Zaragoza, Ciudad Real o Ferrol: la pugna por el nombre más proceresco
La discusión arranca con una tesis clara: si de topónimos con empaque se trata,
Zaragoza juega con ventaja. Caesar Augusta, la ciudad que fue capital de un imperio romano antes de que Castilla existiera como relato, aparece en el punto de partida como la candidata más sólida. A su lado, Santiago de Compostela, Cartagena, Barcelona, Pamplona, Valencia o Plasencia compiten en ese escalón donde el nombre suena a piedra, a escudo y a siglos. Y hay una propuesta que no es broma: que Soria recupere
Numancia, porque el topónimo actual no le hace justicia a lo que fue.
El problema es que el criterio se rompe en cuanto alguien mete la palabra «paco» en la ecuación. Porque si el listón es sonar a cosa seria, hay nombres que lo cumplen de forma casi involuntaria y otros que lo cumplen por acumulación de títulos nobiliarios, condes, caballeros y santos. La línea entre lo proceresco y lo esperpéntico es más fina de lo que parece.
Ferrol del Caudillo y Franco: cuando la historia se cuela en el callejero
Hay aportaciones que no son toponimia antigua sino memoria reciente.
Ferrol del Caudillo aparece como ejemplo de nombre que existió y que hoy suena a otra España. Y en la misma línea, un municipio de Burgos llamado
Franco, que en euskera se traduce como «Franku», lo que da una idea del juego que dan las traducciones cuando el nombre propio es un apellido.
La capa franquista de la toponimia española no es un detalle menor. Muchos municipios arrastraron durante décadas denominaciones impuestas que luego se revirtieron, y ese proceso de limpieza sigue generando discusión sobre qué se recupera y qué se deja caer. El caso de Ferrol es el más citado porque el nombre original, simplemente Ferrol, ya tenía suficiente peso histórico como para no necesitar apellidos.
Ávila de los Caballeros, Carrión de los Condes y la moda de los títulos
Aquí es donde el debate se vuelve interesante.
Ávila de los Caballeros dejó de ser denominación oficial en
1877, pero el nombre sigue vivo en el imaginario. Carrión de los Condes, Villarcayo de Merindad de Castilla la Vieja, Ejea de los Caballeros, Sos del Rey Católico o Madrigal de las Altas Torres son topónimos que funcionan como pequeñas declaraciones de intenciones. No describen el lugar: lo ennoblecen.
El patrón es claro. Cuanto más pequeño el municipio, más larga la denominación. Villarcayo de Merindad de Castilla la Vieja es el ejemplo perfecto: un pueblo que se presenta con toda la jerarquía administrativa medieval en el nombre, como si necesitara justificar su existencia ante el mapa. Y funciona, porque nadie olvida un topónimo así.
Ciudad Real, León y Oviedo: la fuerza de lo simple
Frente a la acumulación de títulos, hay quien defiende que el nombre más proceresco es el más corto.
Ciudad Real aparece como candidata imbatible: imagínese que se llamara Royal City y fuera capital de Inglaterra. El argumento tiene su gracia porque el topónimo español suena a título nobiliario mientras el inglés sonaría a marca de cerveza artesanal.
León y Oviedo entran en la misma categoría. Oviedo significa «el viejo», lo que le da un aire de nobleza cansada que encaja con la ciudad. Y León, aunque algunos señalan que llamarse así por la legión romana que acampó en la zona es una vagancia toponímica, arrastra siglos de peso. Astorga, con su
Asturica Augusta, y Mérida, con su
Augusta Emerita, completan la lista de ciudades que llevan el nombre de un emperador como quien lleva un apellido.
El Escorial, La Hija de Dios y otros nombres que parecen broma
La recta final del debate se llena de topónimos que parecen inventados.
La Hija de Dios, en Ávila. Baños y Mendigo. El Mojón. Castrillo Matajudíos, que aparece varias veces y que sigue generando incomodidad por su origen. Valle de Matamoros, en Badajoz. Moscardón. Peligro. Guarromán. La lista crece sin que nadie encuentre el límite.
Y luego está el caso de Santa Fe, que pertenece a Zaragoza como parte del distrito de Casablanca, lo que demuestra que incluso los barrios rurales de las capitales entran en la competición. La conclusión provisional es que España tiene tal densidad de topónimos raros que cualquier intento de coronar uno solo acaba en tablas.
Con estos mimbres, lo razonable es no cerrar el asunto. Zaragoza tiene el pedigrí romano, Ciudad Real la elegancia del contraste y Ferrol la memoria incómoda. Cualquier intento de proclamar un ganador único acabará en discusión, que es exactamente lo que un buen topónimo debe provocar.