¿Se puede medir la eficiencia de una religión con criterios materialistas? A juzgar por las respuestas que genera, la pregunta es incómoda. Hay quien sostiene que el cristianismo creó la civilización más próspera y rica gracias a una ética de la dignidad personal. La réplica es inmediata: eso es herencia grecolatina, y la fe se impuso por su utilidad para el poder, no por su superioridad. En Pekín, la cuestión provocaría una sonrisa.
¿Fue el cristianismo un motor o un freno para Occidente?
Entre los argumentos a favor figura la idea de que filósofos como Kant reciclaron la moral cristiana quitándole la trascendencia. En contra, se recuerda que el pensamiento crítico avanzó pese a la Iglesia, y a veces a costa de sus impulsores: Galileo, con arresto domiciliario; Copérnico, cuya obra circuló de forma póstuma; los escritos mayas, destruidos por herejía. La etimología de universitas —'gremio' o 'asociación'— se esgrime para negar que las universidades nacieran de la institución eclesiástica: habrían surgido de maestros y estudiantes que se organizaban por su cuenta.
Un balance sin métrica
Los hechos son los mismos para ambos lados. Los 15 siglos de hegemonía cristiana pueden leerse como una etapa de paralización del conocimiento o como el marco en el que se gestaron las primeras universidades. Nadie ha aportado una medida que resuelva la disputa. Si la eficiencia se mide por la capacidad de sobrevivir adaptándose, el cristianismo no tiene rival. Si se mide por el progreso material, el balance depende de qué siglo se mire. Puede que la respuesta más materialista sea otra: la historia no reparte medallas, solo las cobra.