Ejecutado a tiros en la puerta de la comisaría de Balmes: la crónica de un Estado que pierde el control
Un hombre fue abatido de un disparo en la cabeza a las puertas de la comisaría de la Policía Nacional en la calle Balmes de Barcelona, en plena visita del Papa a la ciudad. La imagen de la sangre en el suelo se ha convertido en el símbolo de una deriva que muchos ciudadanos llevan años denunciando: la impunidad del crimen organizado y la incapacidad de las fuerzas de seguridad para prevenirlo.
Una ejecución profesional a plena luz del día
El miércoles pasado, sobre las 11:00 horas, un sicario se acercó a un joven que salía de la comisaría de la calle Balmes y le disparó en la cabeza. El asesino abandonó el arma y el teléfono móvil –probablemente para evitar ser geolocalizado–, huyó a pie y, a día de hoy, sigue en paradero desconocido. La policía ha bautizado la investigación como
«Caso Diamante».
La víctima, de nacionalidad serbia, tenía una Orden Europea de Detención emitida por Bélgica y varias identidades falsas. Según ha trascendido, pertenecía a redes de narcotráfico de los Balcanes. Se especula con que el ajuste de cuentas está relacionado con enfrentamientos entre clanes montenegrinos asentados en Cataluña.
La pregunta incómoda: ¿dónde estaba la policía?
La comisaría de Balmes no tiene habitualmente agentes en la puerta, según varios vecinos. Durante la visita del Papa, la ciudad estaba blindada con miles de efectivos, pero eso no impidió que un sicario actuara a plena luz del día frente a una dependencia policial. La ironía no se le escapa a nadie: «Que alguien llame a la policía… un momento, somos nosotros», escribió un testigo.
La sensación de indefensión crece. Algunos analistas hablan de que la delincuencia organizada ha perdido el miedo a la autoridad. «Se ve que el sistema es aterrador para el delincuente», ironizaba un residente. Mientras, las cifras de tiroteos en Barcelona van en aumento, con dos ejecuciones en la misma semana.
Miedo a la mexicanalización y respuestas extremas
El debate sobre la seguridad en España se ha envenenado. Una parte de la población teme que el país derive hacia un escenario como el de México o Venezuela, con carteles y sicarios campando a sus anchas. «O se para esto o somos México en cinco años», se lee en las redes. Otros, más radicales, abogan por la «remigración» –térulo que algunos usan para justificar expulsiones masivas– e incluso por medidas violentas contra ciertos colectivos.
Sin embargo, el análisis objetivo muestra que los homicidios en España siguen muy por debajo de la media latinoamericana, pero la percepción de inseguridad está disparada. La concentración de crímenes violentos en zonas como Barcelona, sumada a la sensación de impunidad, alimenta la desconfianza en las instituciones.
Un final abierto y muchas preguntas
El autor del crimen sigue fugado. Se cree que podría haber salido de España usando documentos falsos, como ocurrió en el asesinato del desertor ruso en Alicante. La policía mantiene abierta la investigación, pero la sensación de que el control se escapa es difícil de disipar.
Si el Estado no reacciona pronto con medidas concretas –más agentes en la calle, inteligencia contra el crimen organizado, control de fronteras–, el discurso del «tercer mundo» podría convertirse en profecía autocumplida. O quizá ya lo estamos viendo.
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