Tres carreras y varios másters, y ninguna oferta: el título ya no coloca
Tres carreras —Turismo, Derecho y Nutrición—, varios másters y varios idiomas. Y ni una oferta de trabajo. Una titulada ha hecho público su caso y ha repartido culpas: el Estado que, sostiene, debería garantizarle «el derecho a la educación, al desarrollo, a la dignidad». La historia ha reabierto la pregunta incómoda: si los títulos ya no colocan a nadie, ¿para qué se estudian?
¿Por qué un título universitario ya no garantiza un empleo?
Porque el mercado ha dejado de pagar por el papel y paga por lo que se sabe hacer con él. El propio caso lo ilustra: entre las credenciales figuran
Turismo, Derecho y Nutrición, pero la experiencia laboral previa se limita, según algunos comentarios, a tareas de voluntariado. Tres títulos, varios másters y ningún contrato es un currículum que impresiona en una conversación y se deshilacha en un proceso de selección.
La tesis que más se repite es que el título funciona ya casi solo como puerta de acceso a la función pública: vale para opositar y poco más. La devaluación no es nueva, pero se nota en un detalle cotidiano: cada vez se exige más titulación para el mismo puesto. El diploma acredita que alguien pasó por un aula; no dice nada sobre si resolverá el problema del lunes por la mañana.
Los papeles en la pared, resume el sentir general, no sustituyen el rodaje.
¿Pesa la edad o el aspecto más que el currículum?
Una parte de los comentarios del hilo se centra, con hostilidad, en la edad y el aspecto físico de la protagonista, en lugar de en su trayectoria formativa. Son descalificaciones hacia la persona que no constituyen un diagnóstico verificado, y el material disponible no permite saber si hubo discriminación por edad o imagen en algún proceso de selección. Lo que sí se sostiene es que el mercado filtra por criterios que rara vez se escriben en la oferta: disponibilidad, encaje en el equipo, expectativa de permanencia. Quien acumula títulos y cero experiencia parte con desventaja en todos ellos.
Desde el otro lado el argumento es menos amable: a igualdad de candidatos, se elige a quien ya demostró que aguanta un puesto. La experiencia, en ese sentido, sería la única titulación que no caduca. Y hay un detalle que matiza toda la historia: una parte del análisis sostiene que la protagonista es
funcionaria en excedencia, lo que cambiaría por completo el marco del problema.
La paradoja de hablar idiomas y no moverse de casa
Uno de los puntos que más incomoda es el de los idiomas. Si se dominan varios, se argumenta, la barrera del mercado nacional se convierte en una elección y no en un destino:
de qué sirve un idioma que nunca se pone en práctica. La crítica es la más repetida y, a la vez, la que ignora algo elemental. Emigrar exige una red de contactos, una homologación de títulos y un ahorro para el aterrizaje que no todo titulado tiene.
Emprender, opositar o esperar al Estado
Aquí el asunto se parte en dos. Hay quien sostiene que con Derecho se puede abrir un despacho, con Nutrición una consulta y con Turismo una agencia, y que la única vía contemplada es que otro cree el empleo. Enfrente, la idea de que el Estado debe garantizar esos derechos choca con un hecho tozudo: el empleo público se cubre por oposición, no por méritos académicos acumulados. La oposición no premia la suma de títulos; premia la nota.
La discusión deja también un retrato generacional. Quienes participan relatan casos de personas con formación básica que llevan años trabajando y de emprendedores que montaron su negocio sin apoyo familiar, y lo usan como prueba de que el problema no es el sistema sino las expectativas. Otros recuerdan que montar una empresa propia exige capital, contactos y estómago, tres cosas que no se estudian.
El desajuste entre lo que se estudia y lo que se contrata
El caso deja a la vista un desequilibrio más amplio. Frente a las carreras saturadas, se repite que faltan perfiles técnicos: especialistas industriales, oficios que se aprenden en
Formación Profesional y que encuentran hueco con más facilidad que un titulado superior con el currículum cargado de diplomas. No es un consuelo para nadie, pero explica el pulso.
En el fondo late un matiz incómodo: buena parte de esas competencias que sí se demandan remiten a oficios tradicionalmente masculinos, lo que a veces se usa como excusa para no reconvertirse. Del otro lado, también se recuerda que hay titulaciones —Medicina es el ejemplo que se cita— que por sí solas abren decenas de salidas, lo que impide hablar de una crisis general de los títulos. Lo que falla no es estudiar, sino estudiar sin plan.
El dato que descoloca no es que una persona con tres títulos no encuentre trabajo. Es que buena parte del debate se centre en su edad y su aspecto, y no en los tres títulos en sí. Cuando el mercado descarta a quien acumuló más credenciales, la pregunta deja de ser qué estudió y pasa a ser quién decide, y con qué criterio, a quién se contrata.