Miss Universo cambia de canon y aviva la polémica
En el escenario coincidieron una mujer trans que competía por Portugal y una candidata nepalí de complexión ancha, y el asunto admite dos lecturas opuestas: avance de la inclusión o demolición del propio certamen. Miss Universo no es un organismo público ni un jurado soberano. Es un negocio con dueña única, la empresaria tailandesa
Anne Jakrajutatip, que controla el concurso a través del conglomerado multinacional
JKN Global Group.
El detalle societario desmonta cualquier lectura institucional del certamen. La Miss Universe Organization L.P., LLLP responde ante accionistas, no ante ministerios. Quien decide qué cuerpos suben al escenario es una empresa que vende escaparate, y eso explica que el criterio pueda girar en una sola edición sin pedir permiso a nadie.
¿Quién es el dueño de Miss Universo?
Miss Universo pertenece a la Miss Universe Organization L.P., LLLP, sociedad conformada por el conglomerado multinacional JKN Global Group, cuyo capital está en manos de Anne Jakrajutatip. No es un matiz jurídico de folleto: es la razón por la que el certamen cambia de canon cuando le conviene al producto.
Un participante lo resume sin adornos:
Miss Universo es una empresa privada, como si lo organizara una marca de refrescos o una fábrica de embutidos. Nada de misión pública, nada de canon protegido por ley. El concurso se patrocina, se emite y se vende, y su continuidad depende de que el escaparate siga interesando a alguien con presupuesto.
De ahí sale la pregunta incómoda. ¿Hay dinero detrás? La solvencia de la organización ha quedado en el aire: en el debate se pregunta si se había declarado en quiebra y no consta ningún pronunciamiento oficial al respecto. Cuando el negocio es el espectáculo, la cuenta de resultados también es parte del espectáculo.
El doble estándar entre Miss Universo y Mister Universo
El argumento con más recorrido no habla de belleza, sino de asimetría. Se sostiene que los cánones se rompen solo en una dirección: en el certamen femenino se aplauden perfiles que no encajan con el molde histórico, mientras nadie espera ver en Mister Universo a un candidato de mediana edad, con barriga y entradas generosas. La ruptura de esquemas, dicen, solo vale para ellas.
Ese reproche convive con otro todavía más incómodo para el relato inclusivo. Si la visibilidad es el objetivo, se argumenta, falta la mitad del recorrido: no se recuerda a ningún hombre trans compitiendo y menos ganando en Mister Universo, con una cuarta parte del ruido mediático que genera una mujer trans en el certamen femenino. La cuenta no sale por ningún lado y nadie la cuadra.
De la cosificación al escaparate ideológico
Tres o cuatro olas de feminismo después, el símbolo sigue de pie. La ironía circula sin complejos: si la idea era demoler el concurso desde dentro, presentar perfiles que rompen el canon es la vía más rápida,
y hasta ahí la broma. El resultado, en esa lectura, es un ganador inesperado: el certamen que debía morir de vergüenza se ha vuelto a poner en el centro.
Otra corriente tuercen el gesto hacia arriba y señalan a las élites. Producir etiquetas y fricción sería el negocio de siempre, y el escaparate inclusivo una vuelta de tuerca más del mismo mecanismo: se dividen los bandos, se calienta la conversación y se vende atención. Hay quien directamente rebautiza la gala como
Miss Globalismo. Nada nuevo bajo el foco, vienen a decir.
Fajas, filtros y el canon que no se toca
El cuerpo a cuerpo del canon se dirime en detalles poco épicos. Se apunta que la puesta en escena sostiene buena parte del efecto: trajes moldeadores, maquillaje, iluminación y una foto elegida con paciencia. El mismo perfil, sin ese aparataje, no pasaría el filtro de una imagen cotidiana, y ahí es donde la propaganda choca con la báscula.
La réplica llega por el otro flanco. Hay quien reivindica esas complexiones como ideal clásico de mujer fuerte, con curvas y presencia, frente a una estética de pasarela sospechosamente uniforme. No es una defensa del descuido, sino del tipo que durante décadas llenó cines y portadas sin pedir permiso. Lo que se discute, en realidad, es quién define el molde que ahora se dice romper.
Entre las dos posturas queda un consenso mínimo y algo cínico: el concurso ya no vende un solo tipo de cuerpo, pero sigue vendiendo cuerpos. Cambia el catálogo, no el negocio.
El dato que descoloca es ese. Un certamen que presume de romper moldes mantiene dueña única, cuenta de resultados y escaparate global; y el día que el molde deje de vender, cambiará otra vez.