Cotorras: balines, veneno o esperar al ayuntamiento
¿Se pueden eliminar las cotorras argentinas de una ciudad española sin acabar en comisaría? Esa es la pregunta que abre el asunto. La respuesta corta: legalmente, casi nada está en manos del particular. La respuesta larga ocupa cien mensajes y va del aire comprimido al veneno para caracoles, pasando por un búho, un terodáctilo y un pájaro disecado clavado a lo Vlad Tepes. El problema de fondo es que la cotorra argentina es una especie invasora que arrasa nidos de aves autóctonas, y el ciudadano medio no tiene ninguna herramienta reglada para tocarla.
Qué se puede hacer legalmente contra las cotorras
La vía que aparece con más consenso es la administrativa: informarse en el ayuntamiento sobre la retirada de nidos cercanos y encargar el trabajo a un podador profesional. Es lento, es caro y depende de que el consistorio tenga un plan activo de reducción de población. Cuando no lo tiene, el vecino se queda mirando la palmera.
El aire comprimido es la tentación obvia y la peor idea. Un disparo de balines en la vía pública tiene dos problemas: el primero es que si no se tira en ángulo ascendente el proyectil puede acabar en cualquier sitio; el segundo es que el ciudadano español medio, se argumenta, está lo bastante crispado como para llamar a la policía y acabar uno multado o detenido. El placer cinegético no compensa el expediente.
El truco del pájaro disecado y otras técnicas de huerta
La experiencia más detallada que circula viene de la huerta y de las urracas, primas cercanas en inteligencia. Los espantapájaros, los cedés colgando y las latas que suenan dejan de funcionar en dos días: el animal se acostumbra. Lo que sí funcionó fue esperar al amanecer escondido, abatir una y dejarla expuesta con las alas abiertas en medio del terreno. A partir de ahí, ninguna se arrimó.
El problema es que ese método exige matar una, y matarla exige un arma, y tenerla exige licencia. La cadena se rompe en el primer eslabón legal.
El veneno casero que se está compartiendo
Hay quien propone metaldehído al 3%, el principio activo de los anticaracoles de toda la vida. La receta que circula: empapar pan duro en una disolución, dejarlo secar y sacarlo a la terraza o la ventana varios días seguidos. Se sostiene que la población se reduce hasta cero.
Conviene decirlo claro: usar un plaguicida así, fuera de sus condiciones autorizadas y sobre aves, es un delito contra la fauna y un riesgo para cualquier otro animal que pase por allí, incluidos gatos y rapaces. La receta se comparte como si fuera un remedio de abuela, pero es un veneno sin control.
Por qué el búho no funciona y el halcón tampoco
La solución biológica suena elegante: meter un depredador. En una ciudad es complicado tener un búho, y las rapaces urbanas que ya existen —halcones peregrinos, ratoneros, milanos— no se especializan en cotorras. El milano es un cazador mediocre y no se mete en un nido de animales gregarios que se defienden en grupo. Las cotorras están, según se sostiene, entre los diez animales más inteligentes del planeta: trabajan en equipo y conocen su terreno.
En el medio rural la presión es otra: zorros, gatos asilvestrados, mustélidos y ratas que roban huevos. Aun así, la especie no se expande por el campo. No es su hábitat óptimo, de momento.
El trasfondo: una especie invasora que nadie quiere tocar
El asunto deriva pronto a la política. Una parte del análisis sostiene que el ecologismo institucional ha decidido que exterminar especies invasoras no es aceptable, aunque arrasen con las locales, y que eso deja a los ayuntamientos sin herramientas. Otra corriente responde que el problema no es ideológico sino económico: urbanizar cada metro de litoral o esquilmar acuíferos tiene consecuencias sobre la fauna, y luego nadie quiere asumirlas. En medio, el dato incómodo: hay quien sostiene que en el Reino Unido los ayuntamientos pagan por ejemplar de especie invasora eliminado, y aquí no.
El autor del mensaje inicial acabó resolviendo su caso concreto a pedradas durante un par de fines de semana. Las cotorras se mudaron a otro lado. Siguen proliferando, siguen ocupando el nicho de otras especies y siguen chillando a las siete de la mañana. Todo en orden.