El cine español pierde un 30% de público desde 2019
¿Por qué nadie vuelve a las salas de cine? En 2019 las salas españolas cerraron el año rondando los
100 millones de entradas vendidas. En 2022, 2023 y 2024, ya sin restricciones pandémicas, la cifra se quedó en torno a los 75 millones: una caída del 25%. Y el cierre de 2025 apunta más cerca de los 70 que de los 75 millones, lo que llevaría el desplome hasta el
30% respecto a los niveles precovid. La taquilla arrancó el año con buen ritmo, pero desde el verano se frenó y las grandes apuestas estadounidenses no han sumado buenos números salvo en títulos muy concretos.
El sector no discute el diagnóstico. «Hay que acostumbrarse a que el mercado se ha reducido», admite Álvaro Postigo, presidente de la Federación de Cines de España (FECE). Adolfo Blanco, CEO de A Contracorriente Films, propietaria de los Cines Verdi de Madrid, lo completa: «A la gente le gusta cada vez más el cine, eso es una realidad, pero han perdido el hábito de venir a la sala». Y David Rodríguez, general manager de Comscore Movies para España y Portugal, apunta a la
saturación de estrenos: tantos títulos cada semana que el espectador no sabe qué, cuándo ni dónde se proyecta cada película.
760 locales, 3.562 pantallas y butacas cada vez más pequeñas
España acumula
760 locales dedicados al cine, el dato más alto de la última década, de los que unos 350 son cines comerciales según el Censo de cines de AIMC. Pero el número de pantallas, 3.562, son 64 menos que en 2022, y las butacas, 632.080, son casi 70.000 menos que hace una década. La conclusión es incómoda: los cines cada vez son más pequeños. Y aun así, el porcentaje medio de ocupación en todo el país no llega al
10% en este momento, según FECE.
La Encuesta de hábitos y prácticas culturales del Ministerio de Cultura lo confirma: la asistencia sigue nueve puntos por debajo del año previo a la pandemia y es el único sector que no ha recuperado esas cifras. El cóctel de causas que dibuja el sector tiene cuatro ingredientes: una pandemia mundial, el terreno ganado por las plataformas y la mejora de las pantallas caseras, la generación de adolescentes que no llegó a las salas con sus amigos porque estaban cerradas, y la falta de ayudas económicas.
¿Por qué el estreno llega antes a casa que nunca?
Porque las ventanas de exhibición se han acortado hasta el absurdo. Antes, o ibas al cine o esperabas entre nueve y doce meses al videoclub, quince a la venta física o dos o tres años a la televisión. Con las plataformas ese plazo se redujo, pero en los últimos meses la película está disponible para descargar en 4K y con calidad perfecta
apenas un mes después del estreno. La consecuencia es mecánica: si la diferencia de espera es de semanas, el desplazamiento, la entrada y las palomitas dejan de compensar.
FECE introdujo alegaciones a la Ley del Cine, bloqueada en el Congreso pese al compromiso del ministro Ernest Urtasun de aprobarla este año, para blindar por ley las ventanas de exhibición con
100 días obligatorios. «Todos debemos jugar con las mismas reglas. Francia ya lo tiene así y no podemos permitir que desde fuera de nuestras fronteras un señor o un estudio diga que van a ser 35 días porque él lo decide», argumenta Postigo. Su advertencia es que, sin esa protección, «tendremos cierres», y no de salas antiguas: «me refiero a salas con menos de 20 años de antigüedad».
El precio, el móvil y la marabunta: la tormenta perfecta
La cuenta es fácil de hacer y sale mal. Con lo que cuestan dos entradas, palomitas y refresco se paga casi un año de suscripción a una plataforma, y las palomitas del microondas van incluidas. En Granada, la entrada ha pasado de 5 a 10 euros en cinco años. Una sesión de mediodía de una superproducción en 3D en un complejo comercial reunió a
seis personas en la sala. El cálculo completo, con gasolina, acompañante y consumiciones, se dispara por encima de los 50 euros para una sola noche.
A eso se suma la experiencia dentro de la sala. Hay quien dejó de ir tras agotar su paciencia con los móviles encendidos, los comentarios en voz alta y las salidas a corregir el sonido o el enfoque. La última vez fue en 2018, con una entrega de Misión Imposible, y desde entonces no ha vuelto. La queja se repite: no compensa pagar más para verlo peor que en casa.
La batalla cultural: del wokismo al cine de terror independiente
Una parte del público ha convertido el abandono de las salas en un juicio cultural. Sostienen que las películas se han llenado de propaganda y corrección política, que los guiones son refritos de sagas agotadas y que el entretenimiento ha sido sustituido por el sermón. La acusación se extiende a los personajes clásicos, que habrían sido reescritos para humillar al espectador que creció con ellos. Otros responden que ese discurso es una excusa: el cine comercial siempre estuvo cargado de arquetipos y el problema es de precio, de hábito y de sofá.
En medio de esa disputa, hay quien ha encontrado su refugio en el cine de terror y gore de sellos independientes, donde el género sigue dando producto sin pretensiones. Y quien directamente ha vuelto a las películas de los ochenta:
Indiana Jones o
Terminator antes que la cartelera actual. La mejor forma de humillar al cine de hoy, resume una intervención, es rendir honor al de antes.
¿Cómo se recupera al público joven que nunca llegó a la sala?
Con precio bajo y educación, según los exhibidores. La propuesta es replicar el modelo del cine sénior —un día a la semana a precio reducido— pero centrado en los menores de 30. «Hay que hacer lo que sea para recuperar la generación que hemos perdido», insiste Blanco, que admite que si hay que bajar precios se bajan, pero exige que alguien «coja ese toro por los cuernos».
Fernando Lobo, responsable de programación de los cines Embajadores, abiertos en Madrid en 2020 y ya presentes en Oviedo y Santander, con apertura prevista en Logroño en 2026, lo aplica a su manera: campañas de socios en la Universidad, ciclos con la institución académica y disposición a perder dinero pagando derechos con tal de que los jóvenes conozcan la sala y vuelvan. «Las películas trascienden cuando consiguen atraer al público joven porque el público adulto ya lo tenemos», resume.
La otra vía que se discute es la producción propia: que las salas pongan dinero y saquen sus propias películas y miniseries, como ya hacen sus competidores. Y una tercera, más de fondo: dejar de depender del cine estadounidense y apoyar el producto nacional para amortiguar las carencias del mercado.
Al final, la pregunta no es si el cine va a morir, sino cuántas butacas vacías está dispuesto a financiar el sector mientras decide si el problema era el precio, el móvil del vecino o la nostalgia.