Bicarbonato, aceite de coco: la moda que divide a los consumidores
Mientras la industria del dentífrico factura millones, una parte creciente de consumidores ha decidido prescindir de la pasta tradicional. En su lugar, usan bicarbonato de sodio, aceite de coco o incluso enjuagues caseros con salfumán. La pregunta no es trivial: ¿están arruinando su esmalte o han dado con una alternativa más barata y eficaz? El debate sobre la higiene dental casera enfrenta a los defensores del bicarbonato —que lo consideran menos abrasivo que muchas pastas— con quienes alertan del riesgo de desgaste. Y mientras tanto, los datos sobre caries infantil siguen siendo alarmantes.
El mito de la abrasividad del bicarbonato
El argumento más repetido contra el bicarbonato es que dosis de poleo el esmalte. Sin embargo, su dureza en la escala de Mohs es de 2,5, muy por debajo del esmalte dental (5). Los estudios de abrasividad (RDA) obligatorios en EE.UU. sitúan a pastas como Arm & Hammer y Weleda —ambas con base de bicarbonato— entre las menos abrasivas del mercado, por debajo de muchas marcas convencionales. El problema, advierten algunos análisis, no es el bicarbonato en sí, sino el tamaño y pureza de las partículas cuando se usa directamente del bote de cocina. Las partículas mal pulidas sí pueden arañar.
La controversia no es nueva. En Alemania, Parodontax (1937) ya usaba bicarbonato y fue un éxito. Décadas después, los fabricantes lo retiraron por ingredientes más modernos, pero el bucle de las modas lo ha devuelto. La ironía: lo que unos consideran un avance pseudocientífico, otros lo ven como un retorno a lo básico con aval histórico.
Flúor, blanqueantes y el negocio de la sonrisa
En el otro extremo, crece la desconfianza hacia los aditivos industriales. El exceso de flúor, presente en muchas pastas y aguas fluoradas, ha sido señalado por sus efectos secundarios. Y las pastas blanqueantes, con índices de abrasividad elevados, han dejado a más de uno con sensibilidad dental y acudiendo a marcas como Sensodyne para reparar el daño.
La industria responde con productos cada vez más complejos: geles blanqueantes con azul de Prusia, pastas con nano-hidroxiapatita de importación japonesa como APAGARD, o colutorios milagrosos. Pero el consumidor informado sospecha que, detrás de la innovación, hay sobre todo marketing. La reciente moda de las carillas dentales, por ejemplo, ofrece una solución estética inmediata pero irreversible: al retirarlas, el diente original queda dañado.
La caries infantil no perdona
Mientras los adultos discuten sobre bicarbonato, la realidad infantil es dura. En Catalunya, un estudio del Colegio de Odontólogos (COEC) revela que uno de cada tres niños presenta caries, una cifra que apenas ha mejorado en 25 años. La falta de higiene temprana, el consumo de azúcar y la desigualdad en el acceso a revisiones dentales convierten la boca de los menores en una artefacto explosivo de relojería. Los dentistas, lejos de desaparecer, ven aumentar su clientela.
El consenso entre los más sensatos: cepillado mecánico concienzudo (al menos dos veces al día, incluyendo hilo dental e irrigador) es la base. La pasta de dientes cumple una función secundaria, sobre todo cuando contiene flúor en concentraciones adecuadas. Los experimentos caseros pueden funcionar, pero no sin riesgos.
Con el precio de los tratamientos dentales disparado y la prevención al alcance de un cepillo, la guerra del lavado dental sigue abierta. ¿Tiene sentido pagar por pastas cargadas de promesas cuando un bote de bicarbonato cuesta céntimos? La ciencia dice que sí, con matices. Pero la moda, como siempre, va por libre.