Sexo y oferta: el deseo femenino medido como un mercado
El deseo sexual femenino no funciona como una copia del masculino. Nadie lo discute en serio, y ahí se acaba todo el consenso: desde esa asimetría se han construido teorías que saltan de la biología evolutiva al cálculo de coste-beneficio, casi ninguna con prueba detrás. Lo llamativo no es la conclusión —el deseo femenino sería más selectivo— sino el método. Se explica el sexo con
metáforas de mercado, como si fuera una subasta con pujas.
La tesis del brócoli: el sexo como obligación tolerada
Una comparación circula por encima del resto: muchas mujeres vivirían el sexo como un hombre cualquiera vive el
brócoli. No repugna, se tolera, y solo se consume a cambio de otra cosa. Quien defiende la idea la lleva hasta el final: si de verdad fuera un trámite desagradable, no se pagaría con dinero y no se buscaría de forma activa. El corolario es incómodo —el placer no siempre estaría en la ecuación— y es justo donde la analogía empieza a crujir.
La contrarréplica: si el acceso sobra, nadie paga
En contra pesa el argumento del exceso de oferta. Si para buena parte de las mujeres el acceso al sexo es mucho más barato —la palabra
sobreoferta aparece tal cual—, no hay motivo para pagar ni para buscarlo activamente: basta con aceptar o rechazar lo que llega. Encaja con el vocabulario económico que domina la discusión: en cualquier mercado, quien maneja la oferta escasa no paga, cobra. De ahí sale la pregunta que envenena el resto: ¿quién fija el precio del deseo?
Por qué se dice que solo una minoría de hombres genera deseo
La versión más dura sostiene que el deseo femenino se concentra en una fracción mínima de hombres. La formulación extrema reduce ese grupo al
10% de la población masculina y deja al
90% restante sin capacidad de despertarlo; con la mitad de ese bloque, como mucho, quedaría el apego o el cariño. No hay dato conocido que respalde semejante reparto, y aun así se presenta como ley natural y no como hipótesis. Como remate, alguien ofrece medio en broma clases particulares sobre cómo hacerlo bien.
El intercambio implícito: sexo, dinero y poder de negociación
Otra corriente abandona la biología y se queda con la aritmética pura: el sexo funcionaría como un intercambio en el que cada parte pone lo que tiene. Quien desea más, paga; quien desea menos, negocia. La versión amable habla de cariño y reciprocidad; la cínica, de un trato
tácito donde el afecto hace de moneda. Las dos se apoyan en observaciones de andar por casa y ninguna resiste una comprobación seria, porque el deseo no se factura ni se audita.
La deriva: quién cuenta como mujer
A mitad de conversación el foco saltó a un asunto administrativo: la autodeterminación de la identidad de género y su reflejo en el Registro Civil. Es un giro que responde a otra discusión —la legal y la identitaria— y que tiene poco que ver con la pregunta de partida sobre el deseo. Pasa a menudo: la pregunta inicial se convierte en excusa para hablar de cualquier otra cosa.
Si algo deja claro el conjunto es que las explicaciones del deseo femenino dicen más de quien las formula que de quien lo siente. Cabe esperar que la próxima hornada vuelva a mezclar biología, economía y metáforas de cocina, y que el resultado suene igual de rotundo e igual de indemostrable. Como predicción, es la más segura de todas.