Del R36 al R78: De una ESPAÑA de talentos a otra de mediocres arrastrados y corruptos

Del R36 al R78: De una ESPAÑA de talentos a otra de mediocres arrastrados y corruptos
RESUMEN

La España de mediados del siglo XX, a pesar de sus limitaciones, produjo figuras intelectuales de gran peso, mientras que la actual, con más recursos y libertad, parece haber priorizado la visibilidad sobre la profundidad.

El relato oficial de la Transición, ese que nos vendieron durante décadas, pintaba un salto cuántico: de la oscuridad preconstitucional a la luz de la democracia. Según esta versión, antes de 1978, España era un erial intelectual, un páramo de ignorancia y caspa. Luego, de golpe, llegaron la modernidad, la cultura y el pensamiento. El problema surge cuando dejas de escuchar el cuento y te pones a mirar los nombres.

Aquella España, pobre, censurada y marcada por una guerra civil devastadora, dio al mundo o acogió a figuras como Camilo José Cela, Miguel Delibes, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Julián Marías o Xavier Zubiri. Escritores y pensadores cuya obra sigue resonando hoy, décadas después. No se trata de idealizar el franquismo, que tuvo su propia censura y sus propios problemas, pero la comparación se vuelve incómoda. Incluso en aquel contexto, emergían personalidades intelectuales con una voz propia. Hoy, sin embargo, una parte considerable de la supuesta élite intelectual española parece fabricada en el mismo taller de comunicación.

La maquinaria de la opinión

Una de las hazañas más singulares del Régimen del 78 ha sido la creación de una vasta infraestructura. Tenemos universidades, facultades, expertos, institutos, observatorios, fundaciones, premios, congresos, asesores, tertulianos y una legión de periodistas políticos. Una maquinaria que, en teoría, debería potenciar el talento. Sin embargo, con demasiada frecuencia, el resultado es un profesional repitiendo en televisión las mismas frases que su partido lleva esgrimiendo desde primera hora de la mañana. Disponemos de una infraestructura que un escritor de 1950 habría considerado ciencia ficción, pero el debate público a menudo parece el de una comunidad de vecinos discutiendo por el ascensor.

El problema no es la ausencia de talento, que lo hay. Tampoco la falta de libertad formal, que es mucha mayor ahora. El quid de la cuestión es qué tipo de personaje premia el sistema. En la España actual, ha prosperado un híbrido entre intelectual, relaciones públicas y empleado ideológico. Alguien con opinión sobre todo, que, por una curiosa coincidencia estadística, siempre termina pensando igual que su entorno político, mediático o profesional. Cambia el partido de opinión y el "intelectual independiente" le sigue el paso. Lo que ayer era inaceptable, hoy es necesario, y mañana se habrá demostrado que siempre fue intolerable. No hace falta un censor con un lápiz rojo cuando una buena parte de la gente sabe qué opiniones abren puertas, consiguen una columna, una invitación, una subvención o, simplemente, la tranquilidad de pertenecer al grupo correcto.

El conformismo profesional

Este es uno de los aspectos más corrosivos del sistema: no la falta de libertad, sino la facilidad con la que la libertad se transforma en conformismo profesional. El viejo censor te decía lo que no podías escribir. El mecanismo moderno es más sutil: nadie te obliga, pero todo el mundo entiende qué tipo de opinión facilita tu carrera y cuál la frena. Y después, todos pueden mirarse al espejo y seguir considerándose espíritus libres. Es un sistema más limpio, más democrático y, sobre todo, menos desagradable que admitir que buena parte de nuestra esfera pública funciona por incentivos puramente pragmáticos.

Resulta cómico que nunca hayamos tenido tantas herramientas para generar pensamiento riguroso. Acceso inmediato a millones de libros, archivos digitalizados, universidades, bases de datos globales, internet, traducción instantánea y comunicaciones casi gratuitas. Una libertad de expresión incomparable con la de los escritores de mediados del siglo XX. Si la producción intelectual dependiera solo de los medios, España debería ser una Florencia renacentista con fibra óptica. Aun así, una parte nada despreciable de la conversación pública consiste en tertulianos analizando durante horas la última frase de un ministro, mientras otros tertulianos de la tribu opuesta explican por qué esa misma frase demuestra lo contrario.

La burocracia de la cultura

Y no deja de tener su gracia que el sistema que más presume de cultura haya desarrollado una obsesión por crear una burocracia para la cultura. A veces, parece importar más la existencia de seis organismos dedicados a promocionar a un supuesto gran escritor, doce personas encargadas de coordinarlos y otras veinte preparando una mesa redonda sobre la necesidad de fomentar la aparición de grandes escritores, que el propio escritor. Si Cela hubiera necesitado toda la estructura institucional que hoy rodea cualquier actividad cultural, probablemente seguiría rellenando formularios.

Esta comparación no pretende demostrar que una dictadura produzca mejor literatura; sería una estupidez. Muchos de los grandes nombres de aquella época escribieron a pesar del régimen, no gracias a él. Lo que sí permite es plantear una pregunta más incómoda: si ahora tenemos más libertad, más educación, más dinero, más universidades, mejores medios y un acceso casi ilimitado al conocimiento, ¿por qué resulta tan difícil identificar en la vida pública española figuras intelectuales con el peso y la independencia de aquellas generaciones?

Quizá porque hemos terminado confundiendo pensamiento con opinión, prestigio con visibilidad, cultura con industria cultural e intelectual con persona que aparece mucho en televisión. El Régimen del 78 no ha eliminado el talento, pero sí ha construido a su alrededor una maraña de intermediarios, estructuras, carreras políticas y mecanismos de pertenencia que, a menudo, hacen más rentable la adaptación que la brillantez. De ahí surge esa sensación tan peculiar de vivir en un país con innumerables titulados y expertos, pero cada vez más dependiente de argumentarios infantiles.

Esa es, probablemente, la ironía más feroz. La España del Régimen del 36 era pobre, autoritaria, censora y materialmente miserable, y aun así produjo nombres que hoy forman parte indiscutible de la cultura española. La España del Régimen del 78 dispone de condiciones infinitamente mejores para crear, estudiar, escribir y pensar, pero ha desarrollado una capacidad extraordinaria para llenar el espacio público de gente perfectamente intercambiable. Si cambias a un tertuliano por otro, apenas se nota; si sustituyes a un columnista orgánico por el del periódico de al lado, muchas veces basta con reemplazar cuatro nombres y dos adjetivos.

Tal vez ese sea el gran legado cultural menos confesable del Régimen del 78: no haber acabado con la inteligencia, sino haber conseguido rodearla de tanta mediocridad profesionalizada que a veces cuesta encontrarla.

Datos clave
  • Camilo José Cela fue una figura literaria clave de la España de mediados del siglo XX.
  • El Régimen del 78 se refiere al periodo democrático español iniciado tras la Constitución de 1978.
  • La España de 1936 se caracterizaba por ser pobre y autoritaria.
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