿por qué unos animales salvajes movilizan al Ejército con esta celeridad mientras otras emergencias esperaron días?
La Generalitat apunta a un
bocadillo de embutido contaminado como origen del brote, una hipótesis que ha sido recibida con escepticismo en amplios sectores. El relato oficial sostiene que el virus pudo llegar a través de restos de comida infectada. Para algunos participantes en el debate, esa explicación deja demasiados cabos sueltos y alimenta la sensación de que se está improvisando sobre la marcha.
Qué se sabe del brote de peste porcina en Collserola
El foco se localizó en la sierra de Collserola, pulmón verde de Barcelona y zona de alta densidad de jabalíes. Hasta el momento se han encontrado
nueve ejemplares infectados, una cifra que, según un cálculo que circula en el debate, implicaría que hay decenas más portando el virus sin que hayan sido detectados. La peste porcina africana no afecta a los humanos, pero es letal para el ganado porcino y puede devastar las exportaciones cárnicas.
España es la
primera potencia porcina de Europa y la tercera del mundo. El sector mueve miles de millones de euros y da empleo directo e indirecto a cientos de miles de personas. Por eso, cualquier brote se trata como una amenaza de seguridad nacional económica. La paradoja es que, mientras se despliega un operativo militar para contener el virus, hay quien denuncia en el debate que se ha llegado tarde y que las medidas llegan cuando el problema ya está extendido.
El despliegue militar: ¿eficacia o escaparate?
La presencia de la UME en Collserola ha generado un intenso debate sobre la proporcionalidad y la oportunidad de la medida. Hay quien sostiene que se trata de una operación necesaria para evitar un daño económico irreversible. En contra pesa el argumento, expresado por algunos participantes, de que
cazar jabalíes es una tarea que los cazadores locales podrían realizar con más conocimiento del terreno y a menor coste.
El despliegue incluye fumigación del monte y protocolos de desinfección del personal. Algunos mensajes del debate señalan que estas imágenes buscan proyectar una imagen de control que no se corresponde con la realidad sobre el terreno. La pregunta que flota es incómoda: ¿se está gestionando la crisis o se está gestionando la percepción de la crisis?
La comparación con Valencia: el elefante en la habitación
La sombra de la catástrofe de Valencia planea sobre cada comentario. Allí, según un mensaje del debate, la UME tardó
cuatro días en desplegarse mientras el agua se llevaba vidas y hogares. Aquí, en cuestión de horas, había 117 efectivos y 25 vehículos en el monte. La comparación es inevitable y políticamente explosiva.
El argumento oficial es que en Valencia la competencia era autonómica y la solicitud debía cursarse por cauces específicos. En Cataluña, la Generalitat solicitó formalmente el apoyo del Ejército. Para algunos participantes, esa explicación no resiste el escrutinio: si el mecanismo funciona, ¿por qué no se activó antes en Valencia? La respuesta, según algunas voces del debate, es que
la política pesa más que la urgencia.
El impacto económico: exportaciones en juego
El brote pone en riesgo las exportaciones porcinas, especialmente hacia China, principal comprador del porcino español. Una sola noticia de peste porcina puede cerrar fronteras comerciales y provocar pérdidas millonarias. El sector exportador observa con nerviosismo cómo se gestiona la crisis, consciente de que la reputación sanitaria del país está en juego.
Hay quien sostiene en el debate que
el verdadero motivo del despliegue no es sanitario, sino comercial: demostrar a los mercados internacionales que se actúa con contundencia. Otros creen que se ha reaccionado tarde y que el daño reputacional ya está hecho. Lo que nadie discute es que el coste de no hacer nada sería mucho mayor que el del operativo.
Las teorías de la conspiración y el descrédito institucional
El brote ha alimentado todo tipo de teorías. Desde quienes ven una conexión con acuerdos comerciales recientes hasta quienes sospechan que el origen del virus es otro y que el relato del bocadillo es una cortina de humo. Estas hipótesis no están respaldadas por pruebas y las autoridades sanitarias mantienen la versión oficial.
Lo significativo no es tanto la veracidad de estas teorías como su capacidad de arraigar. Cuando la gestión de crisis anteriores ha dejado un poso de desconfianza, cualquier explicación oficial es recibida con recelo. El descrédito institucional es el caldo de cultivo perfecto para que prospere cualquier relato alternativo, por disparatado que parezca.
Al final, el brote de Collserola ha dejado al descubierto una grieta más profunda que la sanitaria. Un país que se pregunta por qué sus instituciones reaccionan con velocidad ante unos jabalíes y con lentitud ante una inundación. La respuesta no está en los manuales de veterinaria.