Inmobiliaria: Chrysler, la joya 'art déco' de Manhattan Un grupo de inversores ha comprado la torre de Manhattan por apenas 235 millones de dólares.

Chrysler, la joya 'art déco' de Manhattan Un grupo de inversores ha comprado la torre de Manhattan por apenas 235 millones de dólares.
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Un grupo de inversores liderado por Tishman Speyer ha cerrado la compra del edificio Chrysler de Manhattan por unos 235 millones de dólares, más el alquiler del terreno, que ha renegociado a la baja por 150 años. El plan es restaurar y modernizar una torre art déco de 1930 que hoy tiene la mitad de sus oficinas vacías.

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Un grupo de inversores liderado por Tishman Speyer ha cerrado la compra del edificio Chrysler de Manhattan por unos 235 millones de dólares, más el alquiler del terreno, que ha renegociado a la baja por 150 años. El plan es restaurar y modernizar una torre art déco de 1930 que hoy tiene la mitad de sus oficinas vacías.

Hay edificios que se compran por lo que valen y otros que se compran por lo que significan. El Chrysler Building pertenece a la segunda categoría, aunque el precio que acaba de pagar el consorcio encabezado por Tishman Speyer —unos 235 millones de dólares— diga más bien lo contrario. La operación incluye algo que no aparece en la escritura de la torre: el suelo sobre el que se levanta pertenece desde 1902 a Cooper Union, una universidad privada que no lo vende, solo lo alquila a muy largo plazo y destina los ingresos a becar a sus estudiantes. Ese arrendamiento se ha renegociado a la baja y se ha firmado por 150 años.

El edificio se terminó en 1930. Lo levantó el arquitecto William Van Alen para Walter P. Chrysler, el rey del automóvil, con la ambición de coronar Manhattan. La leyenda dice que Van Alen izó en secreto una aguja de acero por el hueco del inmueble para superar los 1.046 pies, unos 319 metros, y arrebatarle el título de más alto del mundo a la sede del Banco de Manhattan. Conservó el récord menos de un año, porque el Empire State lo superó en 1931. Pero la corona de arcos concéntricos de acero inoxidable, las gárgolas con forma de águila y los motivos inspirados en los tapacubos de los coches de la marca ya habían hecho algo más difícil de arrebatar: entrar en el imaginario colectivo.

De símbolo del optimismo a oficina con goteras

El Chrysler nació como emblema del art déco y de la era del motor, en plena Gran Depresión. Aparece en novelas de Kurt Vonnegut, en películas de superhéroes, en fotografías de Annie Leibovitz, en los créditos de *Sexo en Nueva York* y en musicales como *Annie*. En el vestíbulo sobrevive el mural que pintó Edward Trumbull. Esa fama no ha impedido que el edificio envejeciera mal.

La posguerra trajo el cristal y el acero, y con ellos la búsqueda de luz natural. El Chrysler se quedó con ventanas pequeñas, poca luz, una distribución hostil para la época de los despachos abiertos y grandes salas transparentes. Sus rivales modernos de la zona cobran hoy tres y cuatro veces más por metro cuadrado. El edificio arrastra mala cobertura para los móviles, ascensores que se paraban constantemente, goteras y problemas serios de plagas y cañerías. En 1978 fue declarado monumento histórico de Nueva York, pero para entonces las instalaciones que un día deslumbraron al mundo ya pedían una inversión que no llegaba.

La propiedad tiene una historia de manos larga. Tras la muerte de Walter Chrysler en 1940, el edificio quedó en manos de su familia, que lo vendió en 1953 al promotor William Zeckendorf. En 1957 pasó a los inversores Sol Goldman y Alex DiLorenzo. En 1979 lo compró Jack Kent Cooke y a finales de los noventa lo controló Tishman Speyer. En 2008, el fondo soberano Abu Dhabi Investment Council pagó más de 800 millones de dólares por el 90% de la propiedad.

El precio que revela el estado del inmueble

Una década después, en 2019, la inmobiliaria RFR, del inversor Aby Rosen, junto con el grupo austríaco Signa, recompró el edificio por apenas 150 millones. Ese precio no solo reflejaba el deterioro del inmueble y el coste de la reforma pendiente. También dejaba a la vista el comportamiento del suelo en Manhattan: en 2018 el alquiler del terreno rozaba los ocho millones de dólares, pero se disparó por encima de los 30 millones y podía haber llegado a 40 millones en el año siguiente.

Hoy la mitad de las oficinas del Chrysler están vacías. La torre tiene localización extraordinaria, a pocos minutos a pie de la estación de tren de Grand Central, pero eso no basta cuando el producto no compite. El comprador ha prometido una reforma completa: oficinas, ascensores, vestíbulo, fachada y la emblemática corona. El responsable de la empresa lo resumió en The New York Times con una frase que explica por qué alguien paga por un edificio viejo: «Vamos a modernizar toda la infraestructura del edificio, ya sea renovando por completo los ascensores o puliendo el acero inoxidable de la parte superior para que brille. Porque éste es un edificio que cada neoyorquino siente como propio. Porque cuando lo ves en el horizonte, es tu edificio».

Entre los planes está convertir el piso 61, el de las gárgolas, en un club social con restaurante y terraza abierta a todos los inquilinos. También añadirá gimnasio y espacios recreativos. La operación llega en un momento en que la demanda de oficinas en Manhattan está en su punto más alto desde principios de siglo, impulsada por empresas relacionadas con la inteligencia artificial y firmas de Wall Street, y con limitaciones regulatorias para construir nuevos espacios en la zona.

Lo que se paga por el suelo, no por el ladrillo

Conviene separar dos cosas que la operación mezcla. Los 235 millones de dólares corresponden a la compra de la propiedad, pero el suelo sigue siendo de Cooper Union y su alquiler se suma a la factura. La universidad no vende: arrienda a muy largo plazo y usa esos ingresos para becar a sus estudiantes. Es un modelo poco común en el mercado inmobiliario y explica por qué el edificio ha cambiado de manos tantas veces sin que nadie haya podido comprar el terreno bajo sus cimientos.

El comprador ha renegociado ese alquiler a la baja y lo ha firmado por 150 años. Es la parte del acuerdo que no sale en los titulares y que probablemente decide si el negocio sale bien o mal. Restaurar una torre de 1930 con la mitad de las oficinas vacías no es barato. Modernizar ascensores, fachada y corona, y convertir el piso 61 en un club social, exige una inversión que solo se recupera si los inquilinos vuelven y pagan rentas comparables a las de los edificios vecinos.

La pregunta de fondo es si el aura del Chrysler se puede monetizar. La torre tiene carisma, historia y una silueta reconocible en todo el planeta. Eso no basta en 2026. Pero tampoco es irrelevante: en una ciudad llena de construcciones extraordinarias, ser el edificio que cada neoyorquino siente como propio es un activo que no aparece en ningún balance. El consorcio apuesta a que, con la reforma adecuada, ese activo acabe traduciéndose en contratos de alquiler.

La operación inmobiliaria no está exenta de riesgo. El mercado de oficinas de Manhattan ha dado señales de recuperación, pero también ha pasado años de vacantes altas y cambios de hábitos de trabajo. Cualquier decisión de inversión en ladrillo debería tomarse con asesoramiento profesional y con los números propios sobre la mesa, no con los del vecino.

Datos clave
  • Tishman Speyer y sus socios compran el edificio Chrysler por unos 235 millones de dólares y firman el alquiler del suelo por 150 años.
  • El suelo pertenece desde 1902 a Cooper Union, que no lo vende y lo arrienda a muy largo plazo para becar a sus estudiantes.
  • El edificio se terminó en 1930, midió 1.046 pies (unos 319 metros) y perdió el récord de altura frente al Empire State en 1931.
  • En 2019, RFR y el grupo austríaco Signa lo recompraron por apenas 150 millones de dólares.
  • La mitad de las oficinas de la torre están vacías y el plan incluye reformar ascensores, fachada, corona y convertir el piso 61 en club social.
Fuente: elmundo.es
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Auge, caída y resurrección del edificio Chrysler, la joya 'art déco' de Manhattan
Un grupo de inversores ha comprado la torre de Manhattan por apenas 235 millones de dólares. Aspira a reformar y modernizar una propiedad legendaria pero mal cuidada y que ahora tiene la mitad de sus oficinas vacías

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Auge, caída y resurrección del edificio Chrysler, la joya 'art déco' de Manhattan
Un grupo de inversores ha comprado la torre de Manhattan por apenas 235 millones de dólares. Aspira a reformar y modernizar una propiedad legendaria pero mal cuidada y que ahora tiene la mitad de sus oficinas vacías

Chrysler Nueva York
El edificio Chrysler, al atardecer.Carlos García Pozo

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3 comentarios
Pablo R. Suanzes
Pablo R. Suanzes
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Actualizado Miércoles, 14 octubre 2026 - 21:30
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A finales de los años 20 del siglo pasado, todo parecía posible. Los anglosajones usan la expresión The sky is the limit para decir que en el país de las oportunidades, del sueño americano, cualquier cosa está al alcance de la mano para quien tenga ideas, voluntad y fe, pues la fortuna siempre sonríe a los audaces. Pero en el caso del skyline de Manhattan, la expresión, hace 100 años, era literal. Sólo las estrellas eran el límite.

En 1930, el arquitecto William Van Alen levantó para el multimillonario Walter P. Chrysler, rey de los automóviles, una torre que aspiraba al título deedificio más alto del mundo. La idea original había sido de William H. Reynolds, quien estaba detrás del famoso parque de atracciones de Connie Island. Pero Chrysler se quedó el proyecto y lo enriqueció con sus sueños. Según la leyenda, Van Alen montó en secreto una aguja de acero dentro del hueco del edificio y la izó casi de golpe para romper los 1.046 pies (unos 319 metros), logrando la proeza y destronando a la sede del Banco de Manhattan.

En realidad, conservó el récord menos de un año, porque el Empire State lo superó en 1931, pero ya había dejado su marca imborrable en el imaginario colectivo, con sus arcos concéntricos de acero inoxidable, las gárgolas en forma de águila y los motivos inspirados en los tapacubos de los coches de la marca. El edificio se convirtió en el emblema del art déco, de la era del automóvil y el motor, del dominio del hombre sobre la naturaleza. Símbolo de exuberancia y modernidad, de esperanza y potencia en plena Gran Depresión, hizo que la silueta de Manhattan fuera y sea reconocible en todo el planeta. Y se volvió parte de la cultura popular. En las novelas de Kurt Vonnegut, las películas de superhéroes, en las fotografías de Annie Leibovitz, en los créditos de Sesso en Nueva York, en parte de la letra de musicales como Annie. O por el legendario mural de Edward Trumbull que sobrevive en el hall.

Si el auge fue espectacular, inmediato, la caída, en cambio, fue lenta y dolorosa. El mundo de la posguerra, tras la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, las trincheras, se volvió de cristal y acero, en busca de luz. La historia del edificio está marcada por la rivalidad y la ambición. También maldita, en cierto modo. El récord de altura duró poco, el arquitecto nunca cobró íntegramente sus honorarios y acabó enemistado con Chrysler. En 1978, el edificio fue declarado monumento histórico de Nueva York, pero ya para entonces las instalaciones que una vez deslumbraron al mundo habían quedado obsoletas y necesitadas de una inversión y un mantenimiento que no llegaba.

Las empresas del siglo XXI han huido de un edificio de localización extraordinaria, pero demasiado viejo, con mala cobertura para los móviles, ascensores que se paraban constantemente, goteras y serios problemas de plagas y cañerías. Tiene, además, ventanas pequeñas, poca luz natural, una planificación hostil para la época de los despachos abiertos y las grandes salas transparentes, y no puede competir con las increíbles instalaciones de sus rivales más modernos en la zona, que cobran hoy tres y cuatro veces más por metro cuadrado. El Chrysler tiene la fama, el carisma, el aura, pero eso no basta en 2026.

La propiedad tiene una particularidad adicional: el terreno sobre el que se levanta pertenece desde 1902 a Cooper Union, una pequeña universidad privada que no lo vende, sino que lo alquila a muy largo plazo y que con los ingresos beca a sus estudiantes. Tras la gloria de Walter Chrysler, en 1940, el edificio quedó en manos de su familia, que lo vendió en 1953 al promotor inmobiliario William Zeckendorf. En 1957 pasó a los inversores Sol Goldman y Alex DiLorenzo. En 1979 lo compró Jack Kent Cooke y, a finales de los años 90, pasó a manos de Tishman Speyer, un gigante del ladrillo.

En 2008, el fondo soberano Abu Dhabi Investment Council adquirió el 90% de la propiedad al pagar más de 800 millones de dólares. Pero apenas una década después, en 2019, el edificio fue recomprado por la inmobiliaria RFR, del inversor Aby Rosen, junto con el grupo austríaco Signa, por apenas 150 millones. Un precio que refleja el estado de la propiedad, el coste de la renovación que necesita... y también pone de manifiesto la burbuja del suelo de Manhattan. En 2018 el alquiler del suelo rozaba los ocho millones de dólares, pero subió de golpe por encima de los 30 y podría haber llegado a 40 millones el año que viene.

En esos años, la gloria se ha desvanecido y, en una ciudad repleta de construcciones extraordinarias, la mitad de las oficinas están vacías. Al menos hasta ahora. Este mes Tishman Speyer y sus socios han cerrado por fin un acuerdo para volver a asumir el arrendamiento del terreno por 150 años con la intención de restaurar el inmueble y modernizar los servicios, pagando unos 235 millones, más lo que cueste el alquiler, que ha renegociado a la baja. Y ha prometido una reforma completa. No sólo las oficinas, ascensores o el hall, sino la reaccionarioda y la emblemática corona, aprovechando que la demanda de oficinas en Manhattan está este año en el momento más alto desde principios de siglo, impulsada por empresas relacionadas con la IA y firmas de Wall Street. Y por las limitaciones regulatorias para la construcción de nuevos espacios en la zona.

«Vamos a modernizar toda la infraestructura del edificio, ya sea renovando por completo los ascensores o puliendo el acero inoxidable de la parte superior para que brille. Porque éste es un edificio que cada neoyorquino siente como propio. Porque cuando lo ves en el horizonte, es tu edificio», la ha dicho el responsable de la empresa a The New York Times. Entre los planes está convertir el piso 61, el de las gárgolas, en un club social con restaurante y terraza abierta a todos los inquilinos del edificio. También añadirá gimnasio y espacios recreativos, multiplicando el atractivo de una propiedad que se encuentra a pocos minutos a pie de la estación de tren de Gran Central. Un lujo y un atractivo enorme para quienes viven en las afueras y tienen que desplazarse cada mañan
 
Debe de tener encima unos gastos de mantenimiento y de reforma infernales por haberla vendido tan barata.

En España le hubiesen plantado fuego antes de venderla.


La reforma pesa, pero el gran motivo del precio está en un detalle del artículo que pasa casi desapercibido: el suelo no es del edificio. Es de Cooper Union, una universidad que lo alquila desde 1902 y no lo vende. Quien "compra" el Chrysler compra el derecho a explotar el edificio y, con él, la obligación de pagar ese alquiler del suelo durante décadas.

Y ese alquiler es lo que hundió el valor. Según el propio artículo, pasó de unos ocho millones al año en 2018 a más de 30, con previsión de llegar a 40. Eso es lo que explica el desplome de los 800 millones que pagó el fondo de Abu Dabi en 2008 a los 150 de 2019. Un edificio medio vacío, con alquileres de oficina baratos porque está anticuado, y teniendo que pagar 30 o 40 millones al año por el suelo, vale muy poco por mucho icono que sea.

Por eso la clave de esta operación no son los 235 millones, sino que han renegociado a la baja ese alquiler del suelo para 150 años. Con un coste fijo más bajo y una reforma que permita cobrar alquileres modernos, las cuentas sí salen. Es el mismo problema que tienen muchos edificios con derecho de superficie en España: el valor depende mucho más de las condiciones del contrato del suelo que del propio inmueble.
 
La torre Moeve en la Castellana, la compró Cajamadrid por 800 millones. Luego la vendió por 380.

Tiene una superficie de 108.000 m2 de oficinas.

Si hicieran pisos de 108 metros cuadrados, saldrían 1000 a un precio de 380.000 euros cada uno.

En un rascacielos en plena Castellana.
 
Yo subi a la azotea y lo que se veia estaba bien.

Me parece muy barato. Algo raro debe haber.
Solo el suelo puede valer eso.
 
bonito edificio; de los que no me importaria tener un apartamentillo en los pisos d ela mitad para arriba,
 

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