El dilema 'comunismo o miseria' empuja a muchos a elegir miseria
No es una encuesta, pero sirve como retrato de un estado de ánimo. El eslogan «comunismo o miseria: ustedes eligen» pretendía cerrar el asunto en dos segundos; la respuesta real ha sido más matizada, y en buena parte ha escogido la miseria. Esa elección no es un capricho ni un error de cálculo: es la expresión de un miedo mayor al comunismo que a la pobreza.
El mal menor como ideología
Ante un dilema así, el votante anticomunista no se lo piensa: prefiere la miseria antes que el comunismo. El argumento se repite sin vergüenza: si las dos opciones son quedarse sin nada, al menos que sea sin un Estado que le diga qué hacer. La miseria se convierte así en un mal menor elegible, mientras que el comunismo se descarta como un mal absoluto e irreversible.
Pero el lema tiene otra lectura menos amable. Si el capitalismo solo ofrece miseria como alternativa a cualquier cambio de sistema, lo que está haciendo es confesar su propio fracaso como propuesta de bienestar. Los defensores del statu quo venden el empobrecimiento como el precio inevitable de la libertad. No es un argumento; es una rendición.
Capitalismo y abandono mutuo
La parte más incómoda de esta tensión aparece cuando se observa quién lanza el guante y desde dónde. Se dice que el capitalismo convierte a los perdedores en enemigos entre sí: quien paga un alquiler con un sueldo insuficiente desprecia al emprendedor precario; el pequeño negocio ataca al que cobra el ingreso mínimo vital; y el beneficiario de ayudas devuelve el desprecio. Mientras tanto, la propiedad del capital sigue concentrándose en pocas manos.
Ese análisis tampoco acepta al comunismo como remedio: denuncia que es un falso dilema. La tercera vía que reclamaría no es el comunismo ni la miseria, sino un sistema que no obligue a elegir entre el hambre y el mando.
Es probable que la polarización siga creciendo, y que cada vez más gente opte por la miseria como protesta simbólica. Pero el eslogan no pierde el sueño: el comunismo necesita una victoria electoral, mientras que la miseria siempre llega sola.