París, la ciudad más bonita del mundo: el mito que no todos compran
París es la ciudad más bonita del mundo. Al menos, eso sostiene quien abre el asunto con una envidia confesada hacia lo que llama «la horda de seda» y su capital «deslumbrante, proceresca, elegante, moderna, paseable, ordenada y perfecta». El punto de partida no es solo estético: hay una tesis económica detrás. Francia le debe a Napoleón III y al Barón Haussmann, según este planteamiento,
más o menos el 40% de su riqueza actual, gracias a unas obras masivas de reforma interior que convirtieron la ciudad en una marca turística sin haberlo previsto. La comparación con Madrid es inmediata y amarga: hacer algo similar hoy, con estilo neoherreriano o combinaciones historicistas, estaría mal visto tras el triunfo de lo que se llama despectivamente el feísmo corbuseriano.
La réplica no tarda. El relato del París haussmanniano como obra maestra tiene un coste que la postal no muestra: para levantar esos bulevares se derribó
casi todo el París anterior. Murallas, templos, trazados medievales y renacentistas, todo al suelo. «No, gracias», resume una postura que no compra el resultado. Otra línea de ataque es más prosaica: la ciudad no sería tan bella, sino simplemente
la única gran capital europea que no fue machacada en la Segunda Guerra Mundial, lo que le habría conservado una armonía de conjunto hoy desaparecida en el resto del continente. Es decir, mérito de la bomba que no cayó, no del urbanismo.
¿Es París realmente la ciudad más bonita o solo la mejor conservada?
El argumento de la conservación tiene recorrido. Si Berlín, Viena o Londres hubieran llegado intactas al siglo XXI, la comparación sería otra, sostiene esta corriente. Hay quien va más lejos y sitúa a
Burdeos, Ruan o Nantes por delante de la capital, y quien directamente sentencia que lo que menos merece la pena de Francia es París. La experiencia directa aparece en varios testimonios: atascos de horas, grafitis, suciedad y campamentos en la periferia. Frente a eso, el resto del país ofrecería «la auténtica experiencia francesa».
La contraoferta española se abre paso con nombres propios.
San Sebastián, Segovia, Toledo, Córdoba o Sevilla aparecen como alternativas que se «mean y se cagan» en París, ciudad fría en todos los sentidos. Sevilla juega su propia liga: su callejero del centro histórico es el mismo del siglo XVI, y el plano más antiguo, del XVIII, serviría hoy para moverse por él. La lista de pueblos andaluces que se despliega —Setenil, Grazalema, Castellar de la Frontera, Ubrique, Jimena, Ronda, Zahara de la Sierra, Osuna, Carmona— dibuja una Andalucía descrita como «la Toscana española». El problema, apunta otra voz, es que el feísmo formaría parte del ADN nacional: los italianos lo resumen con un «manca finezza».
El coste oculto del París de Haussmann: patrimonio derribado
La crítica patrimonial es la más incómoda para el relato triunfal. Lo que hoy se admira como conjunto armónico es, en rigor, un
pastiche del siglo XIX construido sobre las ruinas de todo lo anterior. El París romano, el medieval y el renacentista desaparecieron para siempre. La comparación con Ciudad Real, salvando la escala, es demoledora: también es una ciudad del XIX, pero con arquitectura del XX, mucho menos agraciada. La diferencia no estaría en el método, sino en la calidad del resultado.
Ahí entra la tesis de fondo sobre España. No haberse subido al tren de la industrialización en el XIX habría impedido el florecimiento de una burguesía industrial con dinero y ganas de exhibirlo en caprichos arquitectónicos. Barcelona, que sí vivió esa transformación, sería la prueba de que España podía haber estado a ese nivel. El fallo, se argumenta, fue de mentalidad. Y la consecuencia se ve hoy: barriadas donde las calles se trazan «donde les sale de las pelotas» y bloques sin ordenanza que obligue a fachadas con diseño. La belleza urbana, sostiene esta corriente, no requiere fontanas pretenciosas: requiere planificación y gusto.
¿Qué ciudades compiten de verdad con París?
La lista de aspirantes es larga y variada.
Florencia aparece varias veces como favorita, con el sol de la Toscana como argumento difícil de rebatir.
San Petersburgo entra con fuerza: los zares la levantaron desde cero con los mejores arquitectos disponibles, a base de derrochar dinero y masacrar a sus propios ciudadanos —un cuarto de millón solo en las obras de drenado de la laguna—, y el resultado es un centro donde no hay una fachada que desentone. Viena, Caen, Carcasona, Albi, Cordes sur Ciel y hasta Tánger aparecen en la conversación. Roma, se concede, no es tan perfecta pero gana en monumentos.
El clima es el otro frente abierto. Quien vivió allí años lo describe como horrible: frío, nublado de forma constante. No impide que la ciudad sea maravillosa, pero desmonta la idea de paraíso permanente. Y luego está la dimensión más incómoda del asunto: la percepción de inseguridad y de cambio demográfico en determinadas zonas, que varios testimonios sitúan como motivo suficiente para no volver. Es una percepción subjetiva, no un dato, pero pesa en la balanza de quien decide volver o no.
El punto exacto donde el análisis se atasca es este: si el método haussmanniano —derribar entero y reconstruir con orden— produjo el resultado más admirado del urbanismo europeo, ¿por qué resulta hoy políticamente imposible replicarlo? La respuesta que se insinúa no es técnica. Es de mentalidad. Y ahí, con la envidia confesada y el diagnóstico del feísmo como carácter nacional, la conversación se queda sin cerrar.