Como no tenéis ni fruta idea de lo que es una economía que queda a merced de los metales y yo sí, pues os lo voy a explicar.
Por aquello de que os tiráis la vida dando lecciones sobre cosas que no entendéis ni por asomo.
En fin, como algunos sabéis, yo estuve en Rwanda tras el exterminio masivo, ayudando a poner cordura donde se podía. Por allí tanto los blancos como los privilegiados locales se olían la tostada meses antes de que empezara la guerra, así que muchos convirtieron en oro su patrimonio y tal. También había muchos locales que, ya fuera por cosas de su tribu ya por cosas que se me escapan, tenían costumbre de invertir o ahorrar a menudo en oro.
Pues resulta que cuando se desató el caos y el olor a gente calcinada o encarroñándose se enseñoreó de cada puro kilómetro cuadrado el oro no sirvió de mucho. Estaba tan caro que en las zonas donde comerciaban las facciones al mando no había nadie para cambiarlo por nada que anduviera la par, por lo que si acudías con media onza krugerrand al mercado a por antibióticos pues lo mismo te llevabas una caja de amoxicilina por tu fruta onza y aún gracias. Nadie te ofrecía el cambio porque no había moneda de cambio, simplemente tú entregabas varios cientos de dólares norteamericanos en oro para pagar un par de euros de medicación. Es lo que tienen los bienes ilíquidos. Y lo que tiene la escasez. Y lo que tiene la sobrevaloración de los tangibles. Y lo que tiene operar con una moneda que no es de curso legal en ninguna parte. Y lo que tienen los mercados que apenas lo son. Y lo que tiene eso de que la violencia cotice barato y por doquier.
Los que en vez de ahorrar en oro lo hicieron en plata no tuvieron ese problema: entregaban diez o quince pavos en cada onza y transacción, así que apenas se vieron engañados sistemáticamente. Su dinero duró todo el conflicto y no fue erosionado por lo salvaje de la situación.
Cuando el país empezó a normalizarse y fueron abriendo las primeras casas de cambio, muchos de los que habían heredado oro o saqueado oro, acudieron a cambiarlo por algo menos ilíquido y más monetizable, que sirviera para comprar cereales y combustibles, y de nuevo se encontraron conque el oro era demasiado caro, así que algunos se pusieron a trocear las onzas y en el proceso se cargaron su valor como moneda de inversión para pasar a vender pepitas al peso, sin conseguir en el proceso eludir lo brutal de las comisiones de los cambistas, los trucos de sus básculas, sus baremos y sus mordidas por no llegar al peso mínimo del spot o por no traer algo estandarizado.
Al final resulta que los únicos que hicieron buen negocio fueron los cambistas: antes del pifostio se forraron clavando a la gente que traía billetes para llevarse onzas y tras el pifostio todavía clavaron más. Hablo de comisiones del 20% y del 40%. Eso es lo que os vais a encontrar por pagar en oro cuando las palos vengan mal dadas. La plata no tiene ese problema. Ni el de ponerte en peligro por robo.
Los que aguantaron sin vender (allí también se holdeó con agallas, pese a que muchos supervivientes fueron castrados) hasta que se fue civilizando la cosa de todas-todas, sólo tuvieron que comerse unas mordidas del 10% o así, que es lo que os clavará el compro oro de vuestro barrio si le dais la turra durante un mes hasta que le quede bien claro que no os urge y que sabéis a cuánto va la onza en cada puro momento.
Haced números y pensad en lo que es aceptar como poco una mordida del 2% al 10% al comprar y otra que irá del 5% al 40% al vender. Pensad también que es probable que cuando necesitéis gastar el oro no haya mas que un par de sitios donde os lo acepten a un precio remotamente razonable, en todos los demás tinglados no querrán trinc si no es para quedarse toda la cortesana fuerte a cambio de una garrafa de agua. Si podéis soportar esas comisiones de cambio y esas formas de pago, comprad oro. Y buena suerte con él, ahora que cada vez que alguien entra a robar en tu casa viene con un detector de metales y una lanza térmica.