Ventipico años, sin trabajo, sin casa y sin pareja
¿De verdad son la generación más floja de la historia? La pregunta sobrevuela cualquier sobremesa entre un chaval de ventipico años y su abuelo, pero la respuesta tiene menos que ver con el carácter que con la aritmética. Un joven que encadena un ciclo de FP, un máster y dos oposiciones suma
0 años cotizados mientras su abuelo, que empezó a trabajar con doce años en la panadería de enfrente, cobra ya
1.500 euros de pensión, se va de terraceo y tiene piso en propiedad. El choque no es moral. Es de cuentas.
¿Por qué un joven de ventipico años no encuentra trabajo?
Porque el itinerario que se le vendió —estudia, titúlate, oposita— desemboca en una cola donde las plazas no crecen al ritmo de los candidatos. Se sostiene que el mercado laboral ofrece sobre todo empleos temporales, mal pagados o inexistentes en lo que se ha estudiado, y que la salida pública se ha convertido en el único destino con expectativas. Quien no aprueba se queda fuera del sistema sin haber cotizado un solo euro, con treinta años y la sensación de seguir siendo pobre.
Hestudia hijo pa la'brarte hun porvenih, resume el sarcasmo con el que se despacha el consejo.
Del abuelo que sacaba 16 toneladas de piedras al mileurista actual
La nostalgia del esfuerzo tiene su mejor exponente en un abuelo que contaba cómo extraía
16 toneladas de piedras al día del río con una pareja de vacas para llevarlas en el carro. Sus nietos le llamaban Caterpillar. La escena sirve tanto de orgullo como de aviso: aquel trabajo, sin cotizar y en condiciones ínfimas, era la puerta de entrada a una casa y una familia que hoy no garantiza ningún contrato. Se recuerda que muchos de aquellos abuelos llegaron a la pensión sin haber aportado nunca, y se apunta que los empleos más duros de entonces y de ahora recaen a menudo en personas migrantes, un paralelismo que desactiva cualquier idealización del pasado.
El gráfico que sitúa al sector privado en 1.000 euros
Un gráfico sobre retribuciones por sector, fechado en 2017 y difícil de encontrar, coloca al empleado privado medio en una franja de
1.000 a 1.200 euros al mes mientras el sector público acumula trienios y subidas. La tesis que se extrae es incómoda: en la empresa privada, el trabajo técnico y productivo se ha convertido en la vía más rápida a la precariedad, y la función pública, en el destino decente. Hay quien añade que desde 2017 la cosa ha empeorado y que las subidas del salario mínimo concentran aún más empleos en el tramo bajo. El sistema, en la práctica,
premia más aprobar que producir.
El «timing perfecto» y la deuda como herencia
Hay una línea que no discute el esfuerzo del abuelo, sino su suerte. Se sostiene que esa generación llegó al mercado en el momento exacto: vivienda barata, empleo estable y prejubilaciones doradas, con casos de familiares que entraron de curas y acabaron en banca o en la dirección de una multinacional, retirándose a los 52 con varias viviendas pagadas y sin hipoteca pendiente. El reproche no es que vivieran bien, sino que
vivieran de deuda que ahora se traslada: se pregunta directamente si alguien puede mantener una pensión dejando el agujero a los que vienen detrás. Otros responden que ellos también cotizaron durante décadas y que el problema es de diseño, no de cohorte.
La excepción que confirma la regla: un grado medio y 20 empleados
No siempre el camino largo paga. Frente al relato del título universitario como salvoconducto, circula el caso de un chaval que a los quince años tenía claro su oficio, se gastó
más de 10.000 euros en dos años de grado medio —matrícula, residencia y viajes incluidos— y hoy, con veinte, tiene 20 empleados y factura unos
6 millones al año. Se usa como prueba de que la oportunidad existe aunque no se vea. El problema es que para cada caso así hay cientos de titulados colgando el diploma en la pared y fichando en una gran superficie.
El máster de 5.000 euros y el CAP que era gratis
La docencia es el ejemplo más repetido. Para dar clase en secundaria hoy hay que pagar
un mínimo de 5.000 euros de máster y sacar una notaza para optar a una plaza pública cada vez más escasa. Antes bastaba el CAP, un curso
de risa, de unos meses y gratuito, que se despachaba sin despeinarse. La reforma universitaria de Bolonia aparece en el relato como el cierre definitivo de esa puerta, aunque la queja la sostengan justamente quienes estudiaron con el sistema viejo. Que el emisor no sea ejemplar no invalida el dato.
Lo llaman falta de esfuerzo, pero el diagnóstico es más prosaico: en algún punto del reparto trabajar salió más barato que no trabajar, y hoy la cuenta la pagan los que llegan últimos. Un país que manda a sus mejores años a opositar ha decidido que el esfuerzo rinda más en la sala de espera que en el tajo. Si alguien vuelve a decir que los jóvenes son unos flojos, que le pregunte al abuelo Caterpillar cuántas toneladas mueve él por mil euros.