España, tercer mundo: el diagnóstico de un tuit
La idea de que España se está convirtiendo en el tercer mundo ha dejado de ser una salida de tono para instalarse en la conversación. Un mensaje del comentarista Víctor Riverola i Morera —«España es un país del tercer mundo»— sirvió de detonante. El eco fue inmediato. Lo discutible no es el diagnóstico en sí, sino convertir un juicio de percepción en un hecho medible.
¿Qué sostiene el diagnóstico?
El argumento central es simple: España estaría degradándose hacia categorías que hasta hace poco se asociaban a economías en desarrollo. En el foro, un participante aseguraba que «hasta los rumanos» le dicen que España «se está convirtiendo en el tercer mundo», y otro zanjaba que «ya es» tercer mundo. La etiqueta, en todo caso, no procede de ningún informe oficial ni de un organismo estadístico, sino de una comparación informal. La misma palabra, puesta en un titular, pesa mucho más que puesta en un análisis.
El giro hacia la inmigración
El foco se desplazó pronto hacia el fenómeno migratorio. Un participante sostuvo que, si las pateras llegasen con ese perfil, las feministas protestarían contra la inmigración; es un argumento recurrente que mezcla percepciones de inseguridad con datos que no siempre lo respaldan. La discusión, en cualquier caso, se movió casi siempre en el terreno de las impresiones.
Cuando el debate se va por las ramas
Hubo un desvío revelador. Buena parte de la atención terminó centrada en la propia protagonista —su aspecto físico— y no en el fondo del asunto. Otro testimonio aportado hablaba de un viaje a Tallin: el casco antiguo de la capital estonia por la noche, decía, recordaba más a Lima que al Báltico. Impresión, otra vez, no medición.
Si la etiqueta cuaja, no será por un mensaje suelto. Cabe esperar que el relato se corrija cuando los indicadores acompañen, aunque nada garantiza que la percepción siga a los datos: cuando el tercermundismo se convierte en marco mental, los números llegan tarde.