El encierro que sacó a relucir la hipocresía sanitaria
¿Qué tiene que ver un tipo pintado de Joker grabando con el móvil en pleno encierro de San Fermín con el debate sobre la sanidad pública? Más de lo que parece.
El vídeo corre como la pólvora: un joven con la cara maquillada como el villano de Batman se cuela en el recorrido, móvil en mano, sorteando astados y provocando aspavientos entre los corredores. Para algunos, la escena era el candidato perfecto a la selección natural. Pero no hubo cornada, ni siquiera un susto gordo. Darwin, de momento, pasó de largo.
El incidente, sin embargo, ha reavivado una vieja discusión bajo el sol de Pamplona. Quienes participan en estas carreras –a menudo los mismos que hace un par de años pedían que los negacionistas del COVID se costearan su propia atención sanitaria– son ahora los que ponen su integridad física en manos del sistema público. La paradoja es tan gruesa como un toro de lidia.
Hay quien defiende la libertad de correr, de beber, de hacer el indio. Pero cuando el cuerpo dice basta y la factura llega a la Seguridad Social, el argumento se desinfla. La salud pública no discrimina entre imprudentes y prudentes: atiende a todos por igual. Y eso, precisamente, es lo que hace que algunos carguen contra quienes se saltan las normas mientras ellos mismos las desafían cada mañana de fiesta.
El Joker del encierro ha sido solo la excusa. La memoria selectiva, esa vieja conocida, vuelve a campar a sus anchas. Darwin, aunque no cobró esta vez, sigue al acecho. Mientras tanto, la coherencia sigue siendo la asignatura pendiente de los sanfermines.