Cuando el que expulsa mercaderes lo paga un mercader
En la capilla de los Scrovegni, en Padua, un Cristo con el rostro desencajado se abalanza sobre un mercader vestido de morado. A su alrededor, un cordero salta aterrado y un niño se esconde en la túnica de un apóstol. Es la escena que pintó Giotto, y la pagó Enrico Scrovegni: hijo de un prestamista condenado por Dante al séptimo círculo del Infierno. O sea, el mercader expulsado del Templo financió la crítica a los mercaderes para lavar la imagen de su familia. Si eso no es el origen de las fundaciones y los chiringuitos culturales modernos, que baje Giotto y lo vea.
De Padua a Amberes: el dinero siempre encuentra la manera
Un siglo después, Quentin Matsys pintó la misma escena en Amberes, capital del comercio atlántico y de los dineros flamencos. Jesús, con el látigo en alto, a punto de golpear a un mercader tirado en el suelo que escupe monedas; al fondo, los fariseos cuchichean como concejales en un pleno. El cuadro terminó en un gremio o en la casa de un burgués enriquecido. El que fustiga a los mercaderes lo pagaban los mercaderes con el fruto de sus usuras. La hipocresía no es invento moderno, solo se ha perfeccionado.
La versión de Hans Holbein el Viejo, de 1501, es más fría. No hay violencia consumada: Cristo alza el látigo, la mesa está tirada, una jaula con palomas recuerda que la religión era un todo incluido (pagabas la paloma, la vela y el perdón), y los mercaderes se van sin aspavientos. Un apóstol señala las monedas con toda la intención: «mirad, el dinero, no es mío».
El Greco: el mercadillo veneciano ya no tiene remedio
La palma del jaleo se la lleva El Greco en su etapa veneciana, en 1568, hoy en la National Gallery of Art de Washington. Aquí no hay desalojo pacífico: hay un mercadillo en estado de descomposición. Mujeres con el seno fuera (Venecia pura: lo divino y lo carnal en el mismo lienzo), un viejo con una cesta de panes, huevos, conejos y un niño que nace con las monedas de oro ya puestas, como si la codicia fuera hereditaria. El Cofidis de la época no escandalizaba a nadie si llegaba con palomas y un buen escorzo.
Lo curioso es que el meme de «a qué te meto una ostia» que circula sobre el Cristo de Holbein le sirve a casi todos: Giotto está a punto de soltar el puñetazo, Matsys ya tiene el látigo en alto y El Greco convierte la expulsión en una feria. Ocho siglos de pintura para recordar que el dinero y el templo nunca se llevaron bien. Los fariseos siguen al fondo, cuchicheando. Ahora lo hacen en consejos de administración.