El eucalipto y el pino, en el punto de mira de los incendios
La causa de los incendios que arrasan California no está en el clima. Está en el suelo: en la acumulación de vegetación inflamable, en los bosques sin gestionar y en una planta, el eucalipto, que crece rápido, arde más rápido y rebrota después del fuego. La discusión sobre el origen de los grandes incendios —los de la costa oeste estadounidense y los que cada verano recorren la franja atlántica peninsular— ha dejado de ser un asunto de bomberos para convertirse en un problema económico: quién paga la prevención, quién se lucra del monte y por qué se planta lo que arde.
¿Por qué arde tan rápido un bosque de eucaliptos?
El eucalipto es una especie originaria de Australia, adaptada a la sequía y al fuego. En su hábitat natural crece despacio; trasplantada a un clima cálido y húmedo, como el del norte peninsular, se convierte en una máquina de crecer. Un árbol que en su tierra tarda décadas en alcanzar porte comercial aquí se corta en turnos de
17 a 25 años, frente a los 50 u 80 que exige una frondosa autóctona. Esa velocidad es su ventaja económica y su condena ecológica.
El problema no es solo que arda: es que
quiere arder. La corteza y las hojas contienen aceites inflamables, y la planta rebrota con fuerza tras el incendio, lo que la convierte en una competidora imbatible en un terreno quemado. Hay quien sostiene que tiene más de planta invasora que de árbol: sus raíces buscan cualquier fuga de agua y llegan a obstruir conducciones y depósitos. En un radio de cincuenta metros de una vivienda, dicen los que lo han sufrido, es una maldición.
El negocio de la pasta de papel y las subvenciones cruzadas
La expansión del eucalipto en
Galicia no se explica sin la industria de la celulosa. Una fábrica de pasta de papel en Pontevedra lleva décadas consumiendo madera de turno corto, y su concesión se ha renovado pese al daño ecológico que se le atribuye. Alrededor de esa demanda se ha construido un monocultivo que muchos propietarios defienden como fuente de riqueza: sin él, argumentan, muchas familias del rural no habrían sobrevivido sin ayudas públicas.
El argumento tiene su lógica y su trampa. El propietario que planta eucalipto a los 65 años espera venderlo en vida a
30 euros la tonelada. En Francia, el mismo terreno dedicado a roble se transmite a la generación siguiente y se vende a
300 euros el metro cúbico. La diferencia no es de clima: es de horizonte temporal. Aquí se optimiza el turno corto; allí se capitaliza el siglo. Y en medio, una pregunta incómoda: si el monte solo es rentable cuando arde o cuando se subvenciona su limpieza, ¿quién está pagando realmente el fuego?
Portugal prohibió replantar y Extremadura ya tiene eucaliptales
La comparación con Portugal es obligada. Tras los incendios de 2022, el país vecino prohibió replantar eucalipto en las zonas quemadas. En España, la especie sigue avanzando: en Extremadura ya hay plantaciones consolidadas en el norte de la comunidad. La pregunta que sobrevuela el asunto es por qué lo que se prohíbe a un lado de la frontera se tolera al otro.
No hay una sola respuesta. Hay un entramado: propietarios que quieren rentabilidad rápida, industria que necesita fibra barata, administraciones que subvencionan la limpieza y la eliminación, y un mercado de la madera que premia el turno corto. En ese cruce, la prevención de incendios compite en desventaja. Limpiar el monte cuesta dinero hoy; no limpiarlo cuesta vidas y casas mañana.
La teoría del pirómano y la teoría del clima
Junto al debate sobre la especie está el debate sobre la chispa. Una parte de los análisis sostiene que los grandes incendios no se explican sin intencionalidad: se argumenta que hay artefactos variopintos —desde explosivos con retardo lanzados desde drones hasta neumáticos rellenos de combustible rodando ladera abajo— capaces de crear frentes de fuego de cien metros en segundos. Otra corriente señala al clima: vientos secos y racheados, temperaturas altas y vegetación acumulada tras años sin gestión.
Las dos explicaciones no son excluyentes, y ahí está el problema. Un pirómano necesita combustible; un verano seco necesita una chispa. Cuando coinciden, el resultado es el que se ve en las imágenes. La discusión sobre si el cambio climático es la causa o el contexto se ha convertido en un campo de batalla ideológico donde los datos suelen llegar después que los titulares.
El negocio de las aseguradoras y la gestión del riesgo
Hay un actor que no discute: las aseguradoras. Antes de cancelar coberturas en zonas de alto riesgo, revisan los servicios de bomberos, la disponibilidad de agua y el estado de los montes. Su retirada es un dato económico de primer orden: si el seguro desaparece, el valor de la vivienda cae con él. La prevención de incendios deja de ser un asunto medioambiental y se convierte en una cuestión de balance.
Ese es, quizá, el ángulo más incómodo. Mientras el debate público se enreda en siglas y culpables, el mercado ya ha puesto precio al riesgo. Y lo ha puesto alto.
Con estos mimbres, la próxima temporada de incendios debería traer cambios normativos en la gestión del monte. No apostaría mucho a que lleguen antes que el próximo verano.