El plan socialista para pagar la deuda que nadie confiesa
La deuda pública española no se paga: se refinancia. Esa es la conclusión que se impone cuando se repasa con calma el argumentario que sostiene el gasto público en España. El Gobierno de Sánchez acumula meses de récord de recaudación y, aun así, la deuda sigue subiendo. La pregunta que sobrevuela cualquier análisis serio no es si hay plan, sino si alguien tiene intención de ejecutarlo. Porque los números no cuadran: cada español nace, según un cálculo que circula, con una mochila de unos 40.000 euros en forma de debe.
¿Pagar la deuda o refinanciarla hasta el infinito?
La respuesta más repetida entre quienes analizan la economía española es que la deuda no está diseñada para ser pagada. Se emite deuda nueva para cubrir los vencimientos de la anterior, y así sucesivamente. Es el mecanismo que describen algunos analistas cuando hablan de patada hacia adelante. El BCE imprime, los Estados se financian, y el sistema aguanta mientras la confianza no se rompa.
Mientras. Porque el día que los acreedores digan basta, la fiesta se acaba.
Hay quien sostiene que el objetivo real no es otro que mantener el gasto para alargar la estancia en el poder. La deuda sería el instrumento, no el problema. Y mientras tanto, el contribuyente asume que su nómina pasa por Hacienda antes de llegar a su bolsillo.
Más de la mitad de la renta se va en impuestos y cotizaciones, y el gasto sigue sin cubrirse con los ingresos récord.
La anécdota que retrata una mentalidad
Hay una escena que resume mejor que ningún informe la filosofía de fondo. A principios del otoño de 2008, en un programa de radio, un expresidente socialista soltó sin inmutarse que «la deuda está para reconocerla, nunca para pagarla». Añadió que los griegos eran más listos que los españoles por estar tan endeudados. Semanas después, Grecia vivía su particular corralito. La cita, difícil de recuperar hoy, circula como ejemplo de lo que se piensa en ciertos despachos cuando nadie mira.
La deuda, en ese marco mental, no es una carga para quien la emite: es una herramienta de control. Los bancos prestan, los gobiernos se endeudan, y los intereses se pagan religiosamente. ¿Quién gana? El que cobra los intereses. ¿Quién pierde? El que los paga. Y ese, a día de hoy, es el contribuyente español, que además ve cómo su capacidad de decisión sobre su propio dinero se reduce año tras año.
El día que los acreedores paren los pies
La pregunta del millón es qué pasa cuando los mercados dejen de comprar deuda española. La historia ofrece ejemplos: Argentina ha suspendido pagos varias veces y siempre ha vuelto al mercado, eso sí, con intereses más altos. Venezuela, Cuba y otros países han visto cómo su economía se desmorona cuando el crédito se corta. La deuda siempre se paga, dicen los más ortodoxos, porque si corre la voz de que no se paga, nadie presta y la economía vuelve al trueque.
Otros apuntan a que la solución pasa por la inflación. La deuda se licúa con el paso del tiempo y la pérdida de valor del dinero. Es lo que ha hecho Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, con el añadido de que puede exportar su inflación porque el mundo comercia en dólares. España no tiene esa herramienta. Depende del BCE y de la UE, y si la UE se tambalea, el castillo se desmorona.
El capitalismo que no existe y la propiedad que se desvanece
En medio del debate sobre la deuda, surge una derivada incómoda: ¿de verdad vivimos en un sistema capitalista? Hay quien argumenta que la propiedad privada es una entelequia cuando el Estado puede expropiar, cuando Hacienda se lleva más de la mitad de cada nómina y cuando el IBI convierte tu casa en una concesión temporal. El capitalismo, en ese análisis, sería un relato para justificar lo que en realidad es una economía dirigida.
La discusión deriva hacia el control de los ahorros. Algunos sostienen que el siguiente paso será la expropiación de viviendas vacías y depósitos bancarios. No hay pruebas de que eso esté sobre la mesa, pero la desconfianza hacia el sistema financiero y hacia las intenciones del Gobierno alimenta todo tipo de teorías. Lo que sí es un hecho es que la deuda sigue creciendo y que nadie ha presentado un plan creíble para reducirla.
La deuda pública española no se reduce, se gestiona. Y mientras no haya un cambio de rumbo, la predicción más razonable es que siga subiendo hasta que alguien, en algún despacho de Fráncfort o de Bruselas, decida que ya no presta más. Entonces, y solo entonces, se sabrá si había plan o si, como sospechan muchos, el plan era que pagaran otros.