Un forero afirma que cientos de empresas cierran por la ley animalista
Un criador que empezó con cuatro pájaros en una cochera y hoy es referente de la ornitología española. Una tienda con veinte años de antigüedad que echa la persiana. Otra que ha dejado de vender animales y solo despacha pienso y juguetes. Ese es el paisaje que, según un participante en un debate de foro, dibuja el sector tras la entrada en vigor de la nueva normativa de bienestar animal, una ley que, según quienes la conocen de cerca, está vaciando de contenido un negocio que daba de comer a miles de familias. España, que venía de ser potencia mundial en ornitología —solo italianos y belgas se le adelantaban en los campeonatos internacionales—, ve ahora cómo sus criadores apagan las luces.
El goteo de cierres que nadie cuantifica
La primera consecuencia es la más visible:
tiendas que cierran. No hay un registro oficial de cuántas, pero el relato que se repite es el mismo. Una tienda con dos décadas de actividad bajó la persiana en Navidad. Otra ha reconvertido el negocio y ya solo vende alimentación y accesorios, nada de animales vivos. Detrás de cada cierre hay una cadena: el fabricante de jaulas, terrarios y peceras que se queda sin pedidos; el distribuidor que revendía; el empleado de mostrador que engrosa las listas del paro.
La ley, aún en tramitación parlamentaria según quienes siguen el proceso de cerca, ha generado un efecto de anticipación. Muchos negocios no esperan al texto final: se adaptan o desaparecen.
Lo que hay es lo que hay, resume una de las posturas más repetidas: si no se pueden vender animales, se vende otra cosa o se cierra.
¿Qué pasa con los criadores y los veterinarios?
El impacto no se queda en el mostrador. Los criadores profesionales suelen someter a sus animales a análisis periódicos —detección de megabacterias en heces, controles sanitarios— que generan un flujo constante de trabajo para las clínicas veterinarias especializadas. Sin criadores, ese flujo se corta. El argumento que circula es sencillo: si no hay cría legal, no hay visitas al veterinario, no hay análisis, no hay prevención.
Hay quien va más allá y sostiene que la propia supervivencia de ciertas especies depende de la afición. Varios especialistas en acuariofilia habrían señalado que cientos de especies de peces desaparecieron de sus hábitats naturales y solo siguen existiendo en acuarios privados. Si la afición desaparece, esas especies se extinguen. La respuesta de cierto activismo, según este relato, sería que
mejor que se extingan antes que vivir en una pecera. El debate, entonces, deja de ser sobre el bienestar del animal y pasa a ser sobre quién decide qué es una vida digna.
El frente político: bulos, plazos y votos
La discusión derivó pronto en un choque sobre los hechos. Una parte sostiene que la ley todavía no está publicada, que está en el Senado, y que hablar de cierres en presente es difundir bulos. Otra responde que el texto es un
aborto legislativo cuyas consecuencias nefastas son previsibles aunque aún no esté en el BOE. La acusación cruzada de «bulos» se ha convertido en arma arrojadiza: unos la usan contra el Gobierno, otros contra quienes critican la ley sin esperar al texto definitivo.
En paralelo, la conversación se tiñe de cálculo electoral. Hay quien pronostica que los afectados —criadores, dueños de tiendas, empleados— votarán contra quien impulsó la norma. Y hay quien recuerda que buena parte del sector, según se afirma, votaba a las mismas formaciones que ahora legislan contra su actividad.
Aprenderán a disfrutar de lo votado, sentencia una de las intervenciones más repetidas.
El negocio que se va y el que se queda
No todos los subsectores caen igual. La venta de peces parece tener una excepción en el texto, según se desprende de la discusión. Las tiendas de acuariofilia podrían sobrevivir; las de aves, reptiles y pequeños mamíferos, no. Esa asimetría genera agravios comparativos: ¿por qué un pez sí y un periquito no?
El argumento de fondo que recorre todo el asunto es el de la contribución a la sociedad. Una corriente sostiene que quien lucra con el sufrimiento animal no merece pena alguna. Otra responde que un periquito o un hámster viven mejor en una casa que en la naturaleza, y que la ley no va de bienestar animal sino de
someter al individuo mediante capas sucesivas de regulación.
El dato que descoloca no es cuántas tiendas han cerrado, sino cuántas siguen abiertas sin que nadie sepa por qué. La ley avanza, los plazos se estiran y el sector se apaga sin que exista un recuento oficial. Cuando llegue, quizá ya sea tarde para contarlo.