Altas capacidades: «el 90% de los adultos son subnormales»
¿Y si el problema no fuera que hay niños superdotados, sino que hay demasiados niños que no dan una? El diagnóstico de altas capacidades se ha disparado en las aulas y hay quien sostiene que la etiqueta dice menos del alumno señalado que del resto de la clase. La discusión, abierta en un foro de economía, arranca con una confesión incómoda: quien sacaba las mejores notas de su clase no se consideraba más listo, simplemente el resto era fácil de superar por pura comparación. La tesis se repite en decenas de mensajes:
no hay genios incomprendidos, hay un entorno que se ha vuelto notablemente más torpe.
La etiqueta de altas capacidades y su efecto espejo
El planteamiento inicial es una provocación con estructura lógica: si el sistema etiqueta a los mejores como «altas capacidades», debería etiquetar a los peores como «bajas capacidades», porque eso se ajustaría más a la realidad estadística. La idea de fondo es que la etiqueta no mide al señalado, mide la distancia con los demás. Varios mensajes insisten en la misma idea:
el diagnóstico se ha multiplicado hasta el punto de que hay dos o más alumnos de altas capacidades en cada clase, lo que a juicio de los escépticos desactiva cualquier valor predictivo de la categoría. Un profesor lo describe sin rodeos: cuando alguien se aburre, tiene conductas disruptivas o simplemente es creativo, se le deriva a altas capacidades, saque o no buenas notas. El resultado, añaden, es un subsistema que no se corresponde con la realidad y que deja fuera a alumnos con grandes calificaciones por no ser lo bastante «especiales».
El coeficiente intelectual que no explica nada
La conversación deriva pronto hacia el CI como herramienta de medida. Un mensaje aporta un dato concreto:
el CI medio en España es 98, y la normalidad se concentra entre 86 y 114, una franja de 28 puntos donde se supone que a partir de 20 o 30 puntos de diferencia ya no hay entendimiento pleno en una conversación. La conclusión que extraen algunos es que la etiqueta de altas capacidades convive con una mayoría estadística que no destaca en nada, y que el problema no es el techo, es la media. Frente a eso, otra corriente del análisis sostiene que
las altas capacidades no son reales si no vienen acompañadas de capacidad de adaptación: subir o bajar el rendimiento a voluntad, leer el ambiente, encontrar disfrute tanto en tareas complejas como en las prosaicas. Sin ese equilibrio, dicen, la inteligencia se traduce en «altas subnormalidades». El contraargumento llega con un caso concreto: muchos disléxicos desarrollan pensamiento lateral al no poder fiarse de lo que su cerebro interpreta al leer, y acaban clasificados como altas capacidades siendo un prodigio en algo y un desastre en lo cotidiano.
Del aula al mercado laboral: el mismo patrón
El hilo no se queda en la infancia. Varios mensajes trasladan el diagnóstico a la vida adulta con una observación repetida:
el que era idiota de niño lo sigue siendo de adulto, solo que con canas. La idea de que la edad agudiza el problema en lugar de corregirlo aparece en varias formulaciones. Y de ahí salta al mercado de trabajo: se argumenta que España lleva décadas exportando a sus mejores profesionales a países que pagan más y valoran más la inteligencia, mientras el sistema educativo y los salarios precarios expulsan al que destaca. La consecuencia, según esta lectura, no es un accidente:
es lo que la sociedad ha decidido tener. En paralelo, una voz introduce un matiz económico incómodo: hay quien tiene más de un millón de euros en la caja de ahorro y ni se enteró de que había volado, mientras el que se preocupa por los temas macro llega a fin de mes con mil euros y la cuenta en rojo.
La inteligencia como herramienta, no como medalla
El contrapunto más sólido del hilo llega al final y rebaja el tono épico: la inteligencia es solo otra herramienta de la persona, como la fuerza, la salud o la capacidad de caer simpático. Se suele poner al servicio de otros, y casi mejor así, porque cuando no, se usa para satisfacer apetitos y vicios propios. La recomendación que cierra esa intervención es cambiar el foco:
valorar más la voluntad, la capacidad de fijar un rumbo y mantenerlo, o la bondad. Otro mensaje apunta en la misma dirección con un ejemplo clásico: el matemático ruso que rechazó un premio de un millón de dólares por resolver uno de los siete problemas del siglo, porque sus valores morales le impedían convertirse en un mono de feria. Vivió con su madre, en humildad material absoluta. La inteligencia, concluyen, suele ir ligada a valores elevados, y en un mundo hecho por sabandijas hay que ser otra sabandija para tener lo que llaman éxito.
El diagnóstico de altas capacidades seguirá creciendo en las aulas. Y la media seguirá en 98.