La reconversión silenciosa del tejido productivo gallego
Galicia ha pasado de presumir de su tejido de pequeñas y medianas empresas a ver cómo ese mismo tejido se vende pieza a pieza. En menos de un año, los nombres de siempre —constructoras, conserveras, fabricantes de componentes— han caído en manos de fondos, multinacionales y capital extranjero. ¿Oportunidad o pérdida de soberanía industrial? La respuesta, de momento, es ambigua. Pero los datos están encima de la mesa.
La fiebre compradora no da tregua
El año 2025 cerró con una de las operaciones más significativas: CIE Automotive, el grupo vasco propietario de Galfor en San Cibrao das Viñas, compró Aludec, empresa pontevedresa del sector automoción que iba a cerrar el ejercicio con unos 160 millones de facturación. La operación, comunicada a la CNMV el 17 de diciembre, no fue un caso aislado. A esa misma fecha, la OPA de Greening sobre Eidf —con 138 millones de facturación en 2024 y un accionariado atomizado— ya estaba en marcha. En paralelo, el fondo de capital riesgo que compró Mape, la empresa de equipamiento médico de la familia Cachafeiro, añadió otro nombre a la lista.
La lista es larga: Altia, la tecnológica de Constantino Fernández, ha comprado Ednon, que factura alrededor de diez millones; Monbus, el gigante del autobús, se ha hecho con Autobuses Ojea, empresa familiar de líneas en el sur de Pontevedra, sumando una nueva adquisición a la compra de Seoane el año anterior. Y en el capítulo de ventas al exterior, Avícola Tratante, la empresa de Dozón fundada por un cura y heredada por su ahijado, ha tardado dos meses desde el fallecimiento del fundador en ser vendida a un grupo brasileño.
La automoción, el sector más expuesto
La industria auxiliar, tradicionalmente el músculo de Vigo, es la que más está sufriendo. Stellantis Vigo ha pedido ampliar el ERTE en 50 días, con opción a otros 25, hasta diciembre de 2026. No es un movimiento único: en Zaragoza la misma empresa hace lo propio. GKN, ahora Dauch Vigo, presentó un ERE para un máximo de 75 personas después de que la dirección intentara ampliar los días de regulación —que suponen perder un 70% del salario del día— de dos a cuatro mensuales. Los sindicatos se negaron, pero llevan dos años sin convenio. Y en el entorno, Gestamp anunció recortes de hasta 280 empleos en su planta de Abadiño en cinco años.
El diagnóstico, dentro del sector, es crítico. Los salarios son bajos: un trabajador de Magna confirmaba que estaba mal pagado. Y la gestión deja mucho que desear, según el análisis local: directivos incompetentes y absentismo elevado. El resultado es una plantilla envejecida y una industria que depende de decisiones que se toman fuera de Galicia.
El capital foráneo llama a la puerta
La noticia más comentada fue el aterrizaje de SAIC, el fabricante chino, en Ferrol. El presidente de la compañía, Wang Xiaoqiu, lo reconoció sin rodeos: «España tiene los salarios más bajos de los países desarrollados». La fábrica de ensamblaje cubrirá el mercado de la UE y evitará los aranceles de importación. En Vigo, el anuncio se ha visto con recelo, con editoriales en el Faro de Vigo que se preguntan si la dependencia del capital chino es un buen negocio. Pero la realidad es que, en el sector de componentes, ya hay empresas que están hablando con SAIC para suministrar piezas.
La venta de Avícola Tratante al grupo brasileño sigue la misma lógica: el capital extranjero aprovecha las oportunidades de un mercado con salarios bajos y empresas familiares sin relevo. ¿Es esto una condena o una oportunidad? Depende de a quién se pregunte.
El peso específico de los grandes grupos
La concentración es la otra cara de la moneda. En Ourense, Coren se ha convertido en el músculo de la provincia: el grupo cárnico factura 1.573 millones en total, lo que supone el 17% de la facturación provincial (8.945 millones). En A Coruña, Inditex aporta 14.725 millones de los 74.891 totales, con Zara España, Tempe y Bershka sumando otros miles de millones. La pregunta, inevitable, es si esta dependencia es saludable.
Cuando las empresas familiares se venden a los grandes grupos, se pierde la capa intermedia del tejido productivo. El patrón descrito hace décadas —el abuelo la crea, el descendiente la mantiene, el nieto la arruina— se ha acelerado: ahora se vende directamente en la segunda generación.
Turismo: el contrapunto
Mientras la industria se reestructura, el turismo vive su particular fiebre. El Camino Portugués está ganando peso gracias a la promoción exterior y al aeropuerto de Oporto. En Santa María de Oia, un municipio hasta hace poco tranquilo, la afluencia de peregrinos ha disparado el precio de las casas y el trasiego constante de gente. Para 2026, el eclipse solar de agosto amenaza con desbordar la capacidad de la zona, según advierte una concejal de turismo.
Santiago, por su parte, sufre la masificación. El consejo de quienes conocen la ciudad es claro: mejor las Rías Altas y la costa, donde todavía queda «ambiente gallego como el de los 90».
Galicia vende, compra, se reestructura y también se atreve con el turismo. Pero la pregunta queda en el aire: cuando el tejido productivo pasa a manos de fondos, multinacionales y capital extranjero, ¿qué queda de la llamada «Galicia Calidade»? Los datos, por ahora, no tienen respuesta.