Susana y los viejos: el acoso como género pictórico del Barroco
Ningún pintor barroco necesitaba desnudar a Susana para narrar el pasaje bíblico; casi todos lo hicieron igualmente, y con una eficacia comercial que hoy llamaríamos marketing. Entre 1517 y 1655, el episodio del libro de Daniel se convirtió en un filón: dos ancianos acosan a una mujer en su baño, y el resultado cuelga hoy en medio mundo.
El recorrido empieza en los Uffizi con Lorenzo Lotto, que en 1517 tuvo la ocurrencia de incluir en el lienzo los pergaminos con las acusaciones falsas de los viejos: “Preferiría morir antes que pecar”, frente al testigo amañado. Una sentencia judicial pintada antes que la sentencia misma. Luego llegó Tintoretto en 1555-1556: su Susana no es asaltada, sino observada. Espejo, perlas, perfume y una urraca –símbolo de chismorreo– convierten la escena en un manual del voyeurismo.
Rubens facturó al menos tres versiones (1607 en la Galería Borghese, 1610 en la Real Academia de San Fernando y otra en la Alten Pinakothek hacia 1630). La de Roma es la más cínica: un anciano se lleva el dedo a la boca, el gesto universal de “cállate y obedece”. El flamenco, diplomático y cortesano, sabía lo que vendía: culpa y morbo con bendición católica.
En 1610, el mismo año de la versión madrileña, Artemisia Gentileschi firmó su Susana para el castillo de Weissenstein. Nada que ver con la pose. Su mujer tiene los brazos en tensión y la mandíbula apretada; no pide socorro, advierte. Es la diferencia entre pintar el acoso desde fuera y pintarlo desde dentro, y se nota en cada pincelada.
Honthorst cerró el círculo en 1655: la mano del viejo tira del manto blanco de Susana. No hay ambigüedad. Entre medias, Veronese, Guercino, Rembrandt y Jordaens ensayaron sus variaciones: lujo veneciano, pudor contemplativo, terror psicológico o la versión más grotesca, con dos ancianos caricaturescos al acecho.
El coleccionismo como confesión de gustos
Los números fríos delatan a los compradores. El Prado reúne cerca de 90 obras de Rubens, muchas encargadas y compradas por Felipe IV, un monarca que coleccionaba propaganda contrarreformista con un punto de desnudo. La Gemäldegalerie de Berlín, en cambio, posee 20 Rembrandts reunidos por los Hohenzollern, una corte protestante que prefería el drama psicológico al escaparate carnal.
La pregunta incómoda
Cuando un espectador pregunta si era necesario mostrar a Susana como una “mujer impúdica”, la respuesta incomoda: no, no era necesario. Era rentable. El arte barroco vivía del encargo, y los encargos los firmaban hombres con poder que querían ver carne con justificación bíblica. Guercino, considerado “menor” por no vender el morbo, demuestra que se podía contar la historia sin convertir a la víctima en reclamo.
Que los museos sigan colgando estas versiones sin cartela que las explique mantendrá viva la polémica. Pero el lienzo ya ha hecho su trabajo: cuatro siglos después, seguimos discutiendo quién mira a quién.