El plan en cinco actos para desactivar a la oposición
El 15-M fue la esperanza, Pablo Iglesias el líder, Podemos el instrumento y el desencanto el fin. La teoría sostiene que el poder fabrica y destruye alternativas para perpetuarse. Ocho años después, el esquema se repite.
Paso 1: canalizar el descontento creando esperanza
La crisis de 2008 dejó un caldo de cultivo. El Movimiento 15-M surgió como una explosión espontánea de indignación. Pero, según una corriente de análisis, el sistema reaccionó rápido: infiltración, grupos subvencionados y desvío de la energía hacia una opción política manejable. El objetivo: evitar que el malestar cristalizara en algo incontrolable.
Paso 2: construir un líder mediático de la nada
Un profesor de universidad, con perfil televisivo y discurso antisistema, emerge como la cara del cambio. Pablo Iglesias, desconocido hasta 2014, se convierte en el depositario de las ilusiones de millones. Los críticos señalan que su ascenso fue demasiado rápido y demasiado favorecido por los medios que decía combatir.
Paso 3: someter a los resistentes
Una vez dentro del tablero, el nuevo partido debe absorber o neutralizar a cualquier escisión. Las bases, los círculos territoriales y las corrientes internas que pudieran desviarse del guion son disciplinadas o marginadas. El control se ejerce desde la cúpula, y la crítica interna es tildada de traición.
Paso 4: destruir la esperanza mediante decisiones absurdas
El líder empieza a tomar medidas contradictorias con su discurso inicial: pactos con el adversario, políticas de austeridad, gestos que huelen a la vieja casta. El objetivo es que los votantes comprueben que «todo es una farsa». Cuando Pablo Iglesias anunció su salida de la política, muchos sintieron que la profecía se cumplía.
Paso 5: la misión cumplida y el ciclo que se repite
«Desarticulada. Ya podemos empezar a mostrar la realidad. Circulen, circulen». Con ironía, algunos celebraron que la oposición real quedaba descabezada. Pero la teoría se ha trasladado a otros actores: Ciudadanos, Vox, incluso el propio sanchismo. Cada nueva fuerza que promete regeneración acaba engullida por el sistema. La pregunta es si el esquema es una conspiración deliberada o la lógica inevitable de un régimen diseñado para autoperpetuarse.
¿Y ahora qué?
La desafección política alcanza cotas históricas. La participación cae y el voto se fragmenta. Quienes creyeron en el cambio se enfrentan a un dilema: abstenerse o volver a ilusionarse con el próximo mesías que el aparato permita emerger. ¿Hasta cuándo se alargará este bucle?