Lo que en realidad se está gestando en España no es tanto la cansina dicotomía de “rojos y azules” –una especie de revival en sepia de la Guerra Fría doméstica–, sino una fractura mucho más interesante desde el punto de vista socioeconómico: la España de los instalados versus la España de los invitados de piedra.
La primera España –llamémosla con cierta ternura los de la nevera llena– está compuesta por jubilados con pensión blindada por ley divina, funcionarios de oposición rancia y jornada intensiva, invasores paguiteros sempiternos con el condumio asegurado por el estado, rentistas de piso heredado en Chamberí, y empleados con veinte años de inercia en la misma empresa donde ya ni saben qué hacen exactamente, pero siguen apareciendo en la nómina con puntualidad germánica. Son ciudadanos que, habiendo alcanzado una modesta pero sólida seguridad vital, no están dispuestos a alterar ni una coma de su statu quo. Su máxima aspiración política consiste en que nada cambie, que los partidos de siempre gestionen la decadencia con la sobriedad de un mayordomo inglés, y que los lunes sigan siendo lunes, y las cañas sigan costando lo mismo en el bar de siempre.
Frente a ellos, surge la otra España, esa juventud perpetuamente en prácticas, atrapada en contratos de tres meses, con sueldos que se esfuman en alquileres obscenos y que, por lo tanto, ya ni fantasea con reproducirse ni con hipotecarse: ¿para qué hipotecarse por treinta años si no saben dónde estarán trabajando dentro de tres meses? Su vida de consumo se reduce a pequeños placebos: un smartphone financiado a plazos, una suscripción compartida a Netflix, alguna escapada low-cost a Londres para subir fotos en Instagram y, con suerte, una cena de sushi el viernes si el mes ha sido generoso.
Estos últimos empiezan a sospechar que el sistema bipartidista –esa gran maquinaria de alternancia calculada– los considera ciudadanos de tercera o, con más precisión, de saldo. Y de ahí que depositen sus esperanzas en opciones antisistema, en partidos que se autoproclaman heraldos de la regeneración y que les prometen derribar el chiringuito. Claro que, como dicta la experiencia histórica, una vez que estos advenedizos pisan moqueta y descubren las mieles del coche oficial y el café gratis del Congreso, suelen recordar que el sistema, aunque tramposo, es extraordinariamente cómodo para el que se sienta en el sillón.
España ahora se divide entre los que están en la sobremesa con copa de coñac y puro en mano, y los que se han quedado mirando desde la calle, apretando la nariz contra el cristal, preguntándose cuándo malos les van a invitar al banquete.