El colesterol sube de 138 a 212 tras nueve meses de dieta paleo
Un forero delgado de toda la vida, que nunca tocó un procesado y se horneaba su propio pan de espelta integral con masa madre, dio el salto a la dieta evolutiva. Nueve meses después, su colesterol total pasó de
138 a 212 mg/dL y el HDL —la fracción que él esperaba ver disparada— apenas se inmutó. Su reacción no fue alarmarse por el número, sino por el reparto: «me esperaba un aumento del HDL, o en todo caso de ambos proporcionalmente». Y ahí arranca una discusión que dura semanas.
Qué cambió exactamente en el plato
El punto de partida no era el de un descuidado. Dieta baja en productos animales, mucha legumbre, verdura a espuertas,
diez piezas de fruta al día, cereal integral y cero azúcar, con algún capricho suelto. Los ajustes fueron quirúrgicos: fuera procesados, cereales y legumbres; la fruta cae de 10 a 3 piezas diarias; los huevos suben de
5 a 15 semanales; entra hígado todas las semanas, más pescado azul, pollo y carne roja, y grasa animal en cada comida. A eso suma un extra que reconoce a toro pasado: mucho más aceite de oliva, coco en el café y aguacate semanal.
El detalle importa porque desmonta el tópico del paciente que se pasa al paleo comiendo peor. Aquí el antes ya era una dieta de manual y el después tampoco era un atracón de bacon. Y aun así, la analítica se dio la vuelta.
El HDL no acompaña a la subida
La decepción no está en el número absoluto, sino en el reparto. Si el colesterol total sube porque se consumen más grasas, lo coherente sería que el colesterol bueno hiciera lo propio. No ocurrió, y esa asimetría es la que descoloca.
Desde varias respuestas se responde con un cambio de mirada: lo que importa no es el total, sino la relación entre triglicéridos y HDL. Según el cálculo que un forero hizo para este caso, ese cociente quedaba en
1,14, muy por debajo del umbral de 2 que se suele considerar favorable, lo que —según esta corriente— apunta a partículas de LDL grandes y poco dañinas, no a las pequeñas y densas asociadas al riesgo cardiovascular. El problema, admiten, es que ese desglose fino no lo da una analítica de cabecera y hay que pagarlo aparte.
El aceite de coco, sospechoso recurrente
Aparece aquí un patrón con nombre propio. Varios relatos insisten en que el aceite de coco —con 90-95 g de grasa saturada por 100, frente a los 13 g del aceite de oliva virgen— dispara el LDL y que, al retirarlo, la cifra vuelve a su sitio en poco tiempo mientras el HDL no se mueve. La conclusión que se extrae: no es lo mismo cualquier grasa saturada.
Otros replican que subir el colesterol dentro de ciertos márgenes no implica por sí solo más mortalidad, y que quien sustituye grasa saturada por hidratos complejos ve caer el LDL apenas un 10-15% en dietas isocalóricas. El propio protagonista recoge cable: seguirá con el tarro de coco hasta acabarlo, pero probablemente lo deje porque «ni siquiera me gusta mucho».
¿Y si el problema fuera tenerlo bajo?
La otra gran corriente da la vuelta al marco entero. Sostiene que el colesterol es materia prima para hormonas, membranas celulares y sistema nervioso, y que lo peligroso es que falte. Se enumeran supuestos asociados a cifras bajas: más riesgo de hemorragia, cuadros depresivos, alergias y problemas de testosterona. Y se citan poblaciones longevas con niveles estabilizados por debajo de 150, además de estudios clásicos de riesgo coronario que no ven en esas cifras una condena.
En el lado contrario, la prudencia: no todo el mundo comparte que un colesterol de 212 sea motivo de celebración. La duda de fondo —si estaba mejor con los 138 de antes o con los 212 de ahora— queda sin resolver en toda la conversación.
El resto del cuadro: oxalatos y el marcador que sí importa
El caso arrastra más flecos. La analítica de orina muestra
cristales de oxalato cálcico frecuentes, algo que se asocia a un consumo alto de hoja verde y cacao puro, y que obliga a mirar también cuánta verdura conviene sin pasar de largo. Un participante cuenta que sufrió cólicos nefríticos durante años hasta que dio con la causa: una orina demasiado ácida.
Y aparece el recordatorio incómodo: según un forero, el único parámetro con consenso estadístico claro sobre riesgo cardiovascular es el perímetro abdominal, no las cifras de colesterol. Y hay quien sostiene que un marcador de inflamación como la proteína C reactiva pesa más que el número que sale en negrita en el informe.
Con la analítica sobre la mesa, la pregunta sigue abierta: ¿estaba mejor antes con 138 o ahora con 212? Nadie se atreve a firmarlo.