Cuatro paradas y doce días en coma antes de perder manos y pies
Carla, una joven valenciana, entró a un quirófano a que le quitaran un bulto en la ingle y salió, semanas después, sin manos ni pies. Entre medias,
cuatro paradas cardíacas,
doce días en coma inducido y una necrosis en las extremidades. La operación, según su propio relato, había salido bien: esa misma noche fue a un concierto con su novio y unos amigos. El caso, replicado sin descanso, ha reabierto la discusión sobre las infecciones que se contraen dentro de los hospitales y sobre lo poco que se habla de ellas.
De un bulto en la ingle a la amputación de manos y pies
El relato de la afectada describe un rosario de pruebas sin diagnóstico claro. «Me sondaron, me pusieron gafas nasales, me picaban los ojos y me dijeron que tenía un virus», cuenta. El problema real era
una bacteria agresiva que le infectó todo el cuerpo y le provocó hasta cuatro paradas cardíacas. «A mis padres les llegaron a decir que entraran a la habitación para despedirse de mí», explica. La infección, sumada a los fármacos que la combatían, derivó en una necrosis que obligó a amputar.
Lo llamativo no es solo la gravedad. Es que había entrado al quirófano por algo que ella misma califica de menor. De ahí al callejón sin salida hay un trecho que muchos miran ahora con lupa.
El protocolo que se salta a diario: móviles, bolsos y rejillas tapadas
En un quirófano, el aire no es un detalle. Se habla de instalaciones con
30 renovaciones por hora, filtros electrostáticos, manta de aceite y germicida, sistemas que cuestan una millonada para mantener el aire limpio. Y, según varios testimonios, ese despliegue convive con escenas difíciles de defender: rejillas de ventilación forzada tapadas con folios y celo porque alguien tenía
biruji, estudiantes entrando con el bolso de la calle, teléfonos sobre la camilla con el paciente abierto, personal saliendo a fumar a media intervención.
El móvil en el quirófano genera división. Hay quien recuerda que grabar operaciones es práctica docente habitual y figura en el consentimiento informado. Hay quien sostiene que un teléfono es, literalmente, una bomba bacteriológica. Y hay una tercera voz que rebaja la alarma: lo que debe estar estéril es el campo quirúrgico, el riesgo cero no existe ni duchándose en alcohol, y pocas cosas pasan para lo que se ve dentro de una zona quirúrgica.
La lista de riesgos que se enumeran no se queda ahí: aislamiento eléctrico deficiente, máquinas de anestesia sin revisar durante años, bombas de perfusión sin calibrar, lámparas que caen y goteras de aguas negras. Nada de esto procede de un informe oficial; son relatos de quien dice haberlo visto por dentro.
Linezolid y vancomicina: cuando el antibiótico también ataca
Una idea recorre la discusión con insistencia: a veces no mata la bacteria, mata el antibiótico. Se citan dos nombres,
linezolid y
vancomicina, descritos como nefrotóxicos, capaces de deteriorar el riñón en cuestión de días. La advertencia la firma quien dice haberlo visto de cerca en dos casos. Ningún dato permite atribuir esa causa al caso concreto de la joven valenciana, pero apunta a una realidad que las farmacias hospitalarias conocen bien: la línea entre curar y dañar es fina.
Público y privado: la misma ruleta
«En la privada no hay bacterias y salvan a todo el mundo». La ironía resume una creencia muy extendida: que el hospital privado es un refugio estéril. Las infecciones nosocomiales existen desde que existen los hospitales, y son superbichos que campan a sus anchas con independencia de quién sea el dueño del centro. «Es un problema de sorteo: te toca o no te toca», resume un testimonio. Gente que ingresa por una tontería y sale en un ataúd, dicen, ha habido toda la vida.
Lo nuevo no es la infección. Es la sensación de que el problema crece mientras se le resta importancia.
Meningitis confundida con una violación en Cádiz
El caso no está solo. Se cita uno fechado el
9 de mayo de 2023: una niña de
14 años fallecida en el Hospital Virgen del Camino, en Sanlúcar de Barrameda. Su familia denunció que los sanitarios confundieron una meningitis con una violación y que, al creer que la habían drogado y agredido, se perdió un tiempo que resultó vital. Según esa denuncia, el diagnóstico erróneo retrasó el tratamiento real. Otro episodio que se menciona: una paciente atada a una cama durante
75 horas en el Huca antes de morir de meningitis. Son casos distintos, pero comparten el mismo patrón de fallo en la primera línea.
El bulo de la vacuna como explicación universal
No faltó, cómo no, el atajo. Una parte del público atribuye estas historias a supuestos efectos de las vacunas contra la covid y a un presunto grafeno en sueros y anestesias. Es una hipótesis
sin ninguna prueba que la respalde: ningún dato liga esos elementos con amputaciones ni con infecciones hospitalarias. Conviene decirlo sin rodeos, porque el terreno de la salud es fértil para las explicaciones fáciles. Las infecciones nosocomiales y el uso de antibióticos nefrotóxicos son un problema serio y documentado; no necesitan una conspiración encima.
Queda el dato desnudo. Una joven entra por un bulto y sale sin manos ni pies. ¿Cuántos casos así no llegan nunca a los medios? Nadie parece tener la cifra. Y mientras esa cifra no exista, cada discusión sobre la calidad de la sanidad seguirá librándose a ciegas.